lunes, 17 de octubre de 2011

Economía - Sobre la Recapitalización de la Banca Europea

Ideas propias y ajenas

Parece que algunas semanas después, ya hemos sabido algo sobre los planes de Merkel y Sarkozy para la banca europea. Poco a poco comienzan a despejarse las incógnitas y comenzamos a comprender qué tramaban cuando anunciaron que ambos tenían un plan para sortear nuestra actual crisis de deuda pública sin que aquello se lleve por delante a buena parte del sistema financiero europeo. Recapitulo para poner al día al que no haya estado muy atento a la prensa este fin de semana.

Partimos de una idea clara que yo creo que está fuera de toda duda: la banca europea está muy mal. Bastante peor que hace unos meses. Y lo más duro es que, de no resolverse esta crisis de deuda soberana, la cosa sólo puede empeorar en cuanto al sector bancario se refiere. Sí, en julio el sistema financiero europeo pasó unos test de estrés de los que salió reforzado, pero el problema es que aquellos no contemplaron la quiebra de Grecia o la reestructuración de la deuda en países como Irlanda, España, Italia o Portugal. La realidad es que un "default" descontrolado de los países indicados probablemente se lleve por delante a la banca europea debido a su excesiva exposición a la deuda pública de aquellos.

Cuando una empresa tiene un deudor al que difícilmente le podrá cobrar el saldo pendiente entre ambos, ésta debe provisionar, es decir, apuntarse una pérdida por el importe de la deuda entre ambos aún cuando ésta no se haya producido aún. Esto es así por el llamado "principio de prudencia" que marca la pauta en lo que a la contabilidad se refiere. Los ingresos se contabilizan cuando efectivamente se producen, las pérdidas cuando hay indicios de que se puedan producir. Lo que se va sabiendo del plan para recapitalizar la banca va un poco por ahí. Se quiere obligar a los bancos a provisionar determinados porcentajes de las deudas de España, Portugal, Grecia, Irlanda e Italia. En el caso Heleno hablamos de hasta un 60%. En España o Italia, por ejemplo, se está hablando de un 20%.

Una vez que la banca se apunte esta pérdida potencial, se quiere someter a los bancos a nuevos test de estrés, pero con un matiz importante respecto a este verano. Esta vez, la nota para "aprobar" es un ratio del 9% de solvencia (difícil de explicar, quedémonos en el número) frente al 5% que se exigía en julio. Todo aquel que no logre llegar dicha cifra deberá recapitalizarse (esto es, lograr dinero nuevo), ya que estaría prácticamente quebrado. Para que nos hagamos una idea de la magnitud del problema, sólo cuatro bancos españoles lograron una solvencia por encima del 9% en los test de julio, existiendo 21 entre el 3 y el 8%. Se estima que la banca Europea podría necesitar entre 200.000 y 300.000 millones de euros para recapitalizarse. Casi nada. A partir de ahí, surgen las preguntas:  ¿Realmente es necesario este plan? ¿Es que no van a pagar España, Italia y compañía su deuda pública? ¿Qué significa todo esto para la banca? ¿Volverá a fluir el crédito tras la citada recapitalización? ¿Quién va a pagar la fiesta?

Cómo ayer explicaba El País, Europa está metida en un bucle infernal. Los bancos son insolventes, lo cual obliga a los gobiernos a rescatarles, lo que hace que las maltrechas cuentas públicas sufran todavía más. Ello hace que se devalúe la deuda soberana, lo cual tiene un impacto brutal de nuevo sobre los balances de los bancos. Hace falta, por lo tanto, tomar decisiones drásticas de calado, hacer borrón y cuenta nueva. Y para ello hace falta no cerrar heridas en falso, sacar toda la mierda que tienen nuestras instituciones financieras en los balances. Con este plan, creo que se daría un paso importante en ese sentido. El plan, por lo tanto, es necesario. Recordemos que España está pudiendo "colocar" su deuda gracias al Banco Central Europeo (BCE) y que en agosto nuestra prima de riesgo estaba alcanzando un punto de "no retorno" hasta la intervención del mismo.

Sigo pensando que España e Italia podrán pagar su deuda pública, pero hay que despejar todas las dudas del mercado. Tiene que haber evidencias de que nuestras entidades crediticias están preparadas para superar lo peor. Ponernos en el escenario más negativo y saber que nuestro sistema financiero europeo podría superarlo, debería calmar a los mercados financieros. También creo que la quita de Grecia es inaplazable y que detrás de la misma, podría ir Portugal. No olvidemos que, si finalmente los países son capaces de cumplir con los vencimientos de su deuda, los bancos se apuntarán ganancias que compensen las pérdidas potenciales que en su día se apuntaron. Se trata, por lo tanto, de prevenir antes de curar.

