sábado, 4 de abril de 2020

El Día Después

Seis Reflexiones de un Joven Directivo

Reconozco llevar unas semanas queriendo escribir unas líneas, pero esta vorágine informativa y de datos que nos envuelven, esta catarata de dramas humanos que vas conociendo más allá de los fríos números que aparecen en las estadísticas oficiales, apenas me han dejado tiempo para la reflexión. Son momentos muy complicados para todos, se mire desde el punto de vista que se mire. Hablas con amigos médicos y te cuentan historias que jamás hubieras imaginado que podrían ocurrir en nuestro país en pleno siglo XXI. Te metes en videoconferencias con otros amigos, y siempre hay alguno que tiene algún familiar afectado, por no hablar de la cantidad de ellos que han entrado en algún ERTE y miran con preocupación su futuro laboral más inmediato, como si no tuvieran suficiente con cuidar de su salud y de la de los suyos. Y si charlas con colegas, de tu sector o de cualquier otro, todos llegamos a la misma conclusión. Esto del COVID 19 es lo más parecido a estar en una guerra, desde el punto de vista estrictamente empresarial. Sí, la otra crisis fue durísima, pero no se te cayeron los ingresos a cero, o casi, de la noche a la mañana. Sin ventas, ¿qué puedes gestionar? Y aún así, casi tienes que dar gracias, porque como me decía un bodeguero ayer con bastante tino, "es preferible esta guerra a la que tuvieron nuestros abuelos". Pese a lo duro del momento, concluyes, como no puede ser de otra forma, que tiene razón, que al menos en esta ocasión estamos todos en un mismo bando.

Es cierto que en mitad de toda esta desesperanza, de estos confinamientos interminables, hay brotes verdes que te reconcilian con la especie humana. Esos médicos, enfermeros y voluntarios que son auténticos héroes y que pelean sin descanso contra el virus un día sí, y otro también, con menos recursos de los que debieran jugándose su salud. Investigadores que trabajan a contrareloj en busca de una vacuna, o de de un medicamento que realmente pueda funcionar. Jóvenes que hacen la compra a vecinos mayores de forma voluntaria para evitarles riesgos innecesarios. Empresas que aún estándolas pasando canutas donan material o ponen a disposición del interés general recursos e instalaciones. Trabajadores que, pese al miedo, están yendo a trabajar porque saben que su actividad es esencial para atender las necesidades mínimas que todos precisamos. Militares y fuerzas del orden público que no sólo velan por nosotros, sino que son capaces de entrar donde nadie se atreve. Por supuesto, esas familias, las nuestras, las de todos, que están en casa cumpliendo religiosamente con lo que se les pide, que todos los días se asoman a sus balcones y ventanas a las 8 de la tarde para aplaudir a nuestros sanitarios, pero también para saludar a sus vecinos,  para darles ánimos. Para decirles que aquí nadie está solo, que todos nos queremos ayudar. Y mi sobrina María, que nació el pasado mes de enero, a la que un día habrá que contar que al poco de nacer, tuvimos todos que encerrarnos en casa para intentar proporcionarle un futuro mejor. Las fotos que me mandan mi hermano y mi cuñada, con las primeras sonrisas de la niña con apenas dos meses, son de las que devuelven la esperanza, las que te demuestran que siempre, en medio del caos, a veces incluso de manera inesperada o a la contra, la vida se va abriendo camino.

Y seguirá haciéndolo. Cada día de confinamiento que pasa, es un día menos que nos queda para salir de ésta, para volver a encontrarnos con nuestros amigos, para abrazar a nuestros seres queridos, para volver a disfrutar de los bares y de los restaurantes, de los cines y de los teatros, e incluso del fútbol o el baloncesto, esos deportes de los que ahora nadie se acuerda, cuando hace apenas un mes estábamos comentando el reciente "partido del siglo". Volveremos a la "normalidad", pero a una "normalidad" que será, muy probablemente diferente. Por aquí va mi primera idea del post. Si miramos los primeros tracks que está haciendo Nielsen en Asia tras los confinamientos, se observan cambios notables en los hábitos de las personas. De acuerdo, una parte de los mismos son coyunturales, porque es razonable pensar que el miedo no deja de ser un arma paralizante, pero a mi me gusta recordar lo que pasó en las Tablas de Daimiel hace algún tiempo. Cuando tras unos años abusando del regadío en la zona los acuíferos se secaron, las autoridades competentes se volvieron locos tratando de recuperar los humedales. Realmente lo consiguieron, pero hubo algunas especies de aves migratorias que nunca volvieron. Se acostumbraron a una nueva realidad. Esa  "nueva normalidad" a la que antes me refería, nos brindará nuevas oportunidades de negocio que ya se pueden comenzar a contemplar. Las crisis siempre traen consigo algo catártico que obliga a replantearse en la empresa estrategias, planteamientos y modelos de negocio. Se cerrarán puertas, pero se abrirán muchas otras. Eso de que de todas las crisis surgen nuevas oportundades, es una gran verdad, aunque a menudo nos falte perspectiva para comprenderlas.

Tuve un excelente profesor en IESE, Javier Aguirreamalloa, que nos decía que dirigir una empresa es anticiparse a los problemas, y viendo la que está cayendo, no puedo más que darle la razón. Esa es mi segunda idea de hoy. Sí, vale, que el que esta pandemia tuviera el impacto económico que se le presupone, no era previsible, pero la fábula de la hormiga y la cigarra nos la conocemos todos. Ahora toca gestionar este tsunami con las cartas que tenemos, algunas inesperadas, otras fruto de nuestro desempeño de estos últimos años. Hace un par de meses estaba en la Universidad dando una de mis clases, hablando sobre un trabajo publicado hace unos años por el profesor Robert J. Dolan, de la Harvard Business School, titulado "Note on Marketing Strategy", que a mi me parece muy pedagógico para ayudar a mis alumnos, no sólo a aproximarse a los problemas de Marketing, sino, sobre todo, para que aprendan estructurarlos. Hablábamos sobre la importancia del "Contexto", y salió en el debate la crisis anterior, aquella que se produjo cuando cayó Lehman Brothers. Me hicieron muchas preguntas. A fin de cuentas, la mayoría de ellos eran todavía alumnos de primaria cuando aquello ocurrió. Y a continuación, la clase derivó en preguntas sobre la ya patente desaceleración que comenzaba a vivir nuestra economía. Entonces vino mi frase, esa con la que me cubrí de gloria. "A ver, aunque crea que España va a crecer menos este año, yo no veo que nos vayamos a meter en una recesión en el corto plazo. Tenemos una economía con menos desequilibrios que en aquel momento. No veo qué puede pasar a corto plazo para que tengamos un escenario muy diferente al actual". Hoy me da hasta apuro recordar aquella clase. Las crisis casi nunca se prevén, simplemente llegan. Por eso en las empresas conviene tener memoria y gestionar pensando que la economía, por unas cosas u otras, es cíclica. Y como eso viene siendo así desde tiempos inmemoriales, procuro tener conmigo siempre presente la frase del profesor Aguirreamalloa. Conviene empezar, no sólo a pensar en la salida, sino en prepararse para la siguiente crisis, porque llegará. Que a nadie le quepa duda. 

