domingo, 22 de febrero de 2015

Empresas - Economía Colaborativa ¿Hacia una nueva Revolución Industrial?

Algunas Ideas


De un tiempo a esta parte suena cada vez más en todas partes la llamada "Economía Colaborativa". Ya sea por la polémica generada por "Uber" en el sector del taxi, o incluso la controversia de los llamados "pisos turísticos", yo creo que todos hemos oído algo al respecto. Pero la economía colaborativa va mucho más allá: Blablacar permite compartir coche para repartir los costes de los viajes. Wallapop y Peerby te permiten compartir ropa. Solar City y SomEnergía generar y compartir energía (sobre todo solar), Social Eater o EatWith permiten compartir cenas y comidas. ParkWhiz, Comparko y Parclick te permiten dejar el coche a un "desconocido" para que te aparque el mismo sin que tú pierdas tu tiempo dando vueltas. Wimdu, Airbnb o Homeaway, permiten compartir casa por horas. Y el último grito son Jimubox o Lending Club, las cuales te permiten llevar a cabo transacciones y otros servicios bancarios... sin pasar por ningún banco. Estos son sólo meros ejemplos, pero hay muchos más sectores y el número de empresas crece de forma paulatina en cada uno de ellos. De acuerdo con un estudio realizado por el MIT de Massachussets, el potencial económico de la "Economía Colaborativa" a día de hoy es de 100.000 millones de Dólares. ¿Estamos ante un fenómeno que es flor de un día o ha llegado para quedarse?


Estamos, probablemente, ante una nueva revolución industrial en toda regla, aunque por el camino habrá que sortear muchas dificultades para su completo desarrollo. Y lo creo por dos cuestiones fundamentales: la primera, la pura lógica del mercado (a la que ahora dedicaré unas líneas). Y la segunda, porque para quién piense que Internet ya ha llegado, lamento decirle que está equivocado. Simplemente está en camino. Sólo el 20% de la población mundial se puede conectar a la red. La verdadera era digital comenzará cuando más del 60% lo haga. ¿Somos consecientes de lo que ello puede llegar a suponer? En todas mis conferencias y clases  siempre subrayo que Internet ha cambiado para siempre a nuestras sociedades, pero debemos ser conscientes de que sólo estamos viendo la punta del iceberg. Impone, ¿verdad?


Pero vayamos al primer punto. ¿Qué hace falta para que se desarrolle un mercado? Lo primero que tiene que existir son unas necesidades susceptibles de ser satisfechas mediante un intercambio comercial. Eso es obvio. Lo segundo, que ciertos agentes puedan ofrecer esos productos o servicios que se demandan. Lo tercero, y esto es clave, que haya información disponible para todos los agentes, pero sobre todo para que el consumidor pueda elegir. Cuanta más competencia exista, mayor es la información de la que dispone el cliente. Lo cuarto, que haya confianza. Ejemplo absurdo pero muy gráfico. Si fuéramos a comprar un períodico a un kiosko y le dijéramos al kioskero "deme el períodico" y él nos dijera, "no, primero deme el euro", y le replicásemos que sin el periódico primero no le doy el euro y él insista en sus trece, es imposible que haya ningún intercambio. En quinto lugar, tiene que haber medios de pago que sean aceptadas por ambas partes. Por último, y aunque no sea un requisito, existe una ley que siempre se cumple y que conviene grabarse a fuego para comprender cómo funcionan los mercados:  siempre se mueven hacia dónde hay más rentabilidad, o lo que es lo mismo, hacia dónde los agentes encuentran una mayor utilidad o satisfacción.


