martes, 23 de agosto de 2016

Se Hace Camino al Andar

Reflexiones 

Mis amigos a menudo me miran con caras raras cuando les digo que esta vida que vivimos está mal planteada. Mi padre, que es mucho más expresivo, suele responderme con "hijo, es que en ese sentido haces a veces unas reflexiones tan originales que me dejas descolocado". Lo cierto es que como decía la maravillosa canción de John Lennon, "Boy", la vida es aquello que te ocurre mientras estás ocupado haciendo otros planes, pensando dónde vas a estar en el futuro, lo que nos lleva a menudo a olvidarnos del día a día. Y así, de repente y casi sin darnos cuenta, descubrimos que se nos ha ido el presente.

Cuando tenía 20 años recuerdo que estaba enamoradísimo de una chica, pero no me atrevía a decírselo. Mi amigo Francis, fiel escudero de todas mis andanzas desde hace más de 20 años, me sugería coger un día la guitarra e ir a trovarla a su balcón. Recuerdo que yo le decía, "pero tío, ¡cómo voy a hacer eso! ¡Me va a echar a gorrazos! ¿Y cómo salga su padre, qué hago?". Don "Políticamente Correcto", eso es lo que era y sigo siendo. Y en esto Francis me lanzó una de sus frases lapidarias que aún me persiguen: "tío, se te van a escapar los 20 y los 30 sin hacer alguna locura. Deja de planificar las cosas". Convencido de que encontraría la oportunidad de declararme de un modo más convencional, dejé pasar el tiempo y si tuve alguna oportunidad, ésta se esfumó. Hoy me arrepiento de aquello, de no haber sido capaz de expresar lo que sentía pensando que todo tenía que ser de una forma concreta, muy de película, muy planfiicada. Ni que decir tiene que hoy esa chica está felizmente casada y yo sigo haciendo mis pinitos, cada vez menos, con los vividores. Nunca podré saber lo que me hubiera deparado el destino pero tampoco me rasgo las vestiduras. Estoy contento con lo vivido y al final uno es lo que es debido también a su circunstancia, aunque reconozco que me echo en cara de vez en cuando más mis "pecados por omisión" que los de "obra", pero vale esta historia para introducir lo que quiero contar.

A Facebook de un tiempo a esta parte le ha dado por refrescarme lo que estaba haciendo hace uno, dos o tres años, con eso que llama la red social "tus recuerdos". Estos días son innumerables los que me aparecen referentes a noches con mis primos en Gandía y es inevitable no mirar con un nudo en la garganta todo lo acontecido este verano, todos los sentimientos que se amontonan e incluso, por qué no, con sacar una medio sonrisa e incluso echar alguna carcajada con muchas de las anécdotas compartidas. Queda por encima de todo esa sensación de que la vida puede cambiar en un segundo, de un momento a otro, dando al traste con todo lo que teníamos pensado hacer o habíamos dejado para un poco más adelante. Aparecen también fotos con la última pareja estable que tuve, y es inevitable pensar también en todos los planes que hicimos para el futuro sin preocuparnos si aquello que teníamos era lo suficientemente firme. Imagino que la vida tiene estas cosas, pero con mayor frecuencia de la deseada planificamos y nos olvidamos de vivir.

Tendemos a dejar para mañana decisiones que atañen a nuestra felicidad de hoy. En el fondo es humano. Nos han educado en la necesidad de buscar seguridades: un trabajo estable, a ser posible con una buena nómina y en una empresa con mucho nombre, una casa buena en un barrio bueno, una pareja, y así un largo etcétera que deriva en que a menudo no nos preguntemos el precio que todo ello conlleva, porque todas las decisiones que tomamos en nuestra vida lo tienen, y sobre todo obviamos analizar si ese precio que pagamos realmente nos compensa, si verdaderamente nos hace más felices, porque en el fondo, de verdad, sólo de eso se trata. 

No pretendo introducir ni un ápice de relativismo en estas líneas, como tampoco presentarme como el adalid de los antisistemas. Todo lo contrario. Creo en el matrimonio, creo en lo imoprtante que es tener un buen trabajo y un lugar en el que te sientas cómodo para vivir, pero sobre todo creo que lo realmente importante es saber si todo ello no te esclaviza. Como también he repetido en más de una ocasión, nos han vendido el dinero, el prestigio y el poder como fórmulas de éxito, y la realidad es que vivimos en una sociedad en la que cada vez hay más gente frustrada, con familias rotas y psiquiatras haciéndose de oro a base de consultas que están a reventar. A mi eso me cuestiona muchas cosas.  Siempre planificamos, siempre dejamos para más adelante ese viaje que toda la vida hemos querido hacer, ese trabajo que nos permitirá pasar más tiempo con los que queremos o ver a aquellos amigos a los que tienes más abandonados. En el fondo no es más que una cuestión de prioridades, porque excusas las hay de mil colores, pero que denota que sufrimos una crisis de valores de primera magnitud como miembros de una sociedad en la que importa más el tener que el ser.