Tercera idea y casi continuación de la anterior.. La frase es de mi abuelo, pero creo que viene al pelo traerla hoy a colación. Al poco de caer Lehman Brothers, cuando las cosas se pusieron muy complicadas, tuvimos una conversación que a mi me sirvió de guía durante los muchos años que duró la anterior crisis. "Cuando las cosas van bien, Fernando, tendemos a pensar que siempre irán bien. Y cuando van mal, nos olvidamos que hubo una época en la que nos fueron bien, volviéndonos pesimistas, gestionando las empresas como si siempre fuéramos a estar en crisis. Los buenos tiempos siempre vuelven y hay que estar preparados también para ellos". Si salimos de aquella, saldremos de ésta. Recuerdo que en aquellos años tan complicados, a menudo me veía dirigiendo un barco que trataba de no hundirse en mitad de un temporal que parecía no arreciar. Nadabas y nadabas, pero no lograbas ver la orilla. Bueno, pues aquí estamos. Escampó y volvió a salir el sol. Logramos llegar a puerto. Vendrán meses duros por delante, pero esta vez será igual. Dos lecciones al respecto: Una,  no subestimemos nunca nuestra capacidad de resiliencia; y dos, que lo coyuntural no nos impida ver lo esencial. Estrategia es elegir un futuro, pero el camino para llegar a él casi nunca es una línea recta. Lo importante es tener claro hacia dónde se va.

Cuarta idea. Mi abuelo, fuente inagotable de anécdotas, cada vez que habla de su vida empresarial dice lo mismo: "siempre supe que habría problemas, pero para eso estaba yo, para resolverlos". En el fondo esta reflexión casi va de la mano con la segunda, pero le añado un componente socrático: "Joven, conócete a ti mismo". Esto es transversal y válido para todas las personas, pero creo que es crítico si quieres dirigir una compañía. Las crisis traen consigo multitud de tensiones, conflictos y estrés por los que a nadie le gusta pasar, pero que no te quedan más remedio que atravesar si tienes un puesto de responsabilidad en una empresa. La buena noticia es que todo esto se puede aprender. Esto me lleva a otros profesores estupendos que tuve en el IESE, como Santiago Álvarez de Mon o Álvaro San Martín. Sin conocerte, no puedes poseerte y entonces no puedes darte. La gestión de uno mismo es clave para superar los momentos duros. Muchos de los problemas vienen como un todo inabarcable que toca trocear, hacerlos casi como piezas de un puzzle, para poderlos resolver. Y ello requiere mucha serenidad y ser capaz de mantener la calma.

Quinta idea, y esta ya la he traído por aquí en alguna ocasión al hablar de la crisis anterior. El mundo es maravillosamente global. Sí, ya sé que hay gente que se fija en las multinacionales, obviando que el 70% del empleo del mundo lo generamos las PYMES, pero yo soy de los que piensa que esta época que nos ha tocado vivir tiene muchas más ventajas que inconvenientes. Gracias a esa globlalización, he podido conocer en estos últimos 10 años por trabajo diferentes países como China, Japón, EEUU, Brasil, México, República Dominicana o ya en Europa, Suiza, Alemania, Irlanda, Reino Unido, Dinamarca, Suecia, Francia u Holanda entre otros. Conocer esos lugares me ha permitido acercarme a sus personas, entender que hay realidades muy diversas en todo el planeta, pero también que hay muchos sentimientos universales, y que hay más gente buena que mala. Pero en un mundo global, los problemas son, y cada vez lo serán más, globales. Sin embargo, nuestras estructuras de gobierno internacionales son incapaces de dar respuestas, muchas veces porque legalmente no pueden hacerlo. Ante esa tesitura, los gobiernos nacionales son incapaces de hacer frente a situaciones como la actual. El siglo XXI requerirá revisar estructuras de gobierno supranacionales para hacer frente a crisis que, como decía, con mayor frecuencia serán mundiales.

Sexta idea, y esta también me la habéis leído en ocasiones anteriores. Se la escuché a mi buen amigo Francisco Alcaide en su día. Las personas no fracasan, bajan los brazos. Si uno da todo lo que tiene cuando vienen mal dadas, lo que queda es aprendizaje. Lamentablemente en esta coyuntura caerán empresas, habrá personas que pierdan sus puestos de trabajo, pero tambián se crearán nuevas compañías y veremos ejemplos de mucha gente capaz de reinventarse. Como me dijo mi tío hace también unos años, en mitad de la crisis anterior, quién se levanta una vez, es capaz de hacerlo más veces.

Por último, a modo de bonus track. De la otra crisis salimos sin moraleja, y creo que eso fue terrible. Quiero creer que de esta saldremos reforzados, como personas y como sociedad, porque en términos generales, todos estamos tratando de sacar lo mejor de nosotros mismos. Hace unos meses había un intensísimo debate en muchos países sobre la eutanasia. Hoy miramos con angustia e indignación cómo en España y en Italia hay personas mayores a las que se les deja morir por falta de medios. Ojalá de aquí salga una cultura de vida, de dignidad del ser humano en toda su dimensión.

Este post va dedicado a mis alumnos de la Universidad, quiénes ven con preocupación como se les complica su entrada en el mundo laboral, con la ilusión de que estas líneas les regalen un poquito de esperanza. Siempre que llueve escampa.

Y a mi sobrina María, quién con sus sonrisas e inocencia, me regala un poquito de esperanza a mi... :)


miércoles, 25 de diciembre de 2019

16 Años sin Sara

Pequeño Homenaje a una Gran Amiga

Se suele decir que el tiempo lo cura todo, pero yo creo que lo que hace es poner en perspectiva muchas cosas. Las penas seguirán siendo penas por mucho tiempo que pase, pero es cierto que podemos aprender a verlas de otra forma cuando dejamos a un lado el dramatismo del momento. Ello no quiere decir que dejen de doler, pero sí que podemos aproximarnos a ellas de otras forma. Esta mañana, mientras recordaba la fatídica llamada del 26 de diciembre de 2003, en la que me decían que Sara había muerto de forma repentina, un escalofrío me volvía a recorrer en mi interior. Sin embargo, la mirada de hoy, como la de un tiempo a esta parte, al recordar los días en los que disfruté de mi amistad con Sara, ya no es de dolor, sino de gratitud.

