martes, 23 de mayo de 2017

Zidane, o la Importancia de los Valores y la Cultura en el Liderazgo Empresarial

Algunas Ideas

Domingo 23 de abril. El Barça se había sobrepuesto al gol inicial de Casemiro con un soberbio tanto de Messi y un trallazo espectacular de Rakitic. El partido estaba siendo de toma y daca, con el astro argentino desatado y con los arqueros haciendo virguerías en sus respectivas porterías. En una jugada en medio campo Sergio Ramos mide mal y es expulsado. Aunque lo veía difícil, para mis adentro pensaba que alguna íbamos a tener, que aquello no estaba terminado. Y así fue. Tras un magnífico pase de Marcelo, James remata un balón nada fácil en el pico del área pequeña y clava el empate a falta de pocos minutos para el final.

La cabeza pedía echarse atrás, mantener un empate que prácticamente daba el título de liga al Real Madrid, pero los de Zidane decidieron ir a por el partido. Durante los minutos siguientes pareció que el Madrid podía lograr la proeza. Primero a través de Marco Asensio, y luego a través de James, el cual desde mi posición privilegiada en el fondo sur del estadio Santiago Bernabéu, creo que hubiera anotado el tercero de no ser por el toque de Cristiano Ronaldo, el cual frena el contra ataque y hace que el colombiano chute demasiado escorado llegando el balón a las manos de Ter Stegen. Con el 2-2 y Kovacic turnándose de central con Toni Kroos, Keylor Navas saca una falta favorable al Madrid que termina en saque de banda a favor del Barça. Kovacic le pide a sus compañeros adelantar líneas. Desde donde yo estaba, animaba extasiado pensando que aún podíamos robar la pelota y ganar el partido. El resto es historia. La fantástica cabalgada de Sergi Roberto y el gol de Messi. En el Bernabéu se hizo un silencio sepulcral. El fútbol, bajo mi punto de vista, había sido injusto con el equipo que había tenido más ganas de ganar. Cuando salía del estadio, recibí un whatsapp de mi padre, el cual había visto el partido por la tele, lamentándose de nuestra mala suerte. Lo que le puse me salió del corazón: "el Madrid ha recuperado sus valores, tiene alma, siempre quiere ganar. El Barça tiene a Messi. El argentino gana partidos, el alma temporadas".  Al día siguiente me encantó escuchar a Carlos Martínez, comentarista de Movistar Plus, señalando que no se le podía echar nada en cara al Madrid, por cuanto había perdido haciendo gala de aquellos valores que le habían hecho grande. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Siempre he dicho que el fútbol es una escuela permanente para los futuros empresarios del mañana, para todo aquel que quiere dedicarse a gestionar personas y equipos. Se pueden encontrar múltiples paralelismos en equipos profesionales y de aficionados. Muchas de las lecciones que aprendí jugando y entrenando en su día, me han servido durante mi trayectoria profesional y las sigo recordando de cuando en cuando como auténticos referentes sobre qué hacer en determinadas vicisitudes de la vida. Sería bueno que los padres que castigan a sus hijos sin entrenar por las notas, tuvieran esto en cuenta. Pero al grano, que no me quiero ir por los cerros de Úbeda. Como decía, el fútbol nos deja innumerables enseñanzas. Una de ellas, de las que merecería un buen caso en cualquier escuela de negocios, es la importancia de la cultura y los valores dentro de una organización. Y es entonces cuando observas cómo presidentes de clubes, a menudo exitosos en sus trayectorias empresariales, cometen errores de bulto agobiados por una exagerada urgencia resultadista que engloba a todas las áreas de nuestra sociedad, la cual les lleva a tomar decisiones equivocadas con más frecuencia de lo deseable. Olvidan que todo lo que merece la pena en esta vida tiende a cocerse a fuego lento y que el éxito no suele tener atajos. Uno de los casos más paradigmáticos, por mucho que me duela reconocerlo, es el del Real Madrid desde el día en que se cesó a Del Bosque.