El camino de nuestra vida no está escrito, sino que se hace camino al andar, pero para ser feliz hay que atreverse a soltar ataduras y a nadar un poco contra corriente. Nos venden unos valores que no lo son, que tienden cortarnos las alas. Claro que tenemos que tener un rumbo claro hacia el que dirigir nuestra vida, pero sin que ello nos haga olvidarnos de vivir el presente, de amar lo que hacemos, de amar a la gente de la que nos rodeamos y de ponerle un puntito de locura también a las cosas, de atreverenos a soñar y paladear nuestro día a día sacándole todo el jugo al mismo.

Dice el refrán que "consejos vendo que para mi no tengo", pero os propongo un plan para esta noche. Si tenéis una guitarra a mano, no dejeis de ir a trovar a esa chica o a ese chico que os gusta, no sea que se os escapen también los 20, los 30 o los años que sean, que para estas cosas no hay edad. No os preocupéis si sale su padre o su madre, o si algún vecino llama a la policía, porque como dice el cuento, el amor es ciego y va de la mano de la locura.¿Nos atrevemos a hacer nuestro propio camino?

O como cantaba Serrat inspirándose en Machado:

"Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino, haciendo camino al andar."



domingo, 21 de agosto de 2016

Cultura de Esfuerzo

Sobre Juegos Olímpicos y Otras Cuestiones

Lo reconozco, me encanta seguir las Olimpiadas. Nunca creí que escuchar una final de badminton por la radio, o la llegada a meta de Maialen en su final narrada por Manolo Lama, pudieran ponerme tan nervioso. Pero sobre todo, y además de saciar mi eterna ansia por aprender cosas nuevas, los Juegos Olímpicos permiten poner el foco en miles de deportistas habitualmente anónimos durante cuatro años, los cuales logran a menudo emocionarnos con victorias históricas, heróicas en muchos casos, que terminan sacando lo mejor que tenemos como país. Son ese pegamento que a menudo echo de menos en nuestra clase política, pero sobre todo, tienen una historia de éxito detrás que al igual que la que contaba el otro día hablando de James J. Braddock, tienden a resultar inspiradoras para la inmensa mayoría de los mortales.

Cuando uno coge la prensa estos días y lee las entrevistas a Carolina Marín, Saúl Craviotto, Ruth Beitia y otros tantos, encuentra siempre algunos patrones de conducta que se repiten con asiduidad: trabajo, esfuerzo, sacrificio, motivación, pasión, fuerza de voluntad, afán permanente de mejora y exploración de los propios límites personales de cada uno. Por supuesto que estos rasgos son también comunes en los Nada, Gasol y compañía, pero digamos que a éstos deportistas les tenemos más calados. Cuando Mireia ganó el oro al inicio de estos juegos, el mero hecho de escuchar el programa de entrenamientos semanal que ha tenido estos años para llegar a Río en sus mejores condiciones, a mi, que he sido siempre súper deportista y que he disfrutado como un enano entrenando (no digamos ya de la competición), se me cargaban directamente los gemelos. Como decía su entrenador hace unos días, "no es la más talentosa, pero ha ganado con trabajo, pasión y ganas".

Bromas aparte, y volviendo de nuevo a Mireia, nunca se me olvidará una entrevista que le hicieron tras su éxito en los juegos de Londres, cuando España estaba en el peor momento de la actual coyuntura económica, y le preguntaron acerca de lo que tenía que hacer nuestro país para salir de la crisis. Ella, con total convencimiento dijo: "trabajar". Y es que como decíamos el otro día también, no hay atajos para el éxito. Todo lo que merece la pena, se cuece a fuego lento.

Podría decir alguno, y no le faltaría razón, que hay mucha gente a la que un mercado laboral terriblemente inefciente les ha privado de esta posibilidad de trabajar durante los últimos años. Y es cierto. Lo más duro de esta crisis económica es que ha sido y sigue siendo terriblemente asimétrica. Los más desfavorecidos son los que más han sufrido las consecuencias, incrementadas por los recortes que se han llevado a cabo en ciertos servicios sociales. Y lo que es más desesperanzador: aún no hay moraleja. Esa es la consecuencia principal de la crisis de valores que estamos sufriendo y que subyace en la económica. Y ese fue el principal motivo  de mi tesis doctoral. Como me gusta subrayar, con más frecuencia de la deseada olvidamos que Adam Smith, padre de la economía moderna, era catedrático de ética en Oxford, y que ambas disciplinas allá por el siglo XVIII iban de la mano. ¡Cuánto han cambiado las cosas!

