martes, 24 de julio de 2018

Dos años sin Santi

Vivencias

Querido Santi,

Esta vez me ha costar arrancarme un poco más de lo normal, aunque de un tiempo a esta parte viene siendo así. El máster me ha dejado tan lleno de conocimientos, que al terminarlo me he quedado un poco vacío. Sí, parece un contrasentido, lo asumo, pero es como si necesitara que el tiempo hiciera su trabajo para poner en orden ciertas cosas, para saber qué contar. Imagino que es normal, pero te reconozco que me siento extraño.

Tampoco ayudan estas fechas, te lo confieso, porque aún a sabiendas de que el tiempo pasa inexorablemente, cada cada 14 de julio me parece como que éste se detuviera, y recreo cada instante de aquella mañana en la que nos despedimos hasta la cena y ya no te volví a ver. Me sigue pareciendo increíble, a veces incluso que no sucedió, pero lo cierto es que como quien no quiere la cosa, han pasado ya dos años en los que  no he dejado de pensar en ti ni un sólo día. 

Ya sé que tú lo ves todo, que ese es uno de los privilegios que tenéis los que estáis cerca del Padre (o al menos así me lo imagino yo), pero déjame que te cuente cómo estoy ordenando mi casa en Aranda. Permíteme que te recuerde también, sin poder parar de reírme, el día en que Reme presentó su dimisión, por cuanto decía que con mi caos podía, pero que con el tuyo y el mío juntos, no. Y es que  no sé como explicarlo bien, pero de un tiempo a esta parte siento la necesidad de sacar lo antiguo y dar paso a lo nuevo, a lo que ya ha venido y a lo que esté por llegar. Y no puedo evitar sentir que mucho de lo que ya está, ha sido gracias a ti.

Sé que nunca te olvidaré. Que tu ausencia es una pena que me va a acompañar toda la vida, pero también tengo ahora claro que tu vida fue un regalo, y que a través tuyo, de tu muerte y resurrección, vivo multitud de aspectos de mi día a día como un presente que me sigues haciendo. Ahora no puedo evitar reirme pensando en nuestra última conversación viendo cómo han cambiado las cosas, y vale, sí, lo reconozco: tenías tú razón conmigo. ¡Quién me ha visto y quién me ve! Cómo cobran sentido ahora aquellas mañanas en Gandía en las que venías a cantarme los datos de mi modelo en mi tesis para que me pudiera ir a la playa contigo cuanto antes. Era increíble, pero sabías de mi soledad sin que yo te lo dijera, y siempre acudías a mi rescate. Era también así cuando salía a correr, o cuando me quedaba el último en las pistas de esquí. Como en aquel camino de Emaús, no entiendo cómo podía estar tan ciego para no verlo. Y ahora me faltas, pero también te siento muy cerca. Y en esa contradicción vivo, y con esa contradicción te escribo estas líneas. Con la de quién humanamente querría llorar, pero también con la fe y la certeza de que sigues entre todos nosotros ayudándonos cada segundo. Y es entoces cuando sólo me sale darte las gracias.

Hoy sigo recorriendo el pasillo de mi casa y  siento ese nudo en la garganta cuando veo tu cuarto que me acompaña desde hace más de dos años. Sigo sintiendo que nos quedaron cosas de que hablar, vinos que catar, esos que te parecían una maravilla de mi colección y de los que te encantaba que te contase su origen, carreras por hacer, e incluso algún partidillo (ya pocos). Tantas cosas que no puedo dejar de pensar que la vida a menudo es incomprensible e injusta. Pero por otro lado, cuando dejo de lado mis limitaciones y frustraciones, esas que me recuerdan que soy irremediablemente humano, te confieso que te siento muy cerca y que a menudo me parece que nunca te has ido.  Llevo casi dos semanas tratando de expresar todo lo que llevo dentro, que no es otra cosa que una mezcla de dolor y tristeza, pero también de esperanza y agradecimiento. Morimos porque vivimos, y sólo puedo agradecer al Padre que tu vida tocara la mía durante casi 25 años. Trato de exprimir los "para qués" y a veces me maravillo de todo lo que tu muerte y resurrección ha generado en mi. Gracias por lo que me diste en vida, gracias por lo que me sigues dando. Gracias por todas las vidas que has cruzado y que seguirás cruzando. Miro al cielo y me imagino tu sonrisa...

Siempre en mi corazón, Santi. Sé que ya lo sabes. Pelirrojamente juntos...Siempre