Por aquel banquillo fueron pasando innumerables entrenadores, muchos de los cuales no tenían ni la más remota idea de lo que significaba el equipo de Concha Espina, ni de todo aquello que le habia hecho merecedor de ser el mejor equipo del siglo XX. Aunque sé que tiene sus defensores, el colmo de los colmos fue la llegada de Mourinho. Una vez le oí a Valdano decir que el problema del resultadismo es que te deja sin argumentos cuando los resultados no llegan. Cierto es que al técnico luso le tocó convivir con la mejor época de siempre del Barça, pero también lo es que tuvo títulos "a huevo" que desperdició por olvidarse de lo que realmente era el Madrid. El peor día fue el de la vuelta contra el Borussia de Dortmund, cuando tras perer 4-1 en la ida, el lisboeta se negó a apelar al espíritu de Juanito, al de las grandes noches europeas, aquellas por las que me enganché al fútbol cuando apenas era un canijo y escuchaba los partidos con mi madre en la cocina en una vieja radio para no despertar a mis hermanos. Y así recuerdo el 6-1 al Anderletch, pero sobre todo el 4-0 al otro Borussia, al de Monchengladbag, cuando tras marcar Santillana de forma agónica el gol de la victoria, no podía dejar de pegar brincos por casa diciéndole a mi madre "¿lo ves? ¿lo ves?". El Madrid era el equipo de la garra, de las remontadas imposibles, de la fe inquebrantable y de las ganas de ganar por antonomasia. Y así, por aplastamiento y convencimiento, a veces por encima de su fútbol, ha logrado decenas de títulos. Aquel día del Dortmund los alemanes fueron mejores, pero el coraje de Ramos metió al equipo en el partido, y en 15 minutos de locura el Madrid estuvo a punto de darle la vuelta a la eliminatoria. Lo que me dolió no fue caer eliminado, lo que sinceramente me hizo polvo fue que Mourinho renunciara a la mística, a eso que siempre nos había hecho grandes.

Ancelotti dejó un buen recuerdo, pero sin embargo el paso de Benítez por el Madrid nos sumió en una profunda depresión que tan sólo la llegada de Zizou pareció poder curar. En aquellos días entre Año Nuevo y Reyes de 2016 me parecía impensable que el Madrid pudiera ganar nada esa temporada. Pero poco a poco y casi sin hacer ruido, costándole quizás más de lo esperado el que diera con la tecla, el técnico francés fue armando un equipo. Se le acusaba de tener flor, se dudaba de sus verdaderas virtudes como técnico, pero a mi me gustaba lo que iba viendo. A veces más fuera que dentro del campo. Con sus declaraciones, con sus ideas que poco a poco iban calando, pero sobre todo recuperando la esencia de lo que siempre había sido el Madrid. Milagrosamente se ganó la Champions, remontada agónica ante el Wolfsburgo incluida, y se estuvo a punto de ganar una liga que parecía imposible. El reto era ver qué hacía el equipo este año.

Y los números están ahí. Zizou ha llevado al Madrid a ganar su primera liga en 5 años y tiene al equipo jugando una segunda final consecutiva de Champions, cosa que no sucedía desde la época de Di Stéfano. Precisamente si es capaz de vencer a la Juve, podría igualar un record que los merengues llevamos 59 años esperando, el tan ansiado doblete. Y todo ello sin levantar la voz en la sala de prensa, logrando que hablen bien de él hasta los que juegan menos y demostrando un liderazgo que personalmente me tiene encandilado. La historia del Madrid dice que los protagonistas siempre fueron los jugadores. Más allá de Miguel Muñoz, no recuerdo quién fue el entrenador de los Puskas y compañía, pero sin embargo a todos los madridistas nos han llegado quiénes fueron los responsables de las 5 Copas de Europa seguidas. Zidane ha sabido poner el foco en quién correspondía, y ha sabido hacerse sentir importantes a todos sus jugadores, incluso los que jugaban menos. Me impactó hace unos días oir hablar a Jesé sobre Zizou, pero también a Fernando Hierro, quién decía que creía que el galo podría marcar una etapa. No menos emotivo fue el abrazo y manteo sincero de sus jugadores en la Rosaleda. Los gestos dicen mucho más de lo que parece.

Se le ha criticado a Zidane a veces haber sacado más de la cuenta a Bale, o incluso estos días que sacara a Danilo antes que a Nacho, o por algunos errores en cambios o tácticas a lo largo del curso. Todos llevamos un entrenador dentro, pero muy pocos son los que gestionan grupos humanos. Mantener el equilibrio es complicadísimo y si Zizou ha logrado tal ascendencia sobre sus pupilos es porque ha sido coherente y muy posiblemente justo, por cuanto conviene no olvidar que los espectadores sólo vemos el partido del fin de semana, pero no cómo entrenan los jugadores durante la misma. El "buen rollo" que tiene el equipo ahora no es casualidad. Todos se han sentido importantes, todos han asumido en mayor o menor medida su rol y así ha resultado que el Madrid ha tenido dos equipos titulares que han brillado con luz propia.