Desde que en el año 2008 cayó Lehman Brothers, han sido muchos los que han dado sus recetas para dejar atrás esta coyuntura tan dura, tratando de influir en la vida política de nuestras sociedades, como si de verdad un gobierno fuera a ser el maná que terminara de golpe con todos nuestros problemas. ¿Pensamos de verdad que nuestro día a día va a mejorar notablemente por que gobierne uno u otro? Personalmente me muestro escéptico. El éxito de nuestros deportistas olímpicos, bajo mi punto de vista, pone de manifiesto una realidad como un piano: nunca nadie va a hacer más por nosotros que nosotros mismos. Ahora se ha puesto de moda hablar de la resiliencia, y tal vez sea la palabra adecuada, pero para mi es más sencillo. El camino hacia el éxito casi nunca es una línea recta. Por el mismo suelen venir curvas, muchas de ellas bien cerradas, y de lo que se trata es de no desistir en el empeño. La vida siempre nos muestra alternativas para llegar a la meta y de nosotros depende aprovecharlas. Las dificultades nos hacen más fuertes. Lo que no vale es tirar la toalla.

Nadal estuvo a punto de tener que retirarse con 19 años por una lesión en la planta del pie. Lo que tuvieron que hacerle para corregir esa lesión es lo que le ha generado sus eternos problemas de rodilla durante su carrera. Acaba de ganar un oro y se ha quedado a las puertas de una segunda medalla con una lesión en la muñeca que aún no está curada, y estando lejos de su mejor momento físico. Saúl Craviotto estuvo a punto de tirar la toalla hace un año cuando no logró entrar en la final del mundial del año 2015. Desde aquel momento cambió su forma de entrenar e incluso de alimentarse. Mireia Belmonte comenzó a nadar como remedio a una escoliosis, y este último año ha superado una importante retahíla de lesiones. Carolina Marín ha tenido que pasar por encima de toda la falta de medios en una federación tan pequeña como la de badminton y me llamaba la atención cuando comentaba tras ganar su medalla como en los entrenamientos a los que le sometían, utilizaban ventiladores y no se le permitía cambiar la raqueta cuando la rompía para ser capaz de superar cualquier eventualidad durante los partidos. Maialen ha logrado un oro después de haber sido madre durante este ciclo olímpico. Ruth Beitia dijo que se retiraba tras ser cuarta en Londres por la mayúscula decepción que aquello supuso, y efectivamente se retiró pero sin embargo ha sido capaz de levantarse, de volver, para ganar medallas en europeos y mundiales, pero sobre todo para colgarse un oro en Río con 37 años, culminando así un currículum inmaculado. Joel ha tenido desde Londres una lesión gravísima de rodilla y un cambio de categoría en Taekwondo, y pese a todo ha sido capaz de colgarse otra medalla. Y Eva Calvo hablaba de lo duro que había sido llegar hasta los juegos y el difícil equilibrio que para ella había supuesto entrenar y no pasarse de peso. Ahora añoraba comerse una simple "Tortilla de patatas". Y así un largo etcétera que alargaría este post hasta el infinito si entrásemos la historia de cada uno de nuestros deportistas, yendo mucho más allá de los medallistas.
 
Pero la historia de nuestros olímpicos tiene otra moraleja: la importancia del estímulo, el cual ha hecho que todos ellos hayan sacado lo mejor de sí mismos. La obligación de nuestros políticos y dirigentes es garantizarnos a todos la igualdad de oportunidades y condiciones de partida, que no la igualdad per se. Parece lo mismo pero no lo es. Cuando el estímulo es lo suficientemente grande, las personas somos capaces de hacer lo impensable. Ese es el auténtico motor que nos hace alcanzar cotas que parecen inaccesibles a priori, siempre no regateando ni un esfuerzo en horas de estudio o trabajo, o en el caso de nuestros deportistas, en los abdominales, minutos de carrera o pesas durante sus entrenamientos, superar los días de lluvia, frío y nieve en invierno, o los de extremo calor en verano. Aplicarse en el trabajo, vaya. Cinderella Man, como comentábamos el otro día, tuvo en el sufrimiento de su familia el punto de inflexión. Eso es lo que hace que las sociedades realmente progresen y no un estado paternalista, sin que ello signifique renunciar a los progresos sociales logrados entre todos, precisamente con gran esfuerzo.

Así pues, yo no sé si mañana Pedro Sánchez desbloqueará su postura y finalmente tendremos gobierno o no. Y de veras, tampco me quita el sueño. Lo que sí que sé es que nuestro futuro depende sobre todo de nosotros mismos, y que tras unos días que me cojo ahora de vacaciones, en mi vuelta al trabajo me tendré que seguir vaciando para seguir sacando adelante una empresa ante una tesitura que sigue siendo complicadísima. Nuestro éxito dependerá del trabajo que tendremos que llevar a cabo de la mano y como el equipo que somos. Hoy terminan los Juegos Olímpicos y nos quedan cientos de ejemplos de personas que nos pueden dar pistas acerca de cómo hacer nuestras vidas un poco mejores. Y es que el trabajo siempre da sus frutos, aunque a veces sea a largo plazo y cueste no desanimarse. O como diría Simeone, el esfuerzo no se negocia. Cultura y valores. Optimismo Olímpico lo llamo. ¡A por ello!


jueves, 18 de agosto de 2016

El Hombre que no se Dejó Tumbar (Cinderella Man)

Caer y Levantarse

Pocas figuras del deporte me han despertado tanta admiración como James J. Braddock, más conocido como "Cinderella Man", el hombre que no se dejó tumbar, como rezaba la película de Ron Howard protagonizada por Russell Crowe hace algunos años. Siempre peleando a la contra y nunca tirando la toalla. Su vida me pone los pelos de punta, pero sobre todo me resulta inspiradora.