Retrocedamos un poco en el tiempo y pensemos cómo era la economía hace algunos siglos. Se sabe de la existencia del comercio desde el año 50.000 Antes de Cristo. Por aquel entonces la cosa se reducía al trueque y, habitualmente, se hacía entre amigos, con quiénes había confianza. Poco a poco la actividad comercial se fue complicando. Aparecen los mercados y se estima que hacia el año 1.000, ya Después de Cristo, aparece la figura del intermediaro, en quién se confía para que lleve los bienes a aquellos. Conforme las sociedades progresan, se trata, no de sustituir, pero sí de reforzar la confianza a través de sistemas legales que garanticen el cumplimiento de las reglas del juego y penalicen a quiénes no lo hagan.


En el siglo XIX, con la llegada de la revolución industrial, nos encontramos con que la actividad mercantil se hace aún más complicada y es entonces cuando se generaliza la creación de las empresas. Su presencia mejora los mercados, por cuanto permite reducir la incertidumbre de éstos, pero sobre todo favorece la ordenación y coordinación de los recursos de una sociedad hacia una actividad productiva que realmente satisfaga las necesidades de una colectividad. Una compañía siempre tiene que ser más que la suma de sus miembros o componentes, o lo que es lo mismo, tiene que generar valor añadido. El beneficio de una empresa, desde un punto de vista meramente teórico, tendría que reflejar precisamente ese "know-how" que permite llevar a cabo una actividad económica mejor que sus competidores. Luego están, por supuesto, las asimetrías de información y las externalidades, que pueden dar lugar a plusvalías y equilibrios que no reflejen esta teoría, pero vamos a quedarnos en este punto para que se pueda entender el razonamiento. La empresa que genera valor añadido, sobrevive. La que no, o se reinventa, o desaparece.


Con el siglo XX la economía comenzó a internacionalizarse y eso hizo que la competencia aumentara de forma exponencial. Las ventajas para el consumidor fueron inmediatas. Cuanta más competencia hay,  mayor información, por cuanto tiene más para elegir, lo que le hace tomar decisiones con mejor criterio. Conocemos más precios, leemos más para informarnos sobre cuál es la mejor alternativa ante el incremento de opciones, y así un largo etcétera.  En paralelo, obliga a las compañías a ser mucho más eficientes a la par que a mejorar la claidad de sus productos o servicios. Es decir, a ser capaces de generar aún mayor valor añadido, por cuanto de otra forma se quedarían fuera del mercado. Las fuerzas comenzaron a equilibrarse a finales del siglo pasado, por cuanto el consumidor empezó a ser tenido en cuenta por los departamentos de marketing de las empresas. Pensemos que hace no tanto, las compañías del sector del automóvil tenían 2 ó 3 modelos, y a lo sumo podías elegir el color. Hoy casi te haces un coche a la carta. De repente, el consumidor empezó a ser el rey.


Y en éstas llega internet, la cual, en primera instancia, democratiza la información. Ésta fluye ya sin control por todo el mundo, estando a disposición de todos los grupos de interés, lo que permite elegir y comparar más que nunca. En un segundo paso, permitió el desarrollo del comercio electrónico, que  tuvo que pasar por el filtro de las reticencias acerca de la seguridad en la red, pero que hoy, no es que sea una realidad como un piano, sino que me atrevería a decir que es un canal con un potencial descomunal que aún está por explorar en muchos campos y mercados. El tercer paso fue la aparición de la web 2.0, a través de la cual se puede empezar a interactuar y permite la creación de las redes sociales. En este mundo 2.0, resulta que los propios usuarios hablan entre ellos, prescriben y pueden, además, evaluar a los compradores e incluso a los clientes. Pensemos en cómo funciona eBay, por ejemplo. Dentro de ese mundo, hay una especie de código no escrito de lealtad que hace que los que no cumplen con las normas, sean expulsados del sistema. El consumidor ya no sólo es el rey, es que es casi un dictador. No sólo nos da de comer a las empresas, sino que encima nos puede prescribir o no en virtud de su experiencia con nuestra marca. Y curiosamente, ya no sólo puede hacer daño a una compañía, sino que también puede hacerlo a ti mismo y a tu marca personal en virtud de tu comportamiento en ciertos ámbitos de la red.