Y es que el Madrid siempre fue el equipo en el que el colectivo importaba más que las figuras. Di Stéfano fue el más grande, pero aquel equipo era también el de Puskas, Gento, Santamaría o Kopa. El de la Sexta fue el Madrid Ye - Ye. Luego llegó el de la Quinta del Buitre y cuando llegaron la 7ª, la 8ª y la 9ª, por encima de los "Ferraris", queda el recuerdo de los Raúl, Redondo, Hierro o Roberto Carlos entre otros. Zidane ha conseguido que hasta descanse Cristiano y de esta forma el equipo ha vivido el año con mayor reparto goleador de los últimos tiempos. El portugués es la estrella, pero lo que más ha brillado este año ha sido el equipo.

Pero además el Madrid ha vuelto a ser el equipo con alma que siempre fue, el que ganaba partidos imposibles cuando no le llegaba con el fútbol, el que tenía canteranos (Nacho, Lucas Vázquez, Morata, Kiko Casilla, Carvajal, Mariano) que solventaban papeletas complicadas, el que mantenía un nutrido grupo de jugadores españoles que le dotaban de identidad (Ramos, Isco, Asensio, más los canteranos anteriormente citados) y el que se centraba en lo suyo sin acordarse de los árbitros (singular mania que se da en nuestro país con más frecuencia que en ningún otro lado), por cuanto Zidane sí que ha sido el único técnico que realmente no ha hablado de los árbitros en todo el año.

Decía hoy Santi Segurola en el As que el Madrid tenía toda la pinta de empezar un ciclo. Sinceramente no lo sé, por cuanto en la vida las cosas pasan cada vez más rápido, pero sí que creo que Zidane es al Madrid lo que el Cholo al Atleti. Y cuando uno encuentra la horma de su zapato, las ruedas de prensa son relajadas, los jugadores se divierten jugando, la grada disfruta y hasta a Florentino Pérez se le quitan las ganas de ejercer de secretario técnico cuando escucha que Zidane es a menudo el más aplaudido al anunciarse las alineaciones en el Bernabéu. Zizou es hoy el auténtico líder del Real Madrid y para ello no le han hecho falta estridencias, ni ruedas de prensa altisonantes, sino simplemente volver a los valores y a la cultura del club de Chamartín. Y el que crea que todo ésto no cuenta, o que no es tan importante como saber de tácticas o acertar con os cambios, convendría que pensara en lo difícil que le está resultando a Guardiola triunfar más allá de nuestras fronteras pese a ser, bajo mi punto de vista, un entrenador descomunal. Sin embargo, lo que está haciendo en el City, al igual que lo fue lo del Bayern, es contra cultural y así lo está pasando el hombre. Los valores corporativos, la cultura empresarial, otorgan al líder legitimidad y son claves para el éxito de cualquier equipo. Incluso los futbolísticos.

Decía Florentino cuando llegó que a ver por qué "Del Bosque no podia ser su Ferguson", en alusión al mítico Manager del Manchester United. Nos basta con que Zizou siga siendo Zizou, pero que se quede muchos años, con independencia de lo que pase en Cardiff. Estoy de acuerdo con Florentino. Tenemos al mejor entrenador del mundo... al menos para el Real Madrid. ¡Qué nos dure!

domingo, 7 de mayo de 2017

Crisis de Valores y Corrupción

Algunas Ideas

Bueno, pues ya estoy de vuelta por aquí, por esta especie de diván en la que se ha convertido El Disparadero en los casi 9 años que llevo compartiendo inquietudes y vivencias con todos vosotros. De entrada os pido disculpas por este parón, pero han sido los tres meses más intensos de mi vida. Sí, ya sé que como diría mi buen amigo Francisco Alcaide, todo es cuestión de prioridades pero también es cierto que la obligación supera a la devoción, y que aunque en mi caso sea cierto que ambas variables tiendan a confundirse, el día a día en bodega, el máster en IESE y las clases en la Universidad han copado la mayor parte de mi tiempo. En cualquier caso, me alegro de volver a pasarme por aquí y prometo no dejar pasar tanto tiempo entre este y el próximo post.

En estas últimas semanas una mezcla de indignación y estupefacción recorre mi interior con los titulares que semana sí, semana también, inundan nuestros medios de comunicación. ¿Queda algo sano en nuestras instituciones políticas? ¿No hay nadie decente que se quiera dedicar a la política? De acuerdo, estas preguntas son injustas, como siempre que se generaliza. Y estoy seguro, y me alegro de haber conocido a algunos de ellos, que existen personas de bien, con clara vocación pública que se dedican a a la política con la esperanza e ilusión de cambiar las cosas, de hacer de éste mundo y de nuestro país un lugar más habitable. Gente a la que, precisamente, los escándalos les duelen especialmente. Sin embargo, es lícito que la gente de a pie nos sintamos así. La factura de esta crisis ha sido tan asimétrica que determinadas noticias son humillantes. Pero tranquilos, que no quiero que este post se convierta en una retahíla de clichés de esas que se leen tan a menudo en decenas de medios de comunicación. Hoy me quiero fijar en la parte menos vista de todos los escándalos, o al menos la que pasa algo más desapercibida: la empresarial. Porque detrás de un político corrupto siempre hay quién pone el dinero en el sobre.  