Desde que inicié este blog, cada 25 de diciembre ha habido un recuerdo especial a Sara. Al principio me costaba mucho escribir estas líneas sin llorar. Había mucha tristeza en cada párrafo, pensando en todo aquello que vivimos juntos y que ya nunca más se volvería a repetir. En el fondo siempre he sido una persona que ha tendido a lo sentimental y al que la nostalgia, en más de una ocasión, le ha jugado una mala pasada.

Pero el paso del tiempo no es lineal para cada uno, por lo que precisamente conviene no ser demasiado duro con uno mismo. Todos necesitamos hacer nuestros procesos y son las circunstancias de la vida las que, a menudo, los aceleran o ralentizan. Quiero decir, que aunque pasen los días, los meses y los años, éstos, en sí mismo, no tienen por qué suponer un gran cambio. Hay veces que necesitamos una sacudida para ver con perspectiva las cosas. En mi caso fue la muerte de mi primo Santi, también tan joven, y también de un día para otro, lo que supuso una enorme catarsis en mi interior. Pasé de Jorge Manrique, pensando en "cómo se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando", a Horacio y su "Carpe Diem".O lo que es lo mismo, aprendí que no importa tanto cuánto se viva, sino cómo se vida. En eso mi primo fue un maestro, y aunque recordar también aquel 14 de julio de 2016 me siga suponiendo una gran ansiedad, pensar en todo lo que vino después me produce un remanso de paz. Fue necesario aquel doloroso camino de Emaús para poder encontrar la perspectiva a la muerte. Morimos porque vivimos, siendo aquella algo inherente a nuestra existencia. 

Las penas siguen siendo penas, como decía al principio, y es por ello por lo que pensar en estas fechas y acordarme de Sara me sigue poniendo triste, pero con el tiempo he aprendido a gestionar esa nostalgia a la que antes hacía alusión, para transformarla en algo positivo. Hoy este post es de gratitud por todo lo vivido. Como decía el año pasado, Sara ya forma parte de la ecuación de mi vida, de esas personas que explican, en parte, quién soy, y es así por todo lo que pudimos compartir en su día. Ya no recuerdo Irlanda o las Fallas, nuestros partidos de fútbol y cumpleaños con una lágrima en los ojos mientras escribo estas líneas, sino con una sonrisa que me recuerda que Sara vivió, y que eso fue importante para mi, como para muchas otras personas a las que conoció durante sus 25 años de vida. Casi los mismos que vivió mi primo Santi.

Han pasado 16 años desde que se nos fue Sara y casi 3 y medio desde que se nos fue Santi. Brindo por ellos, por lo que fue su vida y por las vidas cruzadas que dejaron, la canción favorita de mi primo, y para que sigan encendiéndose.

Como algunos sabéis, 2020 será un año propicio al respecto :)

¡Feliz Navidad!






domingo, 1 de diciembre de 2019

El hombre que hay en mi

Reflexiones de un Joven Directivo

Ha llovido mucho, sobre todo últimamente, desde mi anterior post. Imagino que todos necesitamos un tiempo de barbecho personal, y, en mi caso, debo reconocer que ésto ha sido más cierto que nunca. 2019 está siendo un año extraordinario en todos los sentidos, plagado de novedades, algunas de ellas que permiten aventurar un 2020 también de fuertes emociones, y, tal vez, digerir todo esto que me está ocurriendo, me ha "secado" temporalmente las ideas para escribir. 

Hace unas semanas, sin embargo, volví a sentir la necesidad de hacerlo, así como de reenfocar este blog de una forma más personal. Es posible que cuando no sientes la "obligación" de pensar sobre qué escribir, de alguna manera coges un poco de perspectiva. Fue así como descubrí cómo abrir esta nueva etapa que hoy comenzamos en El Disparadero. De ahora en adelante, compartiré con vosotros vivencias clave de mi vida, las cuáles han resultado trascendentales en mi devenir profesional, pero también personal. Espero que os resulte interesante, y que este blog retome el sano hábito de fomentar la reflexión entre todos los que os dejáis caer por aquí de vez en cuando.

No hay mucha gente que conozca esta historia. O al menos que la conozca del todo. Ni siquiera muchos de mis mejores amigos. Allá por el año 1.992, cuando España se preparaba para albergar sus primeros Juegos Olímpocos de la historia, yo era un chaval de 14 años que soñaba con ser futbolista. Por aquel entonces, me estaba saliendo todo. Había sacado unas notas estupendas en el colegio y venía de haber firmado una temporada memorable jugando al fútbol. No sólo había marcado 17 goles jugando de defensa, sino que Fermín Gutiérrez, ex jugador del Real Madrid y entrenador mío por aquel entonces, me ponía de ejemplo ante los demás. Don Félix, profesor de Educación Física de mi colegio y a la vez entrenador del Vallecas en 3ª división, me insistía cada poco tiempo en que me fuera a jugar a las categorías inferiores de dicho club, del mismo modo que me animaba a hablar con mi padre al respecto. Es cierto que me beneficiaba de haber crecido más rápido que la mayoría de mis compañeros, pero también ocurría que por aquel entonces me sentía "intocable". Estaba pleno de confianza en todo lo que hacía, y aquello se me notaba. 

Con ese estado de ánimo me fui a Irlanda otro verano más, el segundo de mi vida, a seguir mejorando mi inglés. Allí me reencontraría con algunos de los amigos que ya me había hecho el año anterior, a los que se unieron otros chicos estupendos con los que formamos una gran piña. Cerca de la casa de uno de ellos, todos los domingos por la tarde echábamos unas pachangas memorables con algunos irlandeses de por allí. Eran partidos que se jugaban con una intensidad impresionante, pero que luego terminaban siempre con gran deportividad. Siempre recordaré con cariño aquellos días. 

Aquel domingo estaba jugando realmente bien. Yo era uno de los más pequeños de aquellos partidos, pero como venía siendo costumbre de un tiempo a esa parte, seguía pleno de confianza, atreviéndome a tirar caños, paredes, chutar y marcar dos o tres goles, sin descuidar mi faceta defensiva, que era, en el fondo, por la que yo destacaba. Los irlandeses venían un poco picados, por cuanto les habíamos ganado los tres últimos fines de semana y aquel era el último partido de aquel verano. 

Aunque hacía sol, el césped estaba mojado, ya que poco antes del partido había caído un buen chaparrón. De repente un balón quedó dividido, y yo, que no dejaba de pelear una sola jugada, fui con ímpetu a por él. Eric, un irlandés bastante mayor que yo y que medía más de 1,90, se deslizó por la hierba para tratar de anticiparse. Yo, por mi parte, no quería amedrentarme, pero viendo la velocidad de crucero que tomaba aquel bigardo irlandés, pensé en el último segundo que no merecía la pena chocar, que ambos nos íbamos a hacer daño. Fue demasiado tarde. Cuando quise darme cuenta, no me había dado tiempo a quitar la pierna y salí por los aires, cayendo con la rodilla completamente doblada y sonando un chasquido que dejó a todo el mundo preocupado. Se me saltaban las lágrimas.