Volvamos a la economía colaborativa y recordemos la teoría de los mercados. ¿Por qué pienso que ha llegado para quedarse y supone una nueva revolución industrial?  Pensemos por un momento: todos tenemos necesidades que queremos satisfacer, y los medios de pago existen desde hace miles de años. La tecnología, lo que ha aportado es más confianza y más transparencia, lo que sin lugar a dudas mejora el funcionamiento de todos los mercados en todos los sectores. El resultado es que en alguno de ellos se ha comenzado a dar una situación paradójica: por primera vez desde la revolución industrial, el propio mercado, a partir de particulares que participan en el mismo, es capaz de aportar mayor valor añadido para ciertos nichos de consumidores que las propias empresas al llevar a cabo su actividad principal.


Los taxistas tienen razón en quejarse cuando afirman que no compiten en igualdad de condiciones, pero la realidad es que es un sector excesivamente regulado y que no es eficiente a día de hoy. La necesidad de transporte existe, la inversión en el activo está en la mayoría de familias que disponen de un vehículo, el cual se utiliza menos de lo deseable, o al menos de forma ineficiente, y el precio del taxi, en consecuencia, no es el que correspondería pagar en un mercado libre. Y lo más increíble es que la culpa no es de los taxistas, sino de las autoridades que cargan de burocracia y excesivas tasas la actividad. La tecnología pone en contacto a oferentes y demandantes de una forma mucho más eficiente. De igual forma, si quiero pasar una noche en una ciudad y sólo busco dormir unas horas, pagar toda la estructura de un hotel puede no tener sentido. Y así un largo etcétera que puede aplicarse a todos aquellos sectores, fundamentalmente servicios, en los que en virtud de la tecnología y unas reglas del juego muy transparentes para los usuarios de los mismos, el consumidor puede ver cómo mejora su utilidad y el prestatario del servicio ganar un dinero adicional. No digo que los sectores tradicionales dejarán de existir, pero sí que se tendrán que adaptar, especializar o dirigirse a otros nichos de mercado.


 Dicen los expertos que hay un vacío legal en todo este asunto, y en el fondo es cierto. Hay que resolver cuestiones que puedan darse relacionadas con la protección de los consumidores, por ejemplo, pero la mayoría de pegas que se están poniendo a la economía colaborativa son de índole fiscal. Nada más lejos de mi intención sugerir en estas líneas que la gente que participa en la misma no tenga que pagar ciertos impuestos si llevan a cabo una actividad lucrativa (como el resto de ciudadanos), pero a las Agencias Tributarias tampoco les queda otra que reinventarse para adaptarse a esta nueva realidad.


Aunque no sea un ejemplo de "Economía Colaborativa", me encanta recordar la escena de la película "La Red Social" en la que Sean Parker, fundador de Napster, se reúne con Mark Zuckerberg y Eduardo Saverin, fundadores de Facebook. Parker les cuenta en un momento dado cómo venció a las discográficas  y Saverin le responde asombrado con un  "¡pero las discográficas ganaron!". Sin inmutarse, Parker responde: "sólo en los tribunales". Lo cierto es que Napster cambió para siempre la forma de consumir música. Creo que estamos en un punto parecido en la actualidad en otros muchos sectores. Y recordemos que tan sólo un 20% de la población mundial utiliza internet.


Definitivamente pienso que estamos ante una nueva revolución industrial. Y se presenta apasionante. Que lo veamos.


domingo, 8 de febrero de 2015

RSC - Presentando mi Tesis (Capítulo 2)

Teoría de los Mercados y La Maximización del Beneficio

Seguimos poco a poco desentrañando algunos de los aspectos de mi tesis. A la luz de las visitas, parece que la primera parte, aquella en la que hablaba de los por qués para realizar un trabajo de este tipo, cuando menos os llamó la atención. De corazón mil gracias. A mi también me está sirviendo para ordenar ideas y trabajar sobre el texto final. Hoy toca hablar de la teoría de los mercados y la maximización del beneficio empresarial. Es un tema que puede resultar algo árido, pero trataré de hacerlo lo más divulgativo posible para que todo el mundo sea capaz de entenderlo.

