domingo, 25 de marzo de 2018

China: El Dragón que ya está aquí

Reflexiones y Apuntes

Como muchos sabéis, he estado estos días en China. La verdad es que visitar el gigante asiático siempre supone un terremoto de primera magnitud. Al menos personalmente siempre regreso con muchas ideas, dudas y pensamientos hacia el cambio que se avecina a nivel geopolítico. China ya está aquí. Basta pensar que el PIB de Shanghai es ya superior al de Italia, y que se estima que  en 2020 superará al de Francia, para cuando menos plantearse si sigue teniendo sentido esa visión eurocéntrica que han acompañado a los mapas del mundo desde el Renacimiento. Vivimos tiempos de cambio y conviene estar preparados para ellos.

Hagamos un poco de historia. En 1.949 Mao Zedung comenzó una revolución en China que trajo consigo la dictadura del partido comunista. Durante 30 años, el Dragón sufrió una de las peores etapas de su historia, con planes económicos aberrantes que llevaron al país a experimentar hambrunas terribles con millones de muertos y una pobreza extrema que jamás se había conocido en el gigante asiático. En 1.979, China comenzó un proceso paulatino de apertura de su economía que le hizo convertirse durante años en la fábrica del mundo. Por aquel entonces, China era un país eminentemente rural. La necesidad de mano de obra en las ciudades para atender estas necesidades manufactureras, fundamentalmente en las ciudades de la costa, consecuencia del período aperturista, derivó en un éxodo hacia éstas desde las poblaciones del interior. Durante aquellos años, el país experimentó un increíble crecimiento económico, apoyado sobre todo por un espectacular superavit de la balanza de pagos. Es decir, con un nivel de exportaciones muy superior a las importaciones del país. A su vez, el gobierno promovió una política monetaria que buscaba mantener el Yuan muy devaluado, buscando con ello "estirar el chicle" de un modelo que logró que el país fuera dejando atrás la pobreza (de forma desigual) a una velocidad de vértigo. 

Sin embargo, hubo dos hechos que precipitaron el cambio en la economía China. En primer lugar, las tensiones inflacionistas en el sector inmobiliario de las principales ciudades del país, lo que hizo que los salarios tuvieran que subir de manera muy importante para poder seguir atrayendo mano de obra a las mismas. Dicha subida del precio de la mano de obra hizo que China dejase de ser competitiva en comparación con otros países del sudeste asiático, por cuanto los bienes que dicho país exportaba eran de bajo valor añadido. En segundo lugar, la crisis económica, que hizo que  la demanda externa también cayera de forma notable. Si bien lo último no era previsible, lo primero sí. Incluso podría decirse que el Gobierno chino contaba con ello. Es por ello por lo que comenzó en el año 2.000 un plan de inversiones brutal que ha cambiado de forma definitiva la configuración del país y que paulatinamente fue sustituyendo al peso de las exportaciones netas en la configuración de su PIB.  En 2013, la Formación Bruta de Capital ya pesaba el 47% del mismo.

El resultado de este período aperturista ha sido espectacular. Por dar algunos números / contar algunas anécdotas:  En estos últimos 18 años, el PIB per cápita del país se ha multiplicado casi por 10. Aunque es cierto que sigue lejos de los países más ricos de la OCDE, también lo es que no hay ejemplos en la economía moderna de mejoras tan espectaculares en un período de tiempo tan escaso. La tasa de paro está en torno a un 4,1% y se observa cómo el sector servicios cada vez precisa de mayores empleados frente al sector agragario. Desde mi primera visita a China, los Audi, Mercedes o BMW se siguen acumulando, pero lo llamativo es cómo paulatinamente los antiguos Volkswagen Santana se van sustituyendo por modelos nuevos propios de la clase media europea. Cada vez más gente habla inglés y sorprende ver la cualificación de las personas que se van incorporando al mercado laboral en comparación con los jóvenes de hace a penas unos años, cuando conocí por primera vez el país.