A los pocos días llegué de vuelta a España. La rodilla me dolía, pero no había inflamación, por lo que, aparte  de comentarle a mi padre lo que me había pasado, tampoco quise darle más importancia al asunto, creyendo que sería sólo un golpe. Sin embargo, durante el mes de agosto todo fue a peor y mi padre, por fin, decidió que sería bueno ir al traumatólogo de confianza de la familia para que me viera aquella rodilla. Tras hacerme una radiografía, determinó que todo era un problema del cartílago de crecimiento, y que, con una serie de calmantes y calcio, aquello se me iría pasando. Nada más lejos de la realidad. En enero, llegando a un punto en el que se me saltaban las lágrimas cada vez que entrenaba, por fin se decidieron a hacerme una resonancia mágnética, las cuáles no se llevaban tanto como ahora, al menos en los ciudadanos de a pie. El resultado fue devastador. Menisco externo roto, un quiste enorme en la rodilla y un cartílago muy tocado como consecuencia de una lesión de ligamentos que nadie supo ver y que se había curado sola. Huelga decir que cambié de médico, y que el nuevo, en cuanto me vió, me dio cita para el quirófano. De aquella operación sólo recuerdo cómo cuando me despertaba, uno de los enfermeros que había estado en la intervención, le decía a mi nuevo traumatólogo que "este chico", refiriéndose a mi, "no volverá a jugar al fútbol". 

Afortunadamente para mi, se equivocó y en junio de 1.993 estaba de vuelta. Sin embargo, hubo cosas que ya nunca pude volver a hacer. Por lo pronto, dejé de ser rápido y era casi un segundo más lento en los 100 metros lisos. Mis mejores marcas en salto de altura y salto de longitud, disciplinas con las que nos examinaban en Educación Física, fueron antes de aquella operación, con 14 años. A los 18 años, tuve una segunda operación, de la que salí siendo incapaz de pegarle al balón con la fuerza estratosférica con la que lo hacía antes. Mi madre tiene grabado en vídeo un gol desde mi campo en fútbol 11 con 14 años, y a los 18, sin embargo, no era capaz de hacer un cmabio de banda. A los 38 años, llegó la tercera operación y, con ella, una certera reflexión de mi traumatólogo: "Fernando, te quedó una rodilla al 50% desde aquella primera operación a los 15 años. Yo creo que ya es momento de dejarlo, ¿no te parece?".

Ningún entrenador supo nunca lo que me había ocurrido, o al menos no del todo. Nunca quise poner excusas. Di siempre lo mejor de mi, con un dolor muy profundo en mi interior, el que me generaba no volver a ser capaz de hacer cosas que antes me salían solas, pero también disfrutando de cada segundo que corría detrás de un balón. Volví a ver a Eric en 1.993 y tampoco le conté nada de lo que me había ocurrido. En 1.994, durante mi último año en Irlanda, ya no jugamos contra aquellos chicos, ya que José Carlos, que era el que era vecino de éstos, ya no volvió aquel verano. Las casualidades de la vida hicieron que poco antes de regresar a España en el que fue mi último verano allí, me encontrase con Jason, uno de los mejores amigos de Eric. Me dio un fuerte abrazo, de esos que sabes que se dan cuando es muy probable que no vuelvas a ver alguien en tu vida. Sueño mucho con aquella entrada y a veces me pregunto qué hubiera sido de mi sin la misma, pero, como decía Ortega y Gasset, uno es lo que es y su circunstancia. Imagino que soy la persona que soy también por lo que me ocurrió aquella tarde y de mis cuatro veranos en Irlanda sólo guardo magníficos recuerdos.

Pero este post, pese a lo que pudiera parecer, no va de fútbol, sino de personas. Aquel día en las afueras de Dublin se rompió algo más que mi rodilla. Aunque mi bachillerato no fue malo, ni siquiera me aproximé a mis notas de aquel 1.992. Incluso en 1.993 me quedó, por primera y única vez, una asignatura para septiembre. Perdí el autoestima durante algunos años y no fui capaz de estudiar medicina, lo que había sido mi sueño desde pequeño. Desarrollé un miedo atroz a chocar con nada en esta vida y siempre procuré funcionar con una excesiva mano izquierda que, en más de una ocasión, ha resultado contraproducente.

Y es que, durante mis primeros años como directivo, ejerciendo labores de responsabilidad, sé que la gente comentaba que cuando uno entraba en mi despacho a hablar conmigo, siempre sacaba algo. Y aunque me fastidie reconocerlo, era cierto. De alguna forma hoy veo claro que hubo quién se aprovechó de mi y de mi forma de ser. Todo por no chocar, por no tener un conflicto, por no ser capaz de poner límites. Aún recuerdo como me temblaba todo el cuerpo un día en el que tenía que despedir a una persona que había llegado borracha a su puesto de trabajo después de comer y casi había atropellado a un compañero con una máquina. Mientras llegaba el momento de comunicar el desenlace, yo daba vueltas en mi despacho, buscando, como Pilatos en su palacio con Jesús preso, un motivo para salvar a aquel empleada. 

Ese día me pregunté si yo realmente valía para un puesto de dirección. Sí, tenía muchas ideas, mucho entusiasmo y vender siempre se me había dado bien, pero dirigir un equipo o llevar procesos de negociaciones conflictivas, exigen una serie de virtudes de las que yo en aquellos momentos adolecía. ¿Por qué no era capaz de plantarme, siendo como era yo una persona de convicciones? Y ello también me pasaba factura en lo personal, en las relaciones que tenía, llegando a negarme a mi mismo, incluso, para no generar un conflicto con el otro. 

Hace unos años tomé una de las mejores decisiones que he tomado jamás. Comencé a ir a un psicólogo para entender por qué me pasaban ciertas cosas, de dónde me venían ciertos temores. Y en este tiempo, lo que ha ocurrido es que he aprendido a conocerme mejor. He podido comprender de dónde venían mis miedos, y, de esta forma, poder gestionar mejor mis emociones. Que nadie me entienda mal. Uno es como és. Mourinho siempre será Mourinho y Del Bosque siempre será Del Bosque, vayan o no a un coach o a un psicólogo, pero es cierto que, al igual que como me gusta decir, los miedos, las dudas o los vértigos son inherentes a la naturaleza humana, lo bueno es que como tales se pueden gestionar. Yo no he dejado de ser aquel niño que jugaba en Irlanda, aquel adolescente que fue desarrollando aquel pavor a chocar con nadie, pero ahora tengo herramientas para manejarlo. Y creo, honestamente, que eso no sólo me ha hecho mejor profesional, sino mejor persona.