Pensemos en un sistema económico moderno y en las instituciones que lo conforman. Por un lado nos encontramos con el mercado, que es lugar físico o virtual dónde se llevan a cabo las transacciones de compra/venta. Por otro estarían los agentes que participan en el mismo, que son los que realizan los intercambios, y que hoy son en su gran mayoría empresas. Si los participantes en un mercado tuvieran toda la información disponible para tomar decisiones de índole económica en tiempo real y se comportaran también de acuerdo a la ética y a la moral, no haría falta nada más para que una actividad económica se llevara a cabo de forma eficiente. En esta economía, todos los recursos económicos, naturales y humanos se destinarían hacia aquellas actividades que generaran más utilidad a la sociedad y agentes en su conjunto. En este hipotético caso, habría pleno empleo y el óptimo económico se alinearía con el óptimo social como consecuencia de que todos los "compradores" y "vendedores" de esta economía, al tratar de maximizar su propio beneficio, estarían maximizando también el beneficio social de dicho país. Esta sería la llamada "mano invisible" de Adam Smith, y a través de ella, bajo las premisas expuestas, los mercados alcanzarían equlibrios eficientes. De acuerdo con la teoría de la productividad marginal, la gente con mayor productividad (y mayor contribución social, al estar alineados ambos aspectos), son las que deberían cobrar y ganar más dinero.

Ocurre que esto en la práctica no es así. Los mercados no son perfectos por múltiples razones y, además, como también apuntaba hace unos días, dentro de los mismos no todo el mundo actúa con decoro, tendiendo con más frecuencia de la deseable hacia comportamientos oportunistas y a generar equilibrios que no son eficientes. En ese ámbito aparece el Estado como tercera gran institución de un sistema económico moderno. A éste le corresponde fijar las reglas del juego, pero sobre todo tratar de diseñar políticas que de alguna forma hagan converger los incentivos privados con el beneficio social. En parte por ello, el Estado también asume a menudo la distribución de ciertos bienes y servicios que, por cuestiones de interés general, no siempre pueden ser confiados al mercado, como la educación y la sanidad, por ejemplo. Dicho de otra forma, el Estado debería intentar hacer más eficientes los mercados desde un punto de vista económico y social vía leyes y redistribución de la renta.

Muchos de los planteamientos económicos referidos a los mercados son teóricos y por todo el mundo es bien sabido que la realidad dista una enormidad de un laboratorio. Aunque luego ahondaré un poco más en ello al final del post, lo cierto es que ningún agente puede abarcar toda la información existente en un mercado para tomar una decisión económica óptima. Aparecen las empresas y de repente se extrapola que el ejemplo de Adam Smith es válido para éstas y que, de acuerdo con los defensores de la teoría clásica, el único indicador de eficacia empresarial debe ser el beneficio. ¿Por qué es esto así? ¿Tiene sentido?

Para comprenderlo vamos a retroceder unos años en el tiempo. Ronald H. Coase, premio Nobel de Ecoomía en su día, demostró en 1937 que cada operación económica en un mercado lleva asociado una serie de costes denominados "de transacción". Éstos se pueden definir como aquellos en los que incurre un agente cuando en lugar utilizar sus propios recursos debe a ir al mercado a buscarlos. Pongo un ejemplo absurdo para que todo el mundo lo entienda. Imaginemos que una persona que dirige una actividad productiva tuviera que ir cada día al INEM a buscar empleados para su actividad para esa jornada, pactar un salario con cada uno, buscar un abogado para que le prepare los contratos y así todos los días. Esos costes serían los de transacción. Si por el contrario, tuviera una plantilla estable en una empresa, aquellos serían ridículos. Para Coase, si los costes de transacción fueran nulos, los derechos de propiedad estuvieran bien definidos y no existiera el llamado "efecto riqueza", la mera operación de los mercados debería llevar a la asignación óptima de los recursos. El "efecto riqueza" se puede definir como el impacto que tiene una variación de los precios sobre el poder adquisitivo de las personas. Si los precios suben o bajan, aunque nuestra renta no varíe, creemos que tenemos más o menos dinero en términos relativos, lo que nos lleva a tomar decisiones economicas que no serían las teóricamente óptimas para que los mercados alcanzaran un equilibrio perfecto.