Para la banca vienen tiempos muy duros. La inmensa mayoría necesitará dinero nuevo y, la gran mayoría, tendrá problemas para encontrarlo. Ante esa tesitura tendrá que aparecer de nuevo el estado al rescate (esto es, todos nosotros). Muchas entidades serán intervenidas y tendrán que ser gestionadas volviendo a la ortodoxia bancaria de toda la vida, olvidando las locuras de estos años. En el fondo no se puede obviar que en EEUU cayeron Lehman Brothers, Bear and Stearns, Merrill Lynch, AIG y Wachovia entre otros. Algunos fueron rescatados, obligados a fusionarse o reestructurarse a la fuerza, otros ni siquiera.  En Europa, salvando Fortis o Halifax, no ha habido una reestructuración financiera en condiciones. Se ha filtrado que Rajoy le habría pedido a Zapatero que no dejase que este plan se aprobase y en parte le entiendo: el palo para nuestros bancos y cajas sería más que considerable, pero yo creo que no queda más remedio que hacerlo.

Hoy he podido hablar largo y tendido con dos grandes empresarios a los que les he preguntado por la medida. Ambos creen que el tiro va bien encaminado y que, probablemente, sea el primer paso para el reestablecimiento del crédito. Muchas entidades, tras apuntarse las pérdidas, se recapitalizarán. Es decir, recibirán liquidez a cambio. Algunas no podrán poner el dinero en circulación porque sus ratios seguirán sin ser buenos por un tiempo. Otras cogerán algo de inercia directamente. Probablemente tardaremos dos o tres años en recuperar cierta normalidad, pero poco a poco se irá viendo la luz al final del tunel. Esta gente con la que he hablado con pesos pesados de importantes organizaciones y sabe de lo que se habla. Personalmente, me han convencido. Apuntaba Luis de Guindos ayer en El Mundo, que el riesgo de este plan estriba en que, si a los bancos se les imponen condiciones muy duras para la devolución del dinero prestado (en los casos en los que tenga que intervenir el dinero), se restrinja todavía más el crédito a familias y empresas, pero dadas las circunstancias, quiero creer que nuestros dirigentes han aprendido algo en este tiempo.

Desgraciadamente, como ya he apuntado, de nuevo seremos los ciudadanos de a pie quiénes paguemos parte de la fiesta, lo cual, de acuerdo, es una gran injusticia. A los gobiernos, en el fondo, les ha venido muy bien esta banca de la que podían tirar para enjuagar sus déficits vía nuevos endeudamientos. A menudo obviamos que el estado es juez y parte, a menudo interesada. Pero la realidad es que tres años después, estamos peor que en 2008, puesto que vivimos en un "credit crunch" como el de entonces, pero con los países endeudados un 20% de media más. Lo que se tiene que hacer es aprovechar esta oportunidad para avanzar en nuevos códigos de buen gobierno de obligado cumplimiento.

En fin, que no son buenos tiempos, pero que parece que, al menos en apariencia, algo hemos avanzado: se asume como inapelable la reestructuración griega y, por fin, se le quiere meter mano de verdad a nuestro sistema financiero y a la falta de crédito. Veremos en  qué queda todo, porque, a fin de cuentas, no sería la primera vez que nuestros políticos amagan, pero creo que por primera vez en años el tiro va bien encaminado.

domingo, 9 de octubre de 2011

RSC - Nova Caixa y la CAM: Sobre la necesidad del Buen Gobierno

Ideas y Reflexiones

Primero fue la CAM y ahora Nova Caixa Galicia. Imagino que como todos, me subo por las paredes con este asunto. Recapitulemos: Dos Cajas de Ahorros (es decir, entidades no privadas beneficiadas y auspiciadas por las administraciones territoriales y centrales), víctimas de una nefasta gestión por la que han de ser rescatadas (con dinero público), deben abonar a sus irresponsables dirigentes (causantes del desastre) indemnizaciones escandalosas que, de nuevo, salen de nuestros bolsillos. A ver cómo se le explica a una ciudadanía a la que, uno, se le sube el IVA; dos, sufre recortes en materias tan sensibles como educación y sanidad; y tres, en líneas generales tendrá que vivir peor que la generación anterior a la actual (reforma de las pensiones, alargamiento de la vida laboral, etc.), que mientras ella asume todos los sacrificios, con su dinero se le garantiza a una jubilación dorada a unos señores que, como mínimo, han hecho su trabajo de forma lamentable. El resto se lo dejaremos a la justicia.