Braddock nació en el seno de una familia humilde originaria de Irlanda, allá por el año 1905 en uno de los barrios más pobres de Nueva York. Tras lograr sonados triunfos en el mundo amateaur del boxeo americano, comenzó a hacerse un nombre entre los profesionales a finales de los años 20, cuándo logró algunas victorias importantes que lo colocaron entre los púgiles del momento. Sin embargo, la suerte de Cinderella Man comenzó a torcerse el día que la bolsa de Nueva York hizo crack en el año 1929. Braddock, padre de familia numerosa, lo perdió todo y de la noche a la mañana se vio sin un dólar y malviviendo para sacar a sus hijos adelante. Tuvo que vender su casa y sus pertenencias para poder llevar un plato de comida a casa. Las pocas peleas que le surgían no le daban para vivir, por lo que tuvo que buscar un trabajo eventual en los muelles como mozo de carga. Durante el mismo, se lesionó la muñeca de gravedad, lo que le apartó aparentemente de forma defintiva de los cuadriláteros y le limitaba de forma ostensible a la hora de llevar a cabo sus tareas diarias en el puerto. 

Braddock tocó fondo, teniendo que llegar a pedir ayuda a los servicios sociales y a la caridad para poder subsistir. Pese a la férrea oposición de su mujer y a un estado físico que distaba de ser el óptimo, Cinderella Man decidió coger de nuevo los guantes. Lejos de venirse abajo, decidió tomar las riendas de su vida, apretó los dientes, se puso a entrenar y decidió tentar la suerte, dejándose el alma por salir de una situación que le superaba. Pese a que todo el mundo pensaba que estaba acabado y la gente del boxeo le dio la espalda en un primer momento, Braddock se convirtió en el héroe inesperado de una sociedad norteaméricana deprimida y necesitada de ídolos en una de las épocas más tristes de los Estados Unidos. Peleando a la contra, como decía al principio de este post,  y sin bajar los brazos, a Jimmy le llegó una nueva oportunidad.

En 1934, tras cinco años apartado de la cúspide del boxeo, una cancelación de última hora le permitió pelear en un combate contra John "Corn" Griffin, aspirante al título mundial, logrando una victoria tan memorable como inesperada por KO en el tercer asalto. Cuando aún sonaban los ecos de aquella magnífica batalla, a Braddock le llegó una nueva oportunidad. Esta vez contra John Henry Lewis, también aspirante al título mundial y el cual de nuevo era favorito en las casas de apuestas, pero que, al igual que Griffin, cayó en el décimo asalto contra todo pronostico. 

Apenas dos meses más tarde, Braddock, en medio de la euforia popular que invadía a todo el país, tumbó a Art Lasky, uno de los púgiles más importantes de los años 30, desatando la locura total en la sociedad estadounidense. Por fin el 13 de Junio de 1935, a Cinderella Man le llegó la oportunidad que había estado esperando durante más de 15 años. Ni más ni menos que la pelea por el título mundial, el cual ostentaba un imbatible (hasta aquella fecha) Max Baer, el cual a día de hoy se sigue pensando que tenía el mejor gancho de derechas de todos los tiempos, y el cual acostumbraba a ganar sus combates en un visto y no visto. Aquello parecía que iba a ser pan comido para el campeón, pero una vez más, Braddock apretó los dientes y entrenó mejor que nunca con la convicción de que en esta vida no hay nada imposible y que los límites nos los solemos auto imponer.

Cuentan los anales de la historia que el Madison Square Garden vivió una de las mejores peleas de siempre por el título mundial, en la cual, tras15 dramáticos asaltos, Braddock se impuso a los puntos para asombro de todos los entendidos y alegría de los millones de estadounidenses que veían en el de Nueva York no sólo un púgil de primera, sino sobre todo un símbolo, un soplo de esperanza para un país tan triste como su economía de aquellos años. No le duró mucho el título mundial, retirándose en 1938, pero su hazaña se sigue recordando como una de las más bonitas epopeyas de todos los tiempos en la historia del cuadrilátero.

La historia de Cinderella Man me parece, como decía al principio, inspiradora. A menudo entendemos nuestra existencia como un ejercicio de supervivencia, dónde parece que se trata tan solo de adaptarnos a las circunstancias y aguantar el chaparrón. Yo admiro a la gente que es capaz de rebelarse contra ello y tiene la valentía de llevar la vida que quiere llevar, a los que se atreven a desafiar los límites que se nos imponen (o que nos imponemos), los que hacen suya aquella frase de Mohammed Alí que rezaba eso de que imposible es "tan sólo una opinión".  Jimmy Braddock era una de esas personas.