Siempre he creído que la profesión del empresario es, a priori, una de las más nobles del mundo. Una persona arriesga su patrimonio buscando con el mismo crear más riqueza. Por supuesto para él, pero también para la sociedad en la que se desenvuelve a través de los puestos de trabajo que crea y de las relaciones económicas que fruto de dicha actividad se generan en una colectividad. Una compañía es ella y su cadena de valor. Toda la riqueza que se genera en una economía parte de la empresa y de la gente que participa en su cadena de valor. No es cuestión de ideología, sino de pura teoría económica. Los ingresos que percibe el estado los recibe vía impuestos que provienen de los salarios que pagan las compañías a sus empleados y directivos, bien de manera directa a través del IRPF, bien de forma indirecta con impuestos tipo IVA o especiales. También con el porcentaje sobre los benecios de la empresa que el herario público recauda cada año, e incluso a través de la parte que retiene de los dividendos a los accionistas o de los intereses de tu cuenta corriente y de la mía. 

Pero hay más. Cuando todo lo que recauda el estado es insuficiente para mantener los servicios públicos, éste se endeuda. Para ello acude a la emisión de bonos públicos que pueden suscribir particulares con sus ahorros (que derivan de sus salarios, esos pagados por las empresas), o incluso los bancos con mis ahorros y los tuyos, por cuanto una de las realidades económicas que siempre se cumplen es que la Inversión siempre es igual al Ahorro. Con todo ello el estado financia el estado de bienestar, paga los salarios de sus funcionarios y acomete las inversiones precisas que permitan un desarrollo igualitario de la sociedad.

Cuando Adam Smith desarrolló su famosa teoría de la mano invisible, siempre daba por sentado que para que el mercado funcionase, las personas que participasen en el mismo debían comportarse conforme a la ética. Y es que como muchas veces hemos apuntado por aquí, el genio escocés era catedrático de filosofía moral en Oxford. Lamentablemente, de un tiempo a esta parte hemos observado como se ha pervertido el concepto de la maximización del beneficio hasta límites insospechados. Bajo el prisma de Adam Smith, la maximización de beneficios era un medio para alcanzar una asignación óptima de los recursos, para que el óptimo social y económico se alineasen, para que, en definitiva, el progreso económico y social fueran de la mano. Sin embargo, hoy en día la maximización del beneficio ha tornado en un fin en sí mismo, en una especie de "todo vale" maquiavélico que lleva a las empresas a hacer lo que sea con tal de presentar los mejores números posibles sin importar los medios empleados para ello. Incluido poner un sobre con dinero para ganar ciertos contratos u obtener favores políticos.

La corrupción pone en riesgo la convivencia de las sociedades por cuanto se vulneran los principios de justicia e igualdad que amparan las constituciones y ordenamientos jurídicos vigentes en casi todas las naciones, se compromete también el desarrollo sostenible de las mismas y el disfrute de los derechos humanos de las personas que las conforman. Además, tiene impactos muy negativos en los mercados, ya que distorsiona la asignación de recursos al manipular los precios de los productos y servicios, genera cargas financieras significativas para las propias empresas y daña la reputación de las compañías. Pero por encima de todo lo anterior, tiene un efecto devastador sobre aquellas empresas que deciden no pasar por el aro y se ven fuera de una buen parte del mercado simplemente por hacer las cosas bien y comportarse confore a la ética. Ello, de facto, lleva implítico un mensaje demoledor: estamos creando una sociedad en la que a los corruptos les va mejor.

¿Cómo se puede actuar contra la corrupción? Comenzando por la educación. Es clave que inculquemos una cultura de esfuerzo y valores a los más pequeños, pero también que desde las escuelas de negocio y universidades se haga hincapié a los alumnos en que nada perdura sin la ética y que tenemos que cambiar el chip, que se trata de crear valor para el accionista, y de esta forma para toda la sociedad, pero que hay que hacerlo de forma sostenible y a largo plazo. Pero también necesitamos una clase política que realmente haga su labor. El papel del estado en un sistema económico, al menos desde un marco puramente teórico, es el de ayudar a resolver las ineficiencias de los mercados, marcar unas reglas del juego claras para todos que alineen la norma moral y la norma legal, a la vez que permitan el desarrollo económico de la mano del desarrollo social. Es clave bajo ese prisma que los políticos ahonden en la importancia de la transparencia, suya y de las empresas, como lo es también que las personas tomemos consciencia de que podemos ejercer la democracia con cada decisión de compra o inversión que tomemos en nuestro día a día. Los mercados siempre se mueven hacia dónde hay mayor rentabilidad, y si hacer las cosas conforme a la moral es rentable, aunque sea por meros objetivos pragmáticos y utilitaristas, hacia allí se desplazarán muchas compañías.