Duele también el papelón de nuestros políticos y gobernador del Banco de España. Ahora resulta que nadie tiene la culpa de nada. Las Comunidades Autónomas y la oposición echan la culpa a Fernández Ordóñez, el cual calla, y mientras, desde el gobierno central se derivan las responsabilidades a los gobiernos autonómicos, dirigidos en ambos casos por el PP. De traca. Como siempre, nadie tiene la culpa de nada. Y nadie dimite. Este país es de pena.

El concepto de Gobierno Corporativo o Buen Gobierno no es nuevo y en el fondo está relacionado con la forma en la que las empresas se gestionan. En sus inicios, la mayoría de compañías eran negocios familiares. A medida que pasaron los años y se desarrollaron los mercados bursátiles, las empresas pasaron a ser propiedad de muchos accionistas los cuales no ansiaban regir los destinos de estas organizaciones, sino una mera rentabilidad por sus inversiones. Para lograr tal fin, se comenzaron a contratar ejecutivos profesionales, los cuales, a cambio de un salario, debían regir los destinos de las compañías.

En sus primeros años, el concepto de Gobierno Corporativo estaba muy ligado a la teoría de la agencia, según la cual el ejecutivo es un agente del accionista de la empresa, teniendo que comportarse de tal forma que se asegure que en el desempeño organizacional se ven cumplidos los objetivos de aquellos. El problema es que toda persona tiene sus propios intereses y que alinear éstos con los de los accionistas no siempre es sencillo. Escándalos como el de Enron, por ejemplo, nos lo demuestran. En aquellos primeros años, al hablar de Buen Gobierno, por lo tanto, se hablaba de cómo aunar intereses, de cómo evitar el riesgo moral de que un directivo piense más en su propio lucro por encima del de los propietarios.

Con el paso de los años el concepto de Gobierno Corporativo se amplió, fundamentalmente porque no sólo los accionistas se ven perjudicados por una mala gestión, sino todos los grupos de interés que participan en una empresa. El Comité de Supervisión Bancaria de Basilea, en el documento desarrollado en 1999, relacionaba el Gobierno Corporativo con la manera en la que los negocios de instituciones individuales son gobernados por los consejos de administración y los directivos, afectando concretamente a cómo las empresas (en este caso bancos) fijan los objetivos corporativos (incluyendo la generación de beneficios para los propietarios), dirigen las operaciones diarias correspondientes al negocio, tienen en consideración los intereses de los stakeholders reconocidos, alinean comportamientos y actividades con la expectativa de que las compañías (de nuevo bancos) operen de manera segura, correcta y de acuerdo con las leyes y regulaciones aplicables, así como protegen los intereses de los depositantes. 

Las herramientas de Gobierno Corporativo, por lo tanto, deben proporcionar un marco que sostenga las decisiones de una empresa: desde el derecho de control, que corresponde a los accionistas, hasta los convenios contractuales y las facultades o poderes sobre la insolvencia que tienen los acreedores de la empresa, pasando por las obligaciones con los empleados, clientes y proveedores, las regulaciones emitidas por los entes reguladores, y el cumplimiento de las leyes. Desde una perspectiva más amplia, el Gobierno Corporativo podría definirse como aquel que promueve la equidad, la transparencia y la responsabilidad de las empresa (Olcese et al.; 2007). 

Pero dejemos la teoría y las definiciones académicas al margen. En España existen desde hace varios años iniciativas que se han ido mejorando con el paso del tiempo, las cuales tratan de servir de guía sobre el Buen Gobierno corporativo que debe regir en empresas y entidades públicas. Los códigos Aldama u Olivenza, por ejemplo, son un buen referente. Aún así, me voy a referir concretamente al más reciente, que es el Código Unificado elaborado por la Comisión Nacional de Mercados de Valores en el año 2006. El mismo es muy interesante y apunta determinados aspectos que, desde fuera, parecen de cajón (aunque la triste realidad es que para muchos súper ejecutivos sin escrúpulos no lo sean), pero me voy a centrar exclusivamente en lo que dice sobre las remuneraciones de los directivos y el papel de los mismos.

En primer lugar, se apuesta por la transparencia, señalando que la misma debe alcanzar a todos los componentes retributivos, incluidas las indemnizaciones pactadas en caso de cese. Además se recomienda que el Consejo apruebe una política detallada de retribuciones que sea sometida a la Junta General. Recordemos que en las Cajas, las administraciones públicas tienen presencia en Consejos y Junta General. Tanto el Código Unificado como otro tipo de iniciativas de Buen Gobierno recomiendan fijar, además, una retribución variable condicionada a la evolución de los beneficios u a otros indicadores financieros de gestión, incluso a la creación de valor sostenible a largo plazo (Eurosif; 2010).