O como comentaba en mi anterior post, todos tenemos derecho a tocar fondo, pero también la obligación de levantarnos, ya que lo importante no es caer, sino ser capaz de venirse arriba de nuevo, mirarle a la vida a la cara y tener el valor suficiente para afrontar y cambiar las cosas si es preciso. No se trata sólo de salir de la zona de confort, sino de modificarla, de atreverse a ser feliz con independencia de las circunstancias que nos rodeen. 

Que el miedo y el dolor son inherentes a la condición humana es algo que sabemos todos, pero lo que nos diferencia es cómo gestionamos los mismos. Nos pueden paralizar, o por el contrario pueden ser motor de cambio. Podemos dejar que la vida nos lleve por delante, o podemos decidir que ésta no nos va a tumbar, por muy dura que pueda llegar a ser en determinadas ocasiones. Puedes vivir el momento, exprimir cada segundo luchando por us sueños, o permitir que tu circunstancia te supere.

O como decía Braddock, "La vida no siempre da segundas oportunidades". ¿Estamos dispuestos a aprovechar la nuestra?

"Golpea más fuerte, saca la rabia
y si esta vez no es, se que no, no caeré.
Y si esta vez no es, sé que me levantaré...
Como Cinderella Man, el hombre que no se dejó tumbar"







domingo, 14 de agosto de 2016

Aquel Día que Toqué Fondo (Historias del Dublín)

Vivencias

Me encanta venir a Gandía. Bueno, técnicamente podríamos decir que no vengo a lo que hoy se conoce como la playa de Gandía, ya que el refugio que construyó mi abuelo allá por los años 50 hoy resiste como la aldea de Astérix en los maravillosos libros de Goscinny y Uderzo, rodeados de edificios y de un modelo de turismo que personalmente no comparto. Sin embargo, la casa de Gandía de mis abuelos es, sin lugar a dudas, el sitio de mi recreo que diría Antonio Vega. Aquí he pasado mis 38 veranos, cada uno de ellos llenos de aventuras, partidos de fútbol, notas de guitarra, horas y horas de carreras, primeras caídas en bicicleta e incluso ya de mayor, dónde terminé mi tesis y dónde preparé la defensa de la misma. Aquí vengo a vivir despacio, a reencontrarme a menudo conmigo mismo.

Pese a que la leyenda de los vividores pueda decir otra cosa, nunca me he caracterizado por ser ave nocturna. Pero sin embargo, hay un sitio en Gandía al que me encanta ir cada noche. Es el Pub Dublín. No sólo porque ponen la mejor música de toda la playa y me tratan extraordinariamente bien cada vez que voy, sino porque me recuerda también a una de las noches más especiales de mi vida, la que me remonta al 6 de julio del año 2012. Desde mi primer año de carrera había tocado en diferentes grupos, pero la verdad es que pocas veces había tenido la oportunidad de dar conciertos, de hacerlo en directo ante un público que vibrase con cada una de nuestras actuaciones. Mi hermano Jorge había fundado un par de años antes Kamikazes y andaba buscando un bajista. Yo, que en mi vida había tocado tal instrumento, pero que me apunto a un bombardeo, acepté el reto y me puse a ello. En unas semanas había un primer concierto en Madrid pero la cosa salió razonablemente bien y me quedé tocando con ellos para lo que estuviera por venir.

Y así fueron saliendo más conciertos y más bolos, llegando ya a unos niveles que a mí me dejaban perplejo. Logramos reunir a más de 300 personas en La Siesta en Madrid, en un concierto... ¡En el que había que pagar entrada! El siguiente paso, Gandía, concretamente en El Dublín, lugar que por aquel entonces frecuentaba de vez en cuando, pero en el que nunca había tocado antes. Se presumía que íbamos a tener una buena entrada, por cuanto algunas de las personas de Madrid de las que no se perdían ninguna de nuestras actuaciones nos habían confirmado que venían a vernos, pero lo que nos encontramos allí nos desbordó. Nunca en mi vida he visto el Dublín tan lleno y nunca hemos tenido un público tan numeroso con tanta gente desconocida. Aquel día estábamos ante el concierto de nuestras vidas y la verdad es que lo dimos todo. Nos salió increíblemente bien. Mi hermano Jorge, ejerció de líder de la banda, estando especialmente inspirado y gracioso entre canción y canción. Por mi parte, alterné bajo y guitarra con Maxi, clavando ambos todas y cada una de las canciones, y Carlos a la batería, que era una máquina, literalmente se salió. Y entonces llegó el que fue para mí el momento más emotivo de la noche...