Así pues, no podemos evitar el efecto riqueza, pero sí que es cierto que los sistemas económicos modernos tienen los derechos de propiedad bien definidos, y no sólo eso, sino que están plagados de empresas, las cuales, como demostró Coase, reducen notablemente los costes de transacción, lo que mejora la eficiencia de los mercados al reducir la incertidumbre de éstos. Pero no sólo eso, sino que en ella se dan unas relaciones de cooperación entre las personas que las conforman, que se parecen mucho a la teoría de los mercados postulada por Adam Smith, por cuanto todos los trabajadores, en un mundo ideal, buscarían dar lo mejor de sí mismos para que la empresa mejore y ellos mismos se vean favorecidos por el éxito corporativo. Podríamos decir que las empresas, y esto es indiscutible, mejoran el funcionamiento de cualquier economía. Primero, porque generan riqueza. Segundo, porque organizan los recursos en torno a una actividad productiva. Y tercero, porque como decía antes, reducen la incertidumbre y permiten tomar mejores decisiones desde un punto de vista meramente económico.

Es por ello por lo que los defensores de la teoría clásica del mercado afirman que, pese a que los mercados son imperfectos, cuando las empresas maximizan su beneficio, en el fondo toda la sociedad en su conjunto también se ve favorecida. No se alcanzaría un óptimo económico (a la luz está que no hay pleno empleo en casi ninguna economía del planeta), pero para estos economistas, sí se daría lo que llamamos un equilibrio Pareto Eficiente, el cual consiste en una situación que, sin ser el óptima, hace que todos los individuos y empresas que forman parte de una sociedad, mejoren o al menos no empeoren su situación de partida.

Pongo un ejemplo muy sencillo. A mis tres hermanos y a mi nos encanta el vino. Imaginemos que en el mercado hay 8 botellas, que son las que puede producir una economía. El óptimo sería que cada uno tuviera dos botellas, pero resulta que la situación de partida es que yo tengo 4 botellas, mi hermano Jorge 2 y mis hermanos Luis y Santi una cada una. De repente hay una mejora productiva y de 8 botellas pasa a haber 12. En el nuevo reparto, yo mantengo mis 4 botellas, Jorge pasa a tener 4, Luis 3 y Santi se queda con 1. Eso sería un óptimo de Pareto. Dos personas mejoran y otras dos se quedan igual. En términos coloquiales se le llama a esta situación "la teoría económica del goteo", por cuanto se asume que aunque la distribución de la riqueza sea asimétrica, termina por llegar a todo el mundo. Por este motivo, los defensores de la teoría clásica postulan que las empresas deben siempre maximizar su beneficio con los dos únicos límites que señalaba el otro día: la ley y la ética. En el fondo es una aproximación a las ideas de Adam Smith. 

Sin embargo son muchas las críticas y razonamientos que cuestionan estos planteamientos.