Pero rebobinemos un poco. Para que todo ello sea posible, necesitamos inculcar valores, esos a los que hacía alusión antes, y comprender que al final tanto las empresas como los partidos políticos no dejan de ser entes dentro de un sistema más grande llamado sociedad, y que nunca podremos exigirles a ambos comportamientos que nosotros, bien como personas, bien como el colectivo que somos, no estemos dispuestos a dar. 

Ayer le comentaba a un compañero del máster, medio en serio, medio en broma, que en el fondo yo era un poco de la generación del 98, aquella a la que le "dolía España". Bueno, algo de ello hay, pero sin dejar de lado mi optimismo vital irreductible. Creo que en los jóvenes que vienen, creo en los nuevos empresarios que salen de las escuelas de negocio y creo sobre todo en las posibilidades del ser humano por seguir mejorando. Esta crisis ha sido terrible y siempre hubo voces que señalaron que antes de ser económica y financiera, lo era ya de valores. Los escándalos de corrupción que se han destapado, los que estamos comenzando a ver y los que vendrán, así lo atestiguan. Lo bueno de la vida es que a veces un manguerazo de realidad nos pone en perspectiva y nos ayuda a replantearnos las cosas. Seguro que dentro de unos años volverá a haber otra crisis económica, pero en nuestra mano está llegar a ella de otra forma. Cuestión de valores, como casi todo en esta vida.

sábado, 4 de febrero de 2017

En la Intersección

Algunas Ideas

Confieso que me he sentido un poco más tranquilo cuando he visto que la esperanza media de los varones españoles ha subido hasta los 80 años en la última revisión que se ha llevado a cabo sobre este indicador. Vamos, que estadísticamente hay Fernando para rato, que aún ni siquiera he llegado a la mitad de mi camino pese a los 39 eneros que me cayeron hace unas semanas. Sí, ya sé que las cosas no funcionan así, que la vida te da sorpresas (buenas y malas) y que por ello tal vez no merezca la pena planificar, por cuanto se trata de VIVIR y no de posponer las cosas para cuando creamos que nos van a venir mejor. Que nadie me entienda mal, tampoco se trata de ir como pollos sin cabeza por el mundo por cuanto creo que sí que es crítico saber hacia dónde te quieres dirigir, pero siempre sabiendo que hay que tener la cintura y la humildad suficiente para aceptar que las cosas vienen cuando y como vienen, y no en función de nuestras apetencias y deseos. O como decía Oasis en su maravillosa canción "The masterplan", que la vida no nos hará comprender que en el fondo todos formamos parte de un plan maestro.

Nunca he ocultado que admiraba a Steve Jobs. Sí, ya sé y más aún tras leer su biografía, que era una persona difícil, con un carácter cambiante y que la convivencia con él no debía ser sencilla, pero además de su capacidad para generar entornos dónde la creatividad y el talento fluían como en ningún otro lado, siempre me pareció descomunal su capacidad para desarrollar un conocimiento tácito, ese que no se enseña en las Universidades, que tiene que ver con la intuición y con cómo absorbes todo aquello que te pasa en tu día a día. Luego, si añades a tu existencia un puntito de reflexión  y madurez, si eres capaz de vez en cuando de mirar las cosas con perspectiva, llega un día en el que te das cuenta de que todo aquello que has vivido tiene sentido, que las cosas encajan y que nos han pasado para algo, no por algo, que depende de ti mismo y de tu actitud ante la vida el que sean un acicate para crecer como persona. El famoso discurso de Steve Jobs en Stanford me sigue poniendo los pelos de punta.