No mucha gente lo sabe, pero escribo canciones desde hace muchos años. Muchos más de los que mis hermanos y amigos suponen. Mis letras son terapéuticas, me ayudan a conocerme mejor y a sacar una parte de mí que es menos reconocible para los demás. Por eso la mayoría son para mí, me las quedo para tocarlas para cuando estoy solo. Sin embargo, algunas de ellas las he compartido y Jorge las ha dotado de una interpretación magistral. Ocurre que unos meses antes del concierto, había llevado una canción nueva a los ensayos. Una que era la más necesaria y la más importante que tal vez haya hecho hasta la fecha. Una que salió de lo más profundo de mi corazón el día que toqué fondo, un inolvidable 11 de agosto del año 2011. Jorge, al escucharla en nuestro local de ensayo determinó que esa canción la teníamos que tocar en Gandía... Y que debía cantarla yo. "3 de 24" se llamaba y con los nervios a flor de piel me puse a tocarla. Hubo varios momentos en los que la voz estuve a punto de quebrar la voz de la emoción. La ovación que nos dieron cuando la terminamos la guardaré siempre en mi corazón. Como dije cuando cogí el micrófono, aquella canción era "un desnudo integral".  En el fondo escribo lo que me sale del corazón, y no creo que sea especialmente bueno haciendo canciones, pero pienso que la gente se las cree y que eso es lo hace que a la gente le gusten algunas de ellas, las poquitas que me atrevo a enseñar.

Estos días en los que me he venido por Gandía no he dejado de pasar por el Dublín, como hago cada verano, y no me he resistido en enseñarles a mis primos y amigos la foto que cuelga en su pared de nuestro concierto de aquel día. Poco después del mismo, Carlos, el batería, ponía rumbo precisamente a Irlanda por motivos de trabajo y aquella noche fue la última de Kamikazes como grupo de rock. Al menos hasta la fecha. Broche inmejorable para dos años en los que disfruté de la música como nunca antes lo había hecho.

Y sin embargo, es imposible no acordarme no ya del concierto, sino de todo el proceso personal que me llevó a escribir "3 de 24". El 11 de agosto de 2011 fallecía mi abuela Chelo, con la que siempre había estado muy unido. Su muerte puso punto y final a un curso horrible, en el que la que fue mi novia durante más de 9 años me dijo que se quedaba en Chile, y a una situación en la bodega que fue insufrible. Ante todo aquello fui pegando patadas hacia delante, no queriendo mirarme al espejo. Hasta que se fue mi abuela. Ese día cedió el dique que mantenía ahí estancadas en mi interior mis penas y miserias de manera artificial, literalmente toqué fondo y tocó reconstrucción. Comprendí que todos tenemos derecho a venirnos abajo, perro que tenemos la obligación de levantarnos.

Muchas cosas han pasado en mi vida desde aquel 11 de agosto de 2011 y también desde el concierto del Dublín. Las cosas van poniéndose poco a poco en orden y estoy convencido de seguir en el buen camino. Ya sé que mi vida no será cómo me la había imaginado hace unos años, pero tal vez sea eso lo que le hace tan maravillosa. Ahora me sigo mirando en el espejo, pero esta vez convencido de que lo que está por venir será aún mejor. Actitud. Ganas. Sin planificar. Con la vida en los talones. Como aquella noche en el Dublín.

domingo, 7 de agosto de 2016

Vivencias - A Fuego Lento

Manual para Impacientes

La naturaleza es sabia, y nuestras abuelas también. Lo que ocurre es que estamos demasiado ocupados, absortos en nuestro día a día, para levantar nuestra cabeza de los teléfonos móviles y prestar atención un rato a lo cotidiano. Me confieso una persona conectada a todo lo posible, pero reconozco que el maravilloso regalo que supone trabajar a menudo en el campo, o al menos en contacto con un ser vivo com la viña y luego el vino, me permite tener otra perspectiva. Nunca agradeceré lo suficiente la suerte que tengo.

Cuando estaba en la carrera nos insistían los profesores encargados de explicarnos las asignaturas más relacionadas con el ámbito financiero de la empresa que el tiempo era un bien económico, y para más INRI, escaso. Y demasiado bien que lo hemos interiorizado. Vamos a la carrera por la vida. Y así cada vez son más los platos precocinados en los lineales de los súpermercados, de esos que están supuestamente listos en dos minutos, por eso compramos cada vez más por internet, disfrutamos de (parte) de nuestro ocio en las redes sociales e incluso hay quién prefiere jugar en la Play un buen partido de fútbol en lugar de calzarse las botas y salir al campo. Ejemplos tenemos a millares. Incluso en la forma de ligar. No es que yo pueda decir que haya sido un figura en la materia, así que lecciones puedo dar pocas, pero sorprende ahora con el whatsapp lo rápido que pasan las cosas. Reconozco que me cuesta seguir a algunos amigos, las cuales cambian de "musa" casi quincenalmente. Y es que a vecese se me olvida que estamos en una sociedad de usar y tirar, consumista, en la que lo que realmente importa no es la calidad , sino la cantidad. 