Junto a las recomendaciones de transparencia y retribución por objetivos, los diferentes códigos recomiendan objetivar al máximo los incentivos variables, especificando los bonus, las indemnizaciones por despido, las stock option, esquemas de posibilidad de compra de acciones y otros beneficios tales como dietas, remuneraciones adicionales y primas, para poder asegurarse la alineación entre los objetivos organizacionales y el desempeño de consejeros y directivos.

Por último, me refiero a lo que se indica sobre los riesgos que asumen las diferentes entidades. El Código Unificado (2006) recomienda que sea el propio presidente del comité el que informe a la Junta General sobre las reservas o salvedades que existan en el informe de los auditores externos. Procedente de las experiencias británicas y norteamericanas, el Código Unificado del año 2006 incluyó, además, la recomendación de incluir procedimientos internos que favorezcan la denuncia de posibles irregularidades financieras y contables. De nuevo, ¿dónde estaban los Consejeros representantes de las Administraciones Públicas? ¿Y dónde estaba el Banco de España velando porque el Código Unificado se cumpliera?

Ocurre, desgraciadamente, que este tipo de iniciativas no son vinculantes, es más, son voluntarias, pero clama al cielo que entidades públicas, dependientes de nuestro dinero, sean las primeras en saltarse a la torera unas mínimas recomendaciones cuando deberían ser ejemplares en la materia.


Las Cajas no tienen accionistas, es cierto, pero sí muchos grupos de interés perjudicados por sus disparates y excesiva asunción de riesgo. Sus clientes, sus acreedores y sobre todo una ciudadanía que ahora sufre las restricciones del crédito, las estrecheces de la economía y soporta, además, buena parte del rescate de estas entidades.


Hace unas horas Merkel y Sarkozy anunciaban un plan para recapitalizar la Banca Europea de nuevo, apenas tres años después de la caída de Lehman Brothers. Bélgica, Luxemburgo y Francia han anunciado también un segundo rescate para Dexia. Decía Mario Draghi, Presidente del Foro para la Estabilidad Financiera, hace apenas un año que la sociedad no entendería que se volviese a rescatar de nuevo a los bancos.Y yo creo que no lo entenderá. Sobre todo a la luz de las evidencias.

martes, 4 de octubre de 2011

Economía - ¿Y ahora qué?

Reflexiones sobre una continua contradicción

Corría el mes de junio del año 2010 cuando los principales líderes mundiales, partícipes todos del G-20, acordaron en Toronto volver a la ortodoxia fiscal para "inspirar confianza" a los mercados. Todos los países, salvo Japón, debían reducir a la mitad sus déficits públicos para el año 2013. Aquella medida fue controvertida y contó con la oposición frontal de economistas de la talla de Paul Krugman, el cual defendía a capa y espada que esa medida llegaba demasiado pronto y que la retirada de los estímulos públicos derivaría en un frenazo al crecimiento. Apenas un año después, el debate recobra el vigor de antaño. Después de unos meses escuchando a Ángela Merkel que era el momento de recortar más y más gasto público, comienzan a escucharse al unísono las voces que cuestionan el dogma franco - alemán que tanto hemos leído durante los últimos tiempos. De repente, de la noche a la mañana, parece que la reducción del déficit se ha convertido en algo incluso peligroso.

Decía Krugman en un interesantísimo artículo publicado hace un par de domingos en El País Negocios, que la austeridad practicada por los gobiernos a ambos lados del Atlántico ha sido como las sangrías que llevaban a cabo los médicos hace siglos cuando querían purgar los "humores malignos" de sus pacientes. Mientras a Grecia y a Irlanda se les han impuesto recortes salvajes, otros países han desarrollado programas de austeridad más leves. Aquello de "a grandes males, grandes remedios" parece haberse aplicado con todas las de la ley. Por su parte, en los EEUU, los gobiernos estatales y locales también han reducido drásticamente sus presupuestos. Sin embargo, y como apunta Krugman, lejos de reestablecerse la confianza, ésta ha disminuido. Las empresas no invierten y no tienen acceso al crédito, los consumidores no compran y el desempleo alcanza cifras históricas. Mientras tanto, el crecimiento parece estancarse en todas partes. Se dice que tanto esfuerzo será bueno a medio y largo plazo, pero la pregunta es si la ciudadanía y las empresas podrán aguantar mientras tanto.