En estos casi 18 años que llevó trabajando, me he encontrado con muchos tipos de directivos. Algunos que se cargaban operaciones muy ventajosas para sus compañías por ataques de ira. Otros que borraban teléfonos móviles de sus colaboradores tras una discusión. Muchos con la piel muy fina, otros con doble vara de medir, incluso uno, el peor, sin duda, el de una persona que se dedicaba a "putear" a sus subordinadas que trataban de conciliar, porque ella, por llegar a lo más alto, "había tenido que renunciar" a ser madre, según explicaba con sus propias palabras. En definitiva, muchos con evidentes problemas para gestionar su parte emocional y, lo peor de todo, sin ser conscientes de ello. 

Un día, Álvaro San Martín, uno de los mejores profesores que he tenido jamás, y que me dio clase en el IESE, me dijo una frase que jamás se me olvidará: conocerse, para poseerse, para darse. Esa es la clave del directivo. Como señala Clayton Christensen en su maravilloso artículo "How will you measure your life?", publicado en la Harvard Business Review en el año 2010, “el Management es la profesión más noble si se lleva a cabo de la manera correcta. Ninguna otra ocupación ofrece tantas formas de ayudar a otras personas a aprender y a crecer, a asumir responsabilidades y ser reconocidas por sus logros y su contribución al éxito de un equipo”, pero para ello es crítico que te conozcas bien, porque sólo así podrás gestionar tus emociones y dar lo mejor de ti a tu equipo. Y es que, como apunta Daniel Goleman, la inteligencia emocional tiene algo de genético y algo de la propia educación recibida, pero, sobre todo, se puede ir puliendo y desarrollando con los años. Cuando hoy miro atrás y comparo la persona que era y en la que me he ido convirtiendo, no me cabe la más mínima duda de que es así. 

Hoy sé que no pasa nada por chocar, que de los conflictos bien llevados surgen oportunidades, que, además, no hay por qué llevárselos a lo personal, y que no pasa nada tampoco por decir que no. ¡Como tampoco pasa por decir que sí! La vida es un continuo proceso de crecimiento personal, pero para ello hay que tener una pizca de curiosidad y mucha valentía, la que requiere asomarse a conocer realmente al hombre que hay en ti. Como en más de una ocasión he dicho, crecer duele, y aunque, paradójicamente, en aquella ocasión no fuera el cartílago de crecimiento de la rodilla el que me estaba haciendo daño, como pensaba aquel primer médico, de aquello, aunque no fuera consciente hasta muchos años más tarde, me quedó una de las lecciones vitales más importantes de mi vida.

Por último, y a  modo de cierre, no querría que nadie del personal se pensase que por el camino, tras aquella entrada, se perdió un Leo Messi, o un jugador profesional en potencia. Nada más lejos de la realidad. Luisito, Iñaki, Chete o Carlos Gutiérrez entre otros, todos ellos compañeros míos en algún momento de mi etapa de jugar al fútbol más o menos en serio, eran mucho mejores que yo y tampoco llegaron. A mi sólo me queda la duda de saber cuál hubiera sido mi límite en plenitud de facultades físicas, pero siendo honestos y viendo las cosas con perspectiva, creo que mi vida hubiera ido por otros derroteros igualmente. El éxito, o al menos esa es mi convicción,es vivir la vida que uno quiere, conforme a unos valores y siendo feliz con lo que hace. A menudo creo que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Pero sobre eso escribiré otro día. Pronto, lo prometo.

jueves, 20 de junio de 2019

Marketing y Vino: Hacia una (necesaria) Revolución

Algunas Ideas

La semana pasada tuve la suerte de ser invitado por el INEA (Escuela Universitaria de Ingeniería Agrícola de Valladolid, adscrito a la Universidad Pontificia de Comillas - ICADE / ICAI) a la presentación de sus nuevos máster y programas de postgrado, los cuáles comenzarán el curso que viene. Entre ellos, se encuentra uno que creo que es más necesario que nunca: Máster en Marketing y Cultura Sostenible del Vino. Me ilusiona contaros que PRADOREY va a colaborar activamente en el mismo, siendo algunos de los directivos de mi equipo y yo mismo, profesores o colaboradores del Máster, celebrándose incluso alguna jornada en nuestras instalaciones. Por dicho motivo, me invitaron a compartir algunas reflexiones con los asistentes, las cuales os dejo por aquí, como ya es tradición. 

Mientras preparaba mi intervención y andaba dubitativo acerca de cómo enfocarla, pensé que lo primero que debía de hacer era acotar, o al menos clarificar, el término Marketing. Para ello decidí tirar por el camino fácil y acudir a Google en busca de ayuda. Así, sin más,  introduje en el buscador las palabras mágicas: "marketing definition". No encontré nada nuevo, para qué negarlo. La mayoría de entradas que pude ojear hablaban de clientes, de las famosas 4 P´s, de intercambios o incluso había quien seguía haciendo hincapié fundamentalmente en la comunicación. Cuando iba a cerrar el navegador un tanto decepcionado con lo leído, hubo algo que me llamó poderosamente la atención: 3.190 millones de entradas. Me quedé estupefacto. Vale, es muy posible que entre ellas hubiera citas, referencias cruzadas, conceptos que se repitieran o que sean muy parecidos, pero, en cualquier caso, es evidente que existe una notable inflación conceptual al respecto.

Recordé entonces aquello que postulaba cuando hacía mi tesis, eso de que dentro de las ciencias sociales, era muy posible que las ciencias económicas y empresariales fueran las más sociales de todas. Y dentro de las mismas, si hay una disciplina especialmente sensible a los cambios que se dan en los entornos, es posiblemente el marketing. Es difícil señalar cuándo fue el inicio del mismo en términos académicos, por cuanto la necesidad de vender ha existido siempre, pero creo que todos estaríamos de acuerdo en señalar que, el marketing, lleva viviendo una edad de oro desde hace algo más de 100 años. Justo durante el mismo período de tiempo en el que nuestras sociedades han experimentado, tal vez, más cambios que en muchos miles de años juntos. Es lógico, en consecuencia, que la forma en la que las empresas se relacionan con sus públicos objetivos haya experimentado también notables cambios en este tiempo, pero, en síntesis, creo que lo que evoluciona son las herramientas, y que el marketing, como apunta el profesor Dolan de la Universidad de Harvard, consiste, en el fondo y fundamentalmente, en crear, capturar y sostener valor, y que lo que ha variado en este tiempo, es la forma en la que este axioma se ha llevado a cabo.

Philip Kotler, uno de los grandes gurús del marketing, publicó hace unos meses un libro muy interesante llamado Marketing 4.0. Al inicio del mismo, de una forma muy esquemática e ilustrativa, explicaba la evolución de la disciplina, a la cual separaba en cuatro etapas muy diferenciadas.