Es decir, somos pragmáticos y buscamos satisfacer a menudo nuestras necesidades más físicas, incluso en la parte afectiva. Aguante, para que negarlo, tenemos poco. A lo mejor estoy siendo un poco injusto, como siempre que se generaliza, pero basta con ver, por ejemplo, el número de divorcios oficiales, a los que habría que sumar los que son de facto y que no constan en las estadísticas. Pero también me gustaría saber cuánta gente de la que toma Gazpacho a diario, lo hace como lo hacían nuestras abuelas y cuántos lo compran ya hecho. No, este post no carga contra los Alvalle y compañía, los cuales en más de una ocasión han venido a mi rescate culinario, sino que trata de profundizar en las contradicciones que tenemos como sociedad. No invertimos tiempo en conocer, observar, experimentar, crecer, en sacarle todo el jugo a la vida, en definitiva. Todo lo queremos para ya, y así creo que no se puede.

Hace unas semanas se me ponían los ojos vidriosos en bodega. Vale que como dicen mis amigos tiendo a ponerme de vez en cuando "bizcochón", pero es que era un momento emocionante. Llegué a bodega en Julio de 2007, y tanto esa añada como la siguiente fueron una calamidad. Por fin, la 2009 mostró todo el potencial de la Ribera del Duero. Y ese año, por tercera vez en toda la historia de la PradoRey, decidimos elaborar un Gran Reserva que se estrenó, por cierto, en la boda de mi hermano Jorge el pasado fin de semana. Se trata de un vino que comenzó a elaborarse en la cepa en mayo de 2009, que entró en bodega en octubre de ese mismo año, y que se ha pasado casi 7 años entre barrica y botella para alcanzar el umbral de su esplendor, el cual ahora tan sólo se empieza a vislumbrar. Se trata del primer Gran Reserva que ha salido en la bodega desde que yo estoy en la misma, por cuanto la anterior añada fue la 2004, antes de que aterrizara en el mundo del vino. 

Vale, de acuerdo que este es un ejemplo exagerado, pero que viene al caso para recordarnos que todo aquello que merece la pena en la vida, cuesta esfuerzo, que los mejores guisos se cuecen a fuego lento y que la vida a menudo nos da pistas para entender que cuando el éxito viene demasiado fácil, conviene estar con la mosca detrás de la oreja, porque no hay atajos para el mismo. Que las dietas milagro no existen, que lo difícil es ser disciplinado con la comida y salir a correr no un día, sino uno tras otro. ¿Cuánta gente se apunta al gimnasio el uno de enero y tras una semana no vuelve a aparecer? Y otra cosa más, que sólo los que perseveran triunfan.

Propósito de enmienda por la parte que me toca, al menos en lo que la inmediatez se refiere. Que nadie espere que en la próxima visita a mi casa en Aranda, le reciba con una paella, porque imagino que eso llevará un aprendizaje, pero sí prometo paladear cada momento que me toque vivir y hacerlo con calma. A fuego lento, poniendo el énfasis en las personas, en la gente y las cosas que merecen la pena. Se acabó correr, salvo en el campo de fútbol (si el médico me vuelve a dejar jugar). Nuevos tiempos. Frutos que empiezan a madurar... O al menos eso voy sintiendo.

jueves, 4 de agosto de 2016

Vivencias - Cogiendo Impulso

Algunas Ideas

Las personas no fracasan, bajan los brazos. O dejan de luchar. Lo habéis leído por aquí en múltiples ocasiones. El inspirador de la cita fue mi gran amigo Francisco Alcaide. Al final, la derrota es inherente a la vida y, como en el deporte, hay partidos que se ganan y otros que se pierden, pero si en el fragor de la "batalla" somos capaces de vaciarnos, de darlo todo durante la misma, se produce un proceso de crecimiento y aprendizaje descomunal, acerca de uno mismo y acerca de este mundo en el que vivimos. Nunca se fracasa en momentos así. Al contrario, se acumulan experiencias y vivencias que nos harán más fuertes y estar más preparados ante las siguientes vicisitudes que seguro se nos presentarán en nuestro día a día. Porque en el fondo en eso consiste la vida, en caer y levantarse, en tener el coraje para seguir avanzando y afrontando nuevos retos.

Sin embargo, no podemos negar que vivimos en una sociedad en la que se nos presentan como valores el éxito, el prestigio, el dinero o el poder, y que en consecuencia,tendemos a mostrarnos a menudo como triunfadores. En el fondo no deja de ser un poco lo que refleja la pirámide de Maslow y nuestra necesidad inherente de reconocimiento social. Pensemos por un momento en la imagen que proyectamos en las redes sociales sobre nosotros mismos. Obviamente mostramos nuestro trocito mejor, como diría la canción, tendiendo casi a exagerar nuestros éxitos y cualidades, y por supuesto a pasar desapercibidos nuestros días tristes y menos buenos, como por otra parte es lógico. El problema viene cuando te enfrentas a ti mismo en la vida real, porque en el fondo de uno mismo no se puede escapar. "Networks as covers", como nos explicaba el profesor Piskorski en Harvard.