Soy una persona curiosa compulsiva y por naturaleza. Siempre me he cuestionado muchas cosas y he tratado de encontrarle el sentido a casi todo lo que me pasaba. De pequeño debía prometer, por cuanto con 5 años mis vecinos mayores se reían de mi llamándome el "filósofo". Tal vez por ello siempre he estado en búsqueda permanente, incluso tratando de comprender quién era realmente yo. Nos cuesta reconocerlo, pero muchas veces somos nosotros mismos nuestros mayores desconocidos. No es fácil mirarse en el espejo y decirse las verdades del barquero (que diría aquel) a uno mismo. A ver, que tampoco se trata de machacarnos, que tenemos que ser también algo indulgentes con nosotros mismos, pero que nos cuesta salirnos de lo establecido, de lo que socialmente nos han vendido como valores, aún cuando sepamos en el fondo que nos esclavizan y no nos hacen más felices, pero que damos como buenos porque es lo que hay. No sé, pero a mi el dinero, el prestigio o el poder me importan un bledo. Me importa que los que me quieren estén ahí y poder dormir con la conciencia tranquila sabiendo que todos cometemos errores y que siempre será así.

Con todas mis contradicciones, con mis idas y venidas, por primera vez siento que empiezo a hallar respuestas, que voy teniendo claro lo que quiero ser, cómo quiero que sea el puzle de mi vida. Las piezas encajan y observo con ilusión que lo se esboza me gusta. Estoy disfrutando como un enano en el IESE, como llevo haciéndolo en la bodega desde hace mucho tiempo pese a las dificultades sufridas estos años. Amo lo que hago, mi trabajo y la gente con la que me rodeo, y aún me sigue emocionando comprobar cómo los afectos que he ido cultivando, los nuevos y los de siempre, me siguen desbordando con su cariño. Puede que muchos no lo sepáis, pero la mía es la mejor profesión del mundo. Como señalaba Clayton Christensen en su artículo “How will you Measure your Life?”, publicado en la Harvard Business Review, la Dirección de Empresas "es la profesión más noble si se lleva a cabo de la manera correcta. Ninguna otra ocupación ofrece tantas formas de ayudar a otras personas a aprender y a crecer, a asumir responsabilidades y ser reconocidas por sus logros y su contribución al éxito de un equipo”. Si te gustan las personas como a mi, tu sitio está en una empresa.

Me siento en un momento pletórico, agradecido a la vida y a Dios pese a las circunstancias tan difíciles que en el 2016 me tocó vivir, ideal para tomar decisiones y seguir avanzando, para ver cuál es el camino que me seguirá permitiendo crecer como persona. No es sólo una mera cuestión de autorrealización, sino que habita en mi una eterna una motivación trascendente: intentar poner mi minúsculo granito de arena para hacer de éste mundo un poco mejor. Y en estas, cuando menos me lo esperaba, cuando más lío tengo, me llegó la oportunidad que durante tantos años había estado esperando, la de poder ser Profesor Asociado en la Universidad Complutense. ¿Debo aceptar? ¿Puedo con ello en este momento de mi vida? ¿Por qué ahora y no hace unos años? La vida no deja de ser una toma de decisiones constantes que van configurando nuestro caminar. Hace algún tiempo tal vez hubiera pospuesto la decisión, pero como decía al principio las cosas vienen cuando vienen, no cuando uno quieren que le lleguen.  Hoy sé que no podemos dejar para más adelante el sacarle todo el jugo a la vida, por cuanto, como también comentaba en un post de hace algún tiempo, Horacio tenía razón con su Carpe Diem.

Como no podía ser de otra forma pero tras una profunda reflexión, voy hacia adelante. He dicho que sí. Me he preparado durante mucho tiempo para ello y sé que no hay retos demasiado grandes, sino falta de voluntad para acometerlos. De momento serán poquitas horas, por cuanto el Máster y el trabajo son mi prioridad en estos momentos, pero como en todo lo que me embarco, pondré todo mi corazón e ilusión para ayudar a que mis futuros alumnos crezcan sobre todo como personas. Y sin embargo, lo que más me emociona es recordar cómo inicié este camino hace ya muchos años. Casi 12, la verdad, cuando decidí hacer un doctorado. Recuerdo los peores momentos en bodega, cuando apenas tenía tiempo para avanzar. Cuando me cerraban puertas y me desanimaban respecto a la investigación que estaba llevando a cabo. Jesús, mi tutor, dijo el día de la defensa de mi tesis que lo mío había sido una constante carrera de obstáculos. Creo que mi principal mérito fue no haberme rendido nunca, pero hoy sé que todas aquellas dificultades me hicieron más fuerte, crecer como persona, ser más completo. También hoy cobran sentido todos los sinsabores profesionales y personales vividos, cuando casi, casi me ponia en plan Conde Duque de Olivares cuando se perdió Flandes, con una visión trágica de la vida. Sé que mis abuelos Mary, Chelo y Fernando, mi tía Josefina y Santi (que me dictaba datos en los veranos de Gandía), los cuales me vieron comenzar este camino perfectamente trazado y reflexionado, estarán felices por mi y disfrutando de mi felicidad, por cuanto saben lo mucho que siempre he peleado por este sueño. Una gran amiga me sugirió hace unos días, cuando le conté todo ésto, que lo rezara. Dios escribe derecho con renglones torcidos y si todo ésto me llega ahora, será para algo también.
 