Pero hay más. Aprovechando el increíble aumento de las reservas Chinas de moneda extranejera estos años, el gobierno de Pekín ha aprovechado la coyuntura para salir de compras por el mundo. China es, hoy en día, "dueña" de medio África, habiendo firmado importantísimos acuerdos para la compra de materias primas por medio mundo. A su vez, han aprovechado para salir de compras por Europa, aprovechando la debilidad del viejo continente, de sus instituciones y de sus apalancadas empresas. El viernes mismo estuve visitando a un Fondo de Inversión Chino que tiene en caja dinero suficiente para comprar el 7,5% del PIB español. ¿Impone, verdad? Creo que a estas alturas sobra el comentario, pero no es el éxito del Comunismo aplicado a la economía. Pocos países hay más liberales a día de hoy en términos económicos a China.

La pregunta que se hacen los economistas es un "Y ahora, ¿qué?". Para poder mantener su espectacular nivel de crecimiento, China necesita pasar a un modelo dónde el consumo privado tenga cada vez más peso. Y para ello necesita seguir sacando de la pobreza a muchas de las ciudades del interior. En sí mismo, el Dragón es un continente y tiene unas desigualdades mucho mayores que las que pueda tener la propia Europa en el seno de su UE. Por ejemplo, siguen habiendo 700 millones de personas sin acceso a internet dentro de China. Eso, en el país de Alibabá o Huawei, parece un disparate, pero esa es la realidad a la que se enfrenta el país asiático. Además, los ricos siguen siendo muy ricos y la gente pobre muy pobre. Se estima que el 1% de la población tiene el 33% de la riqueza del país y su coeficiente de GINI es de 0,42, cuando en una economía sana, lo normal es estar en el entorno del 0,30. Sin lugar a dudas, el reparto de la riqueza es uno de los grandes retos a los que se enfrenta el gobierno chino en aras de dar más peso al consumo privado. Sobre este punto volveré al final del post.

Por si esto fuera poco, China es un país que necesita seguir exportando por cuanto tiene una enorme necesidad de importar (fundamentalmente petróleo y materias primas). Necesita, dentro de este nuevo escenario, ser capaz de producir y exportar bienes con alto valor añadido, lo cual no es evidente. ¿Podrá China hacerlo de nuevo? ¿Podrá abrirse paso la creatividad en el seno de un país que sigue cercenando muchas de las libertades más esenciales?

El tiempo dará y quitará razones, pero aquí dejo algunos datos que son cuanto menos sorprendentes y que nos pueden dar algunas pistas: China es el país que mayor número de ingenieros licencia cada año a nivel mundial. Los chinos son, tras los norteamericanos, el colectivo más numeroso dentro de los estudiantes de las mejores Universidades de EEUU. Dicho fenómeno se repite también en Europa. Y lo que es más interesante, todos ellos regresan a China una vez finalizados sus estudios.

Sigo. De acuerdo con el ranking internacional de Shanghai, China ya tiene 5 universidades entre las 150 mejores del mundo (España sólo tiene una) y 6 entre las 50 primeras en el ámbito de ingeniería.  De acuerdo con el Financial Times, el CEIBS, dónde he tenido la oportunidad de estar estos días, ya es la 8ª escuela de negocios del mundo (el IESE consigue un muy meritorio 12º puesto dentro de dicho ranking, por delante de Universidades como Cambridge o Yale entre otras). China, además, ya invierte en I+D+i más que la UE. Por último, y estando en desacuerdo con su sistema político, el gigante asiático tiene planes a largo plazo en infraestructuras y educación, lo que sin duda beneficia a la economía del país. Mientras tanto, en España, por ejemplo, asistimos como nuestros partidos siguen sin ponerse de acuerdo en nada. Por no tener, no tenemos ni presupuestos para el año en curso. Claro, que si nos comparamos con Italia, nos podemos considerar afortunados. Y mientras tanto, tenemos al 50% de los catalanes pensando en que les iría mejor sólos. Desde el más absoluto respeto, sonroja ante la perspectiva del mundo global que se nos viene encima.