Como habéis leído últimamente, estoy viviendo un momento convulso en general. No niego que no estoy en mi mejor momento de ánimo, así como también confieso que espero no acostumbrarme nunca a las decisiones difíciles que me tocan tomar en la parte profesional, porque ese día dejaré de ser yo y a eso es algo a lo que no estoy dispuesto. Si algo he aprendido de la vida es que la línea recta no siempre es el mejor camino, ni siquiera el más rápido. A veces, para avanzar, es necesario reconocer errores, tener propósito de enmienda y, en consecuencia, tener la humildad suficiente para dar un paso atrás. Pero depende de cada uno el que el mismo te hunda o lo utilices para coger impulso. Es la actitud con la que afrontamos las cosas lo que marca la diferencia entre las personas. 

En mi caso, sigo viviendo estos momentos como cuando me calzaba las botas de fúbol y salía a dejarme el alma, disputando cada partido como si fuera el último. Peleando a la contra en ocasiones como la actual, pero como también dice la canción,  no paren el combate todavía y cuenten hasta diez. Cogiendo impulso. Seguimos creciendo. No puede ser de otra manera. Y es que lo mejor siempre está por llegar. De nosotros depende.

domingo, 31 de julio de 2016

Vivencias - A veces se me Olvida...

Algunas Ideas

Después de lo vivido estas últimas semanas, confieso que me ha costado volver a escribir en El Disparadero. De corazón gracias a todos los que os habéis pasado por aquí para participar, aunque fuera de forma pasiva, en el pequeño homenaje que quise brindar a mi querido primo Santi leyendo su post. Estos días he vivido en una catarata emocional que aún no ha cesado, ni creo que lo haga en algún tiempo. Olvidar lo sucedido es imposible, pero aspiro a poder mirar con perspectiva y quedarme con todo lo bueno y no la enorme tristeza que aún me invade pese a que la vida continúe y no te quede más remedio que  tirar hacia delante sacando la alegría de donde se pueda.

Hace ya más de un mes tuve la cena de los 20 años desde la salida de mi colegio, y fue entonces cuando escribí uno de mis posts favoritos en estos 8 años que llevo En el Disparadero. El "Confieso que he Vivido", no sólo ha sido una de las entradas más sinceras y con mayor número de lecturas en todo este tiempo, sino que dio la casualidad que el primero en comentar y dedicarme unas palabras preciosas en Facebook, fue mi primo Santi. En aquellas líneas recalcaba lo importante que había sido para mi entener que las cosas nos pasan para algo, no por algo. O al menos que no conviene romperse la cabeza tratando de entender el por qué de lo que nos sucede, ya que es muy probable que jamás entendamos las razones y ello nos lleve a un permanente estado de frustración con forma de callejón sin salida. Curiosamente, el sacerdote que ofició la misa por Santi en el tanatorio, para sorpresa mía, hizo hincapié en lo mismo, en lo importante que es enfocarse en los "para qué", aunque aún sea pronto para entenderlos.

Y en ese proceso estoy. Sé que el tiempo hará su labor, aunque sea a largo plazo, pero también que lo que ha ocurrido y sus circunstancias marcarán un antes y un después en mi vida, las cuales ya empiezo a notar. Me siento en medio de un proceso de crecimiento personal y espiritual brutal, aunque a veces se me olvide que crecer siempre duele, como ocurría cuando éramos pequeños, pegábamos el estirón y la pierna nos molestaba. Ocurre, sin embargo, que la vida es, a menudo, mucho más cruda y que sus lecciones más importantes a veces vienen grabadas a fuego. Necesito perspectiva, coger distancia con las cosas del día a día, verlas de otra forma y dejar que esta catarsis culmine para bien, sin atajos ni disfraces.  El Disparadero nunca ha cerrado por vacaciones, y esta vez tampoco lo hará, pero espero que entendáis que este proceso personal en el que esto inmerso desplazará durante unas semanas, quién sabe si meses, a mis habituales reflexiones económicas y empresariales. Tiene que ser así. Lo necesito.

Me salen cientos de frases que no sé concluir, ideas que no sé colocar y siento que en el fondo lo que me pide el cuerpo es volver al origen, dejar al margen atajos y disfraces, desmarcarme de lo común y encontrar refugio en mis valores y mi fe, esa que tal vez no he regado lo suficiente en los últimos 4 ó 5 años. Tal vez las cosas son más fáciles de lo que parecen y somos los humanos los que las complicamos, los que nos esforzamos en buscar antivalores como referentes de éxito y ello nos termina llevando a auténticos escenarios opresivos dónde de puertas para afuera aparentamos tenerlo todo, pero que realmente nos dejan vacíos. Siento que de un tiempo a esta parte he descuidado lo que realmente es importante, lo que realmente permanece. Imagino que con actitud las cosas se irán colocando.

En búsqueda permanente, como siempre, dejando al tiempo hacer su labor, y siendo consciente de que, como dice la canción, "las cosas del alma no se adivinan". A veces se me olvida...