La era del Marketing 1.0 fue aquella en la que las empresas se centraban en comunicar las características técnicas de sus productos,  dejando al consumidor en un segundo plano. Si queréis encontrar ejemplos de lo más representativos, no hay nada como que pongáis en Youtube "anuncios de coches de los años 80" para entender cómo se entendía el marketing por aquella época. Se hablaba de potencia, velocidad punta, consumo, prestaciones en definitiva, obviando al cliente y  motivaciones para comprar o no un vehículo.

Llama poderosamente la atención como apenas unos años después, BMW sacara aquel anuncio tan sugerente en el que el mensaje simplemente era un escueto "¿te gusta conducir?", el cual reflejaba como pocos la era del llamado Marketing 2.0. Durante la misma, las empresas se centraron en los beneficios buscados por los clientes a la hora de elegir los productos de una compañía, dejando en un segundo plano los atributos físicos de éstos. 

El Marketing 3.0 es el que abre la puerta al cliente multidimensional, aquel que tiene una percepción de una marca más allá de su propia experiencia de consumo, y que espera que las empresas se  comporten como ciudadanas corporativas. Por poner un ejemplo, es muy posible que muchos de nosotros jamás haya trabajado nunca con Lehman Brothers, y es también cierto que dicha empresa está quebrada, pero imaginemos que la hubieran rescatado. ¿Le compraríamos algún producto financiero? Ese cliente con conciencia, preocupado por algo más que por el consumo, marca un antes y un después en la historia del marketing, porque es entonces cuando las compañías entienden, que no sólo deben crear, capturar y sostener valor para el cliente final, sino que deben ampliar sus miras e incorporar al resto de stakeholders y a la sociedad en su conjunto dentro de sus programas de marketing. La legitimidad pasa a ser la nueva norma, por encima, incluso, de la legalidad, por cuanto se impone un  nuevo paradigma: ninguna empresa podrá sobrevivir dando la espalda a la sociedad en la que se desenvuelve.

La era del Marketing 4.0, la actual, es la del cliente omnicanal, ese que salta del mundo on line al off line de forma constante, pendiente siempre del teléfono móvil, más conectado que nunca y con posibilidades de interactuar infinitas. 

Lo interesante es que cada etapa engloba a la anterior. Es decir, que el cliente actual tiene más información que nunca, busca más beneficios que nunca en un mismo producto, pudiendo hacer más énfasis en un atributo o en otro dependiendo del momento de consumo, quiere que las empresas no sólo hagan buenos productos, sino que los hagan de una forma decente, y se enfrente a un gran bazar mundial dónde tiene más donde elegir, por más canales y de más formas que nunca en la historia.

Tres son las cosas han pasado en estos años, que explican no sólo la velocidad de los cambios señalados, sino la profundida de los mismos. En primer lugar, la globalización económica, la cual comenzó en la década de los años 70 de la mano de la escuela de Chicago, con Milton Friedman a la cabeza, y la cual se ha acelerado durante los últimos 20 años. El proceso es imparable, mal que le pese a Trump. En segundo lugar, y de la mano de lo anterior, viene la globalización cultural, como consecuencia del crecimiento de los movimientos migratorios, también de los últimos años, y de la aparición de internet. Los capitales, las fábricas y los productos elaborados en ellas se han movido con total libertad por todo el planeta, y aunque las personas han tenido más trabas, no es menos cierto que nuestras sociedades se han vuelto más heterogéneas y diversas que nunca, con una cultura y un sistema de valores que cuando menos podríamos definir como dispersos. Por último, la revolución de las tecnologías de la información, con especial énfasis en internet, como señalaba antes, han acelerado el cambio. Nuestras expectativas hace tiempo que dejaron de ser locales para convertirse en globales, pero sobre todo, ha hecho a nuestras empresas transparentes y han cambiado la forma de comunicarnos con nuestros entornos, facilitando que la información fluya en tiempo real y sin que nadie pueda hacer algo al respecto.

En los años 80, las empresas vivían plácidamente. Más del 50% de sus mensajes a sus públicos objetivo eran unidireccionales y las posibilidades de interactuar de los clientes eran escasas. Hoy, no sólo podemos montar un número en redes sociales si nos tratan mal en un sitio, sino que todos nos convertimos en potenciales prescriptores de un producto o servicio. Cuando queremos sorprender a nuestra pareja con una cena romántica, seguimos preguntando a nuestros amigos, pero acto seguido miramos en internet las críticas de los lugares sugeridos, haciendo caso a gente que ni siquiera conocemos antes de hacer o no la reserva. Esta nueva lógica empieza a mostrar la punta del iceberg de lo que yo vaticino, con permiso de Kotler, que será el Marketing 5.0, porque, efectivamente, este mundo se mueve a velocidad de crucero y no parece que vaya a cambiar en las próximas décadas. Pensemos que sólo en China, el 50% de la población aún no tiene acceso a internet.

Y ante este panorama, ¿qué podemos decir del mundo del vino? Pues que lamentablemente está, en su inmensa mayoría, en ese Marketing 1.0 que señalaba Kotler. Si alguno no me cree, le animo a que mire la carta de un restaurente. Observaréis cómo los vinos se clasifican por procesos de producción (tiempos de crianza, como Reservas, Grandes Reservas, etc.), por color (blanco, tinto o rosado), por su procedencia (Denominación de Origen) o por su composición (tipo de uva). Y si alguno aún no está convencido, basta con que lea una contra etiqueta de una botella para terminar de deprimirse. Hay excepciones. En PRADOREY estamos inmersos en un proceso de cambio que va por esa línea, como otros colegas del sector que están haciendo las cosas de forma excepcional, pero que, a dia de hoy, aún son minoría.

Y así, mientras la industria se tira de los pelos, porque haciendo los mejores vinos de siempre en España, el consumo se encuentra en mínimos históricos, yo sigo pensando que  lo que tenemos es suerte de tener todavía un segmento de clientes tradicional, que sigue guiándose por estos parámetros (tiempos de guarda, tipo de uva, denominación de origen, etc.) a la hora de escoger un vino. Lo malo es que este tipo de cliente está en regresión, y que las nuevas generaciones no van por ahí. Así, que si queremos ganárnoslas para la causa, debemos replantearnos cómo crear, capturar y sostener valor para estos nuevos consumidores.

La gente ya no sólo toma vino para comer, o como un componente de una dieta alimenticia, sino que basta con echar un vistazo a los diferentes estudios de mercado para comprender que cada vez más existen otras variables subjetivas que explican la aparición de nuevos segmentos de clientes, con motivaciones radicalmente diferentes en cada momento de consumo. 

El mundo del vino tiene que hablar de algo más que de un producto. Debe desandar parte del camino recorrido en algunos aspectos, aprender a comunicar de otra forma, dejar de tener miedo a internet y contar bien la historia de sueños, valores y sostenibilidad, económica, social y medioambiental, que existe detrás de cada botella. Sigue habiendo bodegas que no quieren estar en Amazon, que no saben lo que es Vivino, o que no están preparadas para recibir a enoturistas. Con este panorama, con lo difícil que lo ponemos, lo que es de extrañar es que el consumo de vino no haya caído aún más. 