El debate no es sencillo. Ya hemos explicado en El Disparadero el círculo vicioso al que se enfrentan países como España. Sus medidas de estímulo no reactivaron la economía en su día, se empleó mucho dinero para salvar bancos y estados europeos y ahora los números no salen. Los mercados no se fían de nosotros y ello hace que los gobiernos tengan que destinar cantidades ingentes de recursos sólo para pagar los intereses de nuestros endeudamientos. Las medidas de ajuste tratan de tranquilizar a un mercado más volátil que nunca, pero a la par lastra nuestro crecimiento. Sin las medidas de austeridad nos hubieran rescatado hace tiempo. Con ellas nos asfixiamos. ¿Qué hacer entonces?

The Economist abría su edición del pasado 17 de septiembre con una editorial que a mi me gustó mucho. Se titulaba "How to save the Euro". En el mismo, la revista británica hacía hincapié en que estas medidas de ajuste están terminando por llevar a unas economías que todavía seguían siendo débiles a una recesión que sólo podría traer consigo mayores preocupaciones acerca de la posibilidad de los gobiernos de pagar su deuda, así como de la viabilidad de la banca europea. Ya se sabe, a menores crecimientos, menores recaudaciones de impuestos y más gastos sociales para paliar el desempleo.

Para The Economist, la primera medida a tomar debería ser separar a los insolventes de los que tienen problemas de liquidez.Entre los primeros está Grecia (y puede que Portugal, como ya se ha dejado caer hoy en algún medio), entre los que tienen problemas de liquidez, Italia y España. No queda más remedio que ir a una reestructuración ordenada de la deuda griega, probablemente con una buena quita (condonación de una parte) y otra buena espera (alargamiento de plazos).  

En segundo lugar, tanto los países insolventes como los que tienen problemas de liquidez, deben comenzar un proceso de reformas estructurales que mejoren la competitividad de sus economías. Al no poder devaluar la moneda, no queda otro remedio. En ese sentido, The Economist apunta algunas, muchas de ellas controvertidas: mejora de la competitivdad de las empresas fomentando una verdadera competencia en los oligopolios que todavía existan (energía, telecomunicaciones, etc.), eliminar burocracia, privatizar determinadas compañías públicas, retrasar la edad de jubilación (esta me temo que es inaplazable) o incluso, en el caso de España, reformar definitivamente el mercado laboral y el sistema de pensiones. Tocará vivir peor, pero me temo que es lo que hay.


En tercer lugar, The Economist apunta que no queda otra que apuntalar el sistema bancario europeo. En ese sentido, se señala que se han de recapitalizar los mismos, sometiéndoles a nuevas pruebas de estrés que contemplen el "default" de Grecia y de otros países en apuros. Para tal fin, The Economist cree que habría que reforzar el Fondo de Estabilización Financiero Europeo, creado en Julio de 2010.  A la par, se debe también respaldar sin tapujos a aquellos países que siguen con problemas pero que son solventes. Para tal fin, de nuevo The Economist señala al Fondo de Estabilización Financiero como encargado de la tarea.

Todas estas medidas, efectivamente, son complicadas de llevar a cabo y polémicas, porque realmente ni Alemania ni Holanda tienen problemas como países y, es más, podrían recapitalizar su banca por sí mismos. Existe también un problema moral en todo esto: parte de la ciudadanía de Alemania y Holanda tienen la percepción (y no niego que también parte de razón), que sus vecinos del sur nos hemos "pulido" sus ahorros. Aún así, desde un punto de vista pragmático, el desastre que supondría el fin del Euro para estos dos países compensa el esfuerzo. Una quiebra incontrolada de Grecia probablemente se lleve por delante a Italia y a España.Y entonces sí que sí, ya no habría nada que hacer. Como los propios miembros de The Economist apuntan, su "plan" necesitaría para llevarse a cabo una mayor integración política y fiscal de la UE, pero el tiempo apremia y cada semana que pasa las cosas se ponen más difíciles.

El debate, en cualquier caso, es complejo. No se debe olvidar la disciplina fiscal, ya que hay mucho de cierto cuando se apunta que a largo plazo lo agradeceremos. Entiendo que tal vez haya sido necesario hacer determinados esfuerzos porque la situación lo requería. Pero cuando ya estamos llegando a los extremos que estamos llegando (lo de los asilos de Cataluña me ha llegado al alma), cabe plantearse si realmente la receta era la adecuada. Sin perder de vista las cuentas públicas, hay que centrarse en buscar estrategias de crecimiento, las únicas capaces de garantizar nuestro estado de bienestar. Tras tantas idas y venidas, tras subir a los altares a Keynes, luego a Friedman y volver a la duda metódica, cabe preguntarse ¿y ahora qué?