Quedan también las dudas sobre la sostenibilidad del modelo Chino, sobre si las desigualdades anteriormente citadas, los excesos en materia laboral y de derechos humanos no podrán pasarles factura. También los retos medioambientales, ya que, aunque China se haya puesto las pilas con las energías renovables, es evidente que afronta un escenario dantesco en ese ámbito. Para que nos entendamos, el pasado viernes había 6 veces más contaminación en Shanghai que los niveles que el Ayuntamiento de Madrid utiliza para limitar el tráfico dentro de la almendra de la M-30... y para ellos era un día que no era malo del todo bajo... El error que cometemos los investigadores es tratar de analizar estas variables desde el prisma europeo. En la cultura asiática el fin justifica a menudo los medios. El chino medio sabe que sus padres pasaron hambre y perciben que es su momento histórico. No ansían más democracia, no se plantean el número de horas que tienen que trabajar, no miden las vacaciones que les corresponden. Saben que viven mejor que las generaciones anteriores y que si se esfuerzan, aún progresarán más. La cultura de trabajar 7 días a la semana todas las horas precisas está arraigada y no veo que a corto plazo eso pueda cambiar. Las raíces confucianas hace que, además, haya un sentido de fidelidad, lealtad y gratitud de empleados a jefes inherente en el ADN asiático y que bajo mi punto de vista aporta otra ventaja competitiva nada desdeñable en el seno de las compañías de dicho país.

Sí, está por ver que la nueva generación de millenials chinos tenga la misma "hambre" que sus padres (que sí que vieron a sus padres pasar hambre real). Está por ver la factura que le va a pasar al gigante asiático la ley del hijo único (ya revocada). Está por ver también que internet, con todas las expectativas que genera (y las limitaciones a su uso que aún existen. Recordemos que Google ya no opera allí), no termine también por hacer que la cultura occidental se funda de alguna forma con la oriental y que haya un profundo cambio en China, pero sinceramente, a corto plazo no lo veo. Observo un dinamismo, unas ganas de mejorar y de hacer las cosas bien que echo en falta en este otro lado del planeta.

Me encanta Europa y estoy orgulloso de nuestros valores humanistas. Valoro la economía del bienestar que hemos creado y pienso que nuestra forma de vida es mucho más enriquecedora para la persona, pero me planteo hasta que punto no nos estamos durmiendo en los laureles. Dentro de las 25 mejores Universidades del Mundo según el citado Ranking de Shanghai, sólo hay 5 europeas. La inversión en I+D+i está estancada. Somos incapaces de atraer talento y no hay un rumbo claro dentro de la UE acerca de hacia dónde hay que ir. Por ese camino, Europa se adentra en una sombra tenebrosa en la que la productividad va a depender cada vez más (en términos comparativos) de nuestras ganas de trabajar. Y mientras en China se trabajan todas las horas que hagan falta, en Europa hablamos de 35 horas a la semana. Mientras en China se trata de fomentar un mayor peso de las empresas en la economía, en Europa se le ponen cada vez más trabas. La nueva ley de protección de datos que entra en vigor en mayo es un buen ejemplo. El 70% de las empresas europeas son PYMES, y se sigue legislando como si todas fuéramos multinacionales. Nuestro estado de bienestar, me temo, será insostenible a corto plazo.

El Dragón ya está aquí y amenaza hasta con llevarse a nuestro Andrés Iniesta a la liga China. Confío en que la vieja Europa, como siempre que le han dado por muerta, sea capaz de levantarse de nuevo, pero el reto que tiene ante sí es mayúsculo. En lo que a mi respecta, veo 1.400 millones de oportunidades en China, tantas como habitantes tiene el país. Tal vez haya que empezar por ahí.





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