Pero no quiero terminar con un mensaje tan negativo. Como decía, también hay movimiento en el sector, gente que está haciendo muy bien las cosas, pero, sobre todo, me gustaría señalar que yo veo la botella medio llena. Hay mucho por hacer y se parte de lo principal: un gran producto, una gran historia que contar y mucho campo abonado que trabajar. Pensemos que en los mercados internacioales, lo que más vendemos son graneles, y que nuestros principales compradores son Francia e Italia, los cuales son capaces de vender ese vino mismo vino pero embotellado, quedándose con parte del valor que creamos y que, de momento, no logramos capturar. 

El mundo del vino neceesita una revolución, desde el marketing, y para ello necesitamos que llegue gente nueva de la Universidad, gente con hambre y ganas de hacer las cosas distintas, que nos reten a los que llevamos ya un tiempo trabajando en el sector y que no sólo nos estimulen, sino que entren como un soplo de aire fresco. Estoy convencido de que este Máster ayudará a ello. ¿A qué esperáis a apuntaros?



lunes, 31 de diciembre de 2018

Reflexiones de Fin de Año

Sobre el 2018

Cada 31 de diciembre me viene ocurriendo lo mismo. Los años se me pasan a toda pastilla y siempre me parece que fue antes de ayer cuando resonaban las campanadas de la Nochevieja pasada. Hubo un tiempo en el que me preocupé pensando que, tal vez, vivía demasiado deprisa. Hoy asumo que lo que me ocurre es que no quiero perderme nada. Siento que esta vida es tan fascinante, que hay que vivirla paladeando cada segundo, exprimiéndo todo el sabor a la misma. Sé que a veces no llego a todo. Sé que siempre hay amigos a los que les debo más atención, pero también hace tiempo decidí ser un poco más indulgente conmigo mismo. No es tan importante la cantidad como la calidad, y en ello estoy.

Así que aquí me encuentro de nuevo. Delante del ordenador, recuperando brío en El Disparadero después de unos años muy exigentes, con la sensación de que el 2018 ha sido un año decisivo en mi vida. Como si, de repente, todo lo luchado, lo estudiado, lo invertido y lo sufrido (por qué no decirlo también) cobrase sentido. Como si de un puzle se tratase, siento que las piezas encajan y de repente me veo en el mejor momento de mi vida. Con la energía de la juventud, con la experiencia de quién durante estos años se ha vaciado para llenarse de todo lo que podía absorber de su alrededor, pero también con el puntito de reflexión que te van dando los años. Termina un año excelente, con sus días malos también, claro está, pero que cierra con un excelente sabor de boca ante todo lo que está por venir. Por delante 365 días que habrá que pelearlos, pero con una pinta sensacional.

Pero no os preocupéis, que hoy es Nochevieja y no se trata de soltar grandes tostones. Tampoco de resumiros mi año. Eso se lo dejo a los periodistas, tan dados en estas fechas a hacernos un acopio de las noticias más relevantes de los últimos 12 meses. Sólo quiero compartir tres ideas, tres reflexiones que en este 2018 han cobrado más sentido que nunca en lo personal y en lo profesional. Espero que os inspiren, o que, por lo menos, os ayuden a reflexionar para comenzar 2019 llenos de energía. Desde aquí os deseo todo lo mejor, a vosotros y a vuestras familias. ¡Nos espera un año apasionante!

1) Conocerse, para poseerse, para darse: Esta frase me la dijo un profesor del IESE, Álvaro San Martín, en 2016, pero tal vez hasta ahora nunca había entendido plenamente su significado. 2018 ha sido un año en el que he podido entender por qué me pasaban ciertas cosas y lo que es más importante, para qué me pasaban. Sólo a partir de ahí he podido reorientar mi vida personal y ser mejor profesional. En el colegio y en la universidad nos atiborran a conocimientos externos, que están muy bien y son muy útiles, pero sin la gestión de las emociones, sin el conocimiento de nosotros mismos, jamás podremos ser la mejor versión de nosotros mismos. Y sólo cuando eres capaz de poseerte, eres capaz de entregarte a los demás. Todos los días afrontamos decisiones de calado emocional y cuando no somos capaces de manejarlas, tendemos a ofrecer resultados disparatados.

2) Sobre la Gestión del Tiempo, lo esencial, lo importante y lo accesorio: Si hiciéramos una encuesta entre nuestros seres queridos, y les preguntásemos qué es lo realmente importante para ellos, sobre sus hobbies y lo que les gusta hacer, la gran mayoría pondría a familia y amigos en primer lugar. Muchos dirían que les gusta el deporte, otros salir, el teatro, el cine, la música o leer. Os hago una sugerencia para este 2019. Haceos vosotros esa misma pregunta. Poneos delante de un espejo y preguntaos ¿qué es lo más importante en mi vida? Y todos los días, con un poquito de paciencia, antes de iros a dormir, apuntad en una hoja excel todo lo que habéis hecho durante las últimas 24 horas. Al cabo de unas semanas, revisad cuánto tiempo habéis dedicado a cada cosa y comparadlo con aquello que dijisteis que era realmente importante. Yo llevo haciéndolo desde el verano, siguiendo el sabio consejo de otro profesor del IESE, Santiago Álvarez de Mon, una de las personas que más me ha hecho pensar en los últimos tiempos. Los resultados sorprenden. No somos lo que decimos, somos lo que hacemos. Mide tu tiempo, gestiónalo y pon en orden tu escala de prioridades. El día que te jubiles, nadie se acordará de ti en tu trabajo y sólo te quedarán aquellos que de verdad te quieren. Cultiva tus amistades, cuida a tu familia y no pierdas el tiempo en cuestiones menores. Y haz esa hoja excel. No te dejará indiferente. 

3) Busca Océanos Azules (en la vida y en el trabajo): La teoría de los oceanos azules comienza explicando los llamados océanos rojos. Son esos mercados plagados de competidores dónde sólo puedes crecer a base de quitarle cuota de mercado al resto de compañías que cohabitan con la tuya. Sin embargo, si eres capaz de encontrar un nuevo nicho de mercado, un monopolio temporal dónde te garantices campar a tus anchas durante un tiempo, entonces habrás hallado un océano azul. En los océanos azules la competencia es irrelevante. Y es que, en la vida, no es tan importante ser el mejor como ser diferente. Para ello, a veces, conviene aprender cuándo y a quién se debe escuchar, y a quién conviene dejar a un lado, pero sobre todo, conviene aprender a cuestionarse convencionalismos y atreverse a buscar alternativas y límites. En el fondo se trata de encontrar tu esencia , de ser original y hacer caso a tu propia intuición. Volvemos a lo mismo, sólo así podrás mostrarte tal cual eres, siendo, una vez más, la mejor versión de ti mismo.