El primero viene de la mano de Stiglitz, el cual ganó en el año 2001 el Premio Nobel de Economía por demostrar que los mercados tienden a alcanzar equilibrios que no son Pareto Eficientes cuando la información existente en los mismos no es perfecta. Volvamos al ejemplo del vino. Imaginemos que con la nueva producción, como yo tengo más información que mis hermanos, yo soy capaz de quedarme con 8 botellas, Jorge con 4 y Luis y Santi se quedan sin la suya. Aparentemente la sociedad ha progresado, por cuanto es capaz de producir más, pero la realidad es que el 50% de los participantes en el mercado ha visto empeorar su posición de salida. En la vida real estas cosas ocurren y con más frecuencias de la que uno se imagina. No es cierto que cuando las empresas maximizan el beneficio siempre se de una mejora social. Cuando los mercados son ineficientes, las sociedades tienden a alcanzar mayores niveles de desigualdad, lo que impacta de forma negativa tanto en el crecimiento económico como en los beneficios corporativos a largo plazo.

Pero hay más motivos por los que se cuestiona la maximización del beneficio como único indicador del éxito empresarial. En los mercados existen externalidades, las cuales tienen una definición compleja y farragosa que me guardo para mi trabajo final, pero que trataré de explicar lo mejor que pueda. Volvamos a Adam Smith. Decíamos que en un mercado perfecto, la ganancia debía de estar en consonancia con el beneficio social. Pensemos en una compañía petrolera. Sabemos que el impacto de la combustión de la gasolina tiene unos efectos nocivos sobre el medio ambiente y la salud de las personas que obliga a los gobiernos y a los propios ciudadanos a invertir en sanidad y medidas antipolución. Sin embargo, son compañías que ganan muchísimo dinero. Es cierto que pagan sus tributos por ello, pero trasladan a la sociedad parte del "coste" (medio ambiental y social) que tiene su actividad, el cual no se puede ver reflejado en una contabilidad al no regirse por un sistema de precios. Es decir, ¿cómo valoras en un balance el número de personas que tienen problemas de alergia en una ciudad por las partícula del Diesel, por ejemplo?

Las externalidades pueden ser negativas (como en el caso anterior) o positivas (cuando una empresa genera mayor beneficio social que lo que recibe a cambio desde un punto de vista económico). Cuando se da una externalidad negativa, las empresas tienden a producir más de lo deseado, por cuanto ganan más dinero trasladando parte del coste a la sociedad. Cuando por el contrario es positiva, tienden a producir menos porque desde un punto de vista financiero no es razonable. Las externalidades son fallos de los mercados y siempre llevan a equilibrios ineficientes porque los beneficios obtenidos por las empresas no se corresponden con los costes reales de la actividad productiva. Es por ello por lo que muchos autores consideran que al actual sistema contable se le debería añadir otros "gastos" o "ingresos" para determinar los resultados reales de una compañía.

Una tercera crítica tiene que ver con la teoría de la Agencia. De un tiempo a esta parte, debido a la globalización de la economía y al crecimiento de las empresas durante la misma, se han producido dos fenómenos: uno, la atomización del accionariado, y dos, la aparición de una clase profesional directiva que gestionan las compañías sin ser sus propietarios. Los directivos son agentes de los accionistas (incluso del resto de grupos de interés), los cuales son los principales. Para alinear los intereses y objetivos de los agentes con los de los principales, los accionistas deben incentivar ciertas prácticas y conductas, incurriendo en una serie de costes adicionales llamados "de agencia". Estos costes impiden en sentido estricto alcanzar la maximización del beneficio y, de nuevo, distorsinan la asignación de los recursos. Pero voy más allá: el caso ENRON o el de Parmalat nos demuestran que se puede maximizar aparentemente el beneficio sin crear valor para el accionista y llevarlo directamente a la ruina. Existe otra cuestión adicional. De acuerdo con la teoría psicológica de Simon, los directivos llega un momento que alcanzan resultados satisfactorios de acuerdo una serie de incentivos. Para mejorar éstos deben esforzarse tanto que frecuentemente no lo hacen al no tener motivación suficiente. De nuevo, la maximización del beneficio en sentido estricto no se da.