No es la primera vez que me ocurre, pero estoy en la intersección y como siempre que hay que coger un camino, me invade una cierta sensación de vértigo. Sin embargo, asumo que el éxito es vivir la vida que uno quiere, conforme a unos valores y siendo feliz con lo que se hace. Técnicamente puede que esté en el ecuador de mi vida, pero como dijo el sacerdote en el funeral de mi primo Santi este verano, no es tan importante "cuánto" se vive, como el "cómo" se vive. Por mi parte que no quede Poquito a poco voy hallando respuestas y gestionando mejor mis miedos. Como diría Nacho Vegas, nuevos planes, idénticas estrategias: ser feliz.


Dedicado a todos y cada uno de mis profesores, desde el jardín de infancia hasta los actuales en el IESE. Si quiero ser profesor es también por todos ellos. Desde aquí les mando todo mi cariño, admiración y gratitud por todo lo que de ellos he recibido.

viernes, 6 de enero de 2017

Una Teoría para Europa



Algunas Ideas

Llevamos ya unos días inmersos en este 2017 que se presenta de lo más interesante. Los titulares avanzan dificultades para la vieja Europa, inmersa en una crisis económica que no parece tener fin y que no hace sino alimentar movimientos populistas que no soportan el más mínimo rigor económico (ni moral en muchos casos, sobre todo en los relacionados con la inmigración, cierres de fronteras y proteccionismos). Respecto a lo primero, no se trata de ideología, sino de ciencia. Y en cuanto a lo segundo, no es más que la constatación de que mucho de lo que nos pasa de un tiempo a esta parte tiene que ver con una carestía de valores sonrojante. Al otro lado del Atlántico las cosas no pintan mejor. EEUU, tradicional aliado Europeo, ha votado al populista por excelencia Donald Trump, cuyas extravagancias están por ver qué coste pueden tener a la recuperación de la economía mundial, así como sobre el nuevo equilibrio geopolítico global.

En el fondo lo que está pasando tiene su parte de lógica y responde a tres ideas que desde el año 2008 llevamos defendiendo en El Disparadero: una, que esta es una crisis que no tiene moraleja, por cuanto los malos siguen en sus puestos y en muchos casos tan tranquilos; segundo, que es una crisis asimétrica, por cuanto la factura de la crisis ha sido terrible para muchas familias, precisamente las más vulnerables, mientras que para otras ha sido más bien liviana;  y tercero, que la recuperación que a nivel Macro se percibe, aún no ha llegado a muchas personas a nivel micro, bosquejando de esta forma un nuevo escenario en el que la desigualdad comienza a asomarse de forma preocupante. El mensaje de que todo esto que está pasando es injusto cabrea al personal, pero sobre todo alimenta fantasmas peregrinos que creímos extintos en la vieja Europa, con forma de nacionalismos exacerbados o movimientos políticos extremistas por uno y otro lado. Que en Francia haya un partido con un notable apoyo en las encuestas que fomente el llamado “FREXIT” es cuanto menos significativo.

Siempre que aparecen tensiones de este tipo cabe la tentación de hablar de la ruptura del proyecto europeo y en el panorama sombrío que afronta nuestro viejo continente. A este respecto tengo dos intuiciones, una buena y una mala. Comienzo por la segunda, para dejar un buen sabor de boca: Europa seguirá pasándolo mal durante los próximos meses, incluso años. En cuanto a la primera, la certeza histórica de que Europa siempre ha sido capaz de levantarse, incluso contra todo pronóstico, desde la caída del Imperio Romano hasta las Guerras Mundiales. ¿Qué necesita Europa para salir de esta espiral y volver a la senda de la creación de riqueza?

1)      Redefinir su modelo económico: La economía, conceptualmente, es sencilla. Para generar riqueza hay dos posibilidades: una, utilizar más recursos (humanos y materiales) en el sistema productivo; y dos, utilizar los mismos recursos pero de mejor  manera, de tal forma que produzcan más. En Europa nos encontramos con una población envejecida, una productividad que va a la baja y un estado de bienestar que, precisamente por lo primero, cada vez es más caro de mantener. Para financiarlo se está exprimiendo cada vez a un sector privado que no está para muchas alegrías, incluso se podría decir que no puede más.  Tenemos menos recursos, y la única manera de paliar esta realidad ha sido a través de la inmigración, pero encima, los recursos que tenemos en muchos países cada vez producen menos, como ocurrió en España durante el período 2001 – 2007 pese al avance espectacular del PIB. Y aunque en nuestro país dicha productividad comenzase a repuntar a partir de 2008, no ha pasado lo mismo en otros países como Alemania o Italia, por ejemplo.