Brindo porque así sea en este 2019. ¡Que seáis muy felices!





martes, 25 de diciembre de 2018

15 Años sin Sara

Pequeño Homenaje a una gran Amiga

Me gusta decir que la vida de las personas es como una ecuación. No, no es que de repente me haya vuelto fan de Wittgenstein, como tampoco creo que el mundo se pueda resumir en una fórmula matemática, pero sí que creo que nuestra existencia tiende a ser trascendente cuando incorporamos a la misma una constante. En las ecuaciones, cuando quitas la constante, los resultados tienden a ser disparatados. En la vida, cuando eso ocurre, tendemos al caos. Esa constante de nuestra vida se compone, en su parte más visible, de nuestros amigos, familia y pareja, esos que están ahí siempre, a lo que acudimos sin que nos pidan nada a cambio cuando la vida nos pega uno de esos golpes a los que uno nunca termina de acostumbrarse. Esos con los que sientes que estás en casa, imprescindibles en tu día a día.

Pero la constante, y disculpadme por sacar mi formación académica, es longitudinal, como lo es nuestra vida, y tiene una parte menos visible, esa que conforman aquellas personas que pasaron por aquella y ya no están, esas con las que compartimos momentos inolvidables, buenos y no tan buenos, que explican quién eres, como has llegado a ser la persona en la que te has convertido. El camino hacia Ítaca es largo, y cuanto antes asumamos que habrá personas que sólo podrán acompañarnos durante un trecho, más llevadero será el viaje.

Aceptamos que la ley de la naturaleza es inexorable, y es por ello por lo que, aunque nunca estemos preparados, asumimos la marcha de nuestros abuelos, incluso con el tiempo, la de nuestros padres, como algo que estaba en el guión. Sin embargo, cuando el que se marcha es alguien joven, alguien al que, conforme a nuestra visión de las cosas, no le tocaba, el drama se multiplica. Y es entonces cuando duelen, no sólo los recuerdos, sino los momentos no vividos, el tiempo que se te escapó o aquella llamada que no hiciste.

El tiempo, ese reloj que pasa y que cada mañana en el espejo nos recuerda que somos un poquito más viejos, también tiene propiedades muy saludables. Algunas curativas, como se suele decir, pero sobre todo, y esa es la parte que más me gusta, otras relacionadas con la perspectiva que le aporta a las cosas. Claro que me sigue doliendo que Sara no esté. Claro que me sigue resultando incomprensible que se fuera un día de Navidad con apenas 25 años. Claro que hay días en que se me siguen empañando los  ojos al recordar. Pero hoy sé que morimos porque vivimos, y que la muerte es algo terriblemente humano, vinculado de forma indisociable a nuestra propia existencia. No hay una sola Navidad en que no me acuerde de ella, pero la pena poco a poco va dando paso a un profundo agradecimiento por lo mucho que nos reímos, por lo mucho que conversamos, por lo mucho que compartimos.

Me quedan las fotos, las risas de los cumpleaños, aquel karaoke de Kapital, el verano en Irlanda o el viaje a las Fallas. Me quedan los partidos de fútbol y nuestras conversaciones sobre el Real Madrid y las excursiones con el cole. Me queda también que te fuiste debiéndote una llamada desde hacía un buen tiempo, pero sobre todo la alegría de poder recordarte cada año, de brindarte este pequeño y sincero homenaje. Y me queda una ilusión, que desde allí desde el cielo, desde esa parte dónde estáis las buenas personas, sientas que nuestra amistad, esa que tuvimos durante tantos años, explica un poquito quién soy y lo que hago con mi vida. O en definitiva, que sepas que pasarán los años, que los recuerdos podrán difuminarse, que vendrá gente nueva y que otra irá saliendo, pero que siempre formarás parte de mi constante. 

Quince años sin Sara. Siempre presente.




lunes, 24 de diciembre de 2018

Vinos para estas Navidades V (y Final)

Champagne, Cavas y Espumosos

Terminamos ya esta selección Navideña con los vinos espumosos, los cuáles muchas veces se dejan para el postre y para el brindis final, pero que constituyen, bajo mi punto de vista, una alternativa extraordinaria para acompañar toda la comida. Como todo, es cuestión de gustos, porque al final, y con miedo a ser reiterativo, el mejor vino es el que más le gusta a uno en un momento determinado, Y lo maravilloso de su mundo, que no es que haya personas a las que no les guste el vino, sino que existen personas que no han encontrado aún su vino. ¡Qué paséis una noche extraordinaria!

Os dejo mi selección:

- Dominio de la Vega Cava Reserva Cuvee Prestige 2013: Debo reconocer que, por lo general, los cavas de fuera de Cataluña me dejan a menudo bastante indiferente. Este ha sido una maravillosa excepción.  Lo podéis encontrar en Uvinum a unos 27 euros / botella. 

- Agustí Torelló Mata Gran Reserva Barrica 2013: Lo probé en la cena de ANAC (asociación nacional de amigos del Cava) y me pareció extraordinario, como casi todo lo que hace esta bodega. Lo podrás encontrar en Bodeboca, pero aún dicha añada no la tienen disponible. ¡Esperemos que no tarden! 

- Charles Heidsieck Brut Reserve: Nos pegamos un salto a Francia para tomar un buen Champagne. Esta marca suena menos entre el gran público, pero merece mucho la pena. La caja de 6 botellas la podrás encontrar por 245 euros en Millesime.

- Gramona Imperial Gran Reserva Brut 2011: De mis bodegas favoritas de Cava. Un valor seguro que nunca falla.En mi caso lo caté maridando una extraordinaria comida Japonesa en uno de mis restaurantes favoritos de Madrid. Mejor compañía imposible, lo confieso.  Lo podréis encontrar en Bodeboca por 18,90 euros. Eso sí, ya la añada tiene que ser la 2013.

- Mistinguett Brut Nature 2016: Una de las revelaciones del año. Por su juventud y por mi desconocimiento de la marca. Pura fruta, máximo frescor y un precio de locura, 7,63 euros / botella. Lo podréis encontrar en Wineisvino.

- Moet Chandon Imperial Bru Rosé: Un clásico, aunque en este caso toca rascarse el bolsillo. No empalaga y deja unas notas florales de lo más agradable. Extraordinaria elección también. Lo podrás encontrar por 46,50 euros en Bodeboca.

- Agustí Torelló Mata Trepat Rosé 2016: Y por si alguno busca un espumoso rosado un poco diferente, además de económico respecto al Moet Chandon, finalizo mi selección con una propuesta de lo más original y sorprendente. La variedad Trepat está regresión en nuestro panorama vitivinícola, pero a la luz del resultado, es para hacérnoslo mirar, que diría alguno. Su precio, extraordinario. 12,90 euros y disponible en Bodeboca. 

¡Feliz Navidad!