El cuarto argumento que cuestiona la maximización del beneficio como único indicador de eficiencia empresarial tiene que ver con la complejidad de la realidad económica y social, la cual hace imposible que un sistema económico recoja todas las posibles decisiones que un directivo puede tomar y su impacto sobre el mercado. Dicho de otra forma, son tantas las variables que inciden en nuestra realidad económica y social, que el beneficio de por sí no puede garantizar la eficiencia del sistema, ni tampoco puede ser utilizado como el único principio para gestionar una compañía.

En quinto lugar, aparece la teoría de los Stakeholders. La maximización del beneficio siempre ha considerado que hay dos grupos de interés clave a los que hay que intentar satisfacer: el cliente y el accionista. En alguna ocasión se ha hecho algún guiño al empleado, pero no es lo frecuente. Hoy, sin embargo, se asume que el éxito empresarial en una economía de redes depende de muchos otros grupos de interés. Los Stakeholders tienen recursos (humanos, financieros, naturales, etc) que son claves para el desarrollo de la actividad económica. La teoría de los stakeholders reconoce la importancia de los accionistas, pero sostiene que al final la empresa es un equilibrio entre muchos grupos de interés y que para el éxito de la misma se deben ponderar todos los objetivos de aquellos, sabiendo que al menos se deben cumplir en una mínima parte. Me extenderé en el próximo capítulo.

En sexto y último lugar nos encontramos con la cuestión moral, a la que ya nos referimos en la primera parte de esta serie. Decía Friedman que los únicos límites a la actividad empresarial eran la ley y la ética. Existe obligación moral de obedecer el "derecho justo", que es aquel que se ha elaborado contractualmente (contrato social) y reconoce, respeta y garantiza el ejercicio de los derechos humanos fundamentales. El problema es que las empresas afrontan una economía de redes en un escenario global, lo que significa que que su cadena de valor, no sólo está externalizada, sino internacionalizada. Desgraciadamente, el derecho internacional sigue siendo a menudo más una declaración de intenciones que algo vinculante, lo que deriva en que las compañías operan en países dónde no existe tal "derecho justo". Ya poníamos hace unos días los ejemplos de la mano de obra infantil o los trabajos forzosos. Como los gobiernos son locales y la economía es mundial, los países más avanzados no pueden fijar las "reglas del juego" a las que antes hacíamos alusión con carácter global, lo que hace que las empresas tengan mayor libertad que nunca para hacer y deshacer. Poner la ley como límite al beneficio empresarial es difuso y a día de hoy garantia para que el óptimo económico y social no siempre vayan de la mano.

En cuanto a la ética, se debe señalar que ésta es universal, por cuanto abarca todos aquellos actos que son juzgados de forma similar en todas las sociedades, por lo que siempre será un mínimo para competir, pero queda la duda de si es suficiente. Es decir, como apuntaba Nieztsche, no hay fenómenos morales, sino fenómenos moralmente intepretados. Bajo este prisma, se podría considerar que hay sociedades moralmente más avanzadas que otras y que, desgraciadamente, la norma legal no siempre va de la mano de la norma moral. La ética es un mínimo para todas las empresas pero nunca permitirá por sí sola alinear el óptimo económico con el social por cuanto abarca muy poquito. La búsqueda de la legitimidad está vinculada con la moral, pero aquella de las sociedades más avanzadas en este aspecto, que es lo que puede permitir el progreso desde esta doble perspectiva.

Así pues, el resumen de todo este galimatías puede sintetizarse en dos ideas muy concretas: una, los mercados no son perfectos y en tal situación, la maximización del beneficio no garantiza un equilibrio ni eficiente ni Pareto eficiente; y dos, que la maximización del beneficio, en consecuencia, no puede ser considerado como el único indicador de eficacia empresarial. ¿Qué otros podrían ser considerados? ¿En qué consiste la Teoría de los Stakeholders?

No tengamos prisa. En unos días, un poquito más.