¿Qué sabemos acerca de la productividad? Una, que es mayor en la industria que en el sector servicios. Dos, que cuanto más grandes son las empresas, mayor es la productividad. Y tres, que está muy vinculada a la educación y a la formación de las personas.

El mundo globalizado está yendo hacia una dualidad apabullante: o compites en valor añadido, o lo haces en coste. El drama del capitalismo europeo es que ha optado por lo segundo y no ha hallado más respuesta que el recorte del gasto y no una apuesta firme por lo primero.  Europa necesita reindustrializarse, fomentar el crecimiento de sus empresas y, sobre todo, apostar por una educación de calidad. Para ello hacen falta universidades de primer nivel que cooperen con las empresas y atraigan talento de todo el mundo, que fomenten el I+D+i y que a medio plazo creen hubs de valor añadido dentro de las fronteras de la UE.

Cuando decides competir en costes te encuentras con la paradoja de que el que está dispuesto a trabajar por menos es el que manda. Personalmente me impacta cada vez que vuelo a Asia y paro en los Emiratos Árabes, como a las 3 de la madrugada locales todas las tiendas del aeropuerto están abiertas, todo el mundo está trabajando y nadie pregunta por sus horarios. Y si vas a China, directamente alucinas cuando te enteras las horas que trabaja la gente, los poquísimos días de vacaciones y descanso semanal que tienen y las escasas  prestaciones sociales que reciben.

Nada más lejos de la realidad que fomentar estos modelos. No son los que quiero para mí, desde luego, pero sí que invitan a una reflexión: esta gente está dispuesta a trabajar por nada porque no tiene otras expectativas en la vida. Percibe que hace unos años no tenía calefacción en casa, no tenía televisión y se las veía y las deseaba a veces para comer más de una vez al día y ahora sí, y que todo ello es fruto de su esfeurzo. Si Europa decide competir en coste, esto es lo que nos espera, por duro que suene.

2)      Recuperar su escala de valores: Europa siempre ha tenido una gran base cristiana, con sólidos principios morales, por muchas guerras y barbaridades que durante siglos se hayan cometido. Ello ha hecho que en Europa valores como la familia, el trabajo, la solidaridad, la actitud de servicio, la honradez o el esfuerzo hayan calado muy hondo de forma atemporal. Había una visión humanista de la economía que ponía en el centro a las personas que hoy se ha perdido y de la que se derivaba el estado del bienestar. Por el contrario, afrontamos un escenario diametralmente diferente.  Tenemos un refrito cultural e ideológico, en parte fruto de la globalización y de las corrientes migratorias consecuencia de ésta, pero sobre todo de la falta de referentes, y ello ha metido a Europa en un callejón de difícil salida.

No se trata de volver a un nacional – catolicismo como el que vivió España durante la dictadura. Tampoco de obligar a nadie a creer, por cuanto la fe no deja de ser un don que se puede tener o no, pero sí de apostar por unos valores que son intrínsecamente buenos y que son los que han permitido a Europa pasar de las Guerras a la construcción de un proyecto común. Hablo de la solidaridad entre los pueblos, del perdón y de la reconciliación, de la cultura de esfuerzo, de la honradez y la dignidad de las personas, la de la visión humanista del mundo y de la economía, la que da importancia a la familia y a su papel como constructora de la sociedad, o la de que pone a la moral y a la ética en el centro de sus decisiones.

El sector privado siempre genera más riqueza que el público a largo plazo, sin embargo,  el problema del mercado puro y duro es que no nos dice nada acerca de cómo se debe repartir esa riqueza, y como éste no es perfecto y está lleno de asimetrías, al final siempre hay quién saca provecho de tales situaciones llevando a las sociedades a equilibrios ineficientes, dónde no siempre se alinean crecimiento económico y bienestar social. Se supone que los gobiernos deben actuar para tratar de arreglar estos desbarajustes, pero la realidad no es esa precisamente. Hoy sabemos que los mercados financieros van por un lado y la economía real muchas veces va por otro y que ello da lugar a una sociedad que tiende a irse polarizando irremisiblemente entre pobres y ricos, con una clase media que últimamente no deja de menguar. Esto no es un problema del capitalismo, lo es de las personas y de sus valores. De los que corrompen y se dejan corromper, de los que no legislan para luego terminar de consejeros en alguna empresa de los oligopolios que aún quedan en Europa. De los que rescatan bancos y permiten que éstos luego desahucien a familias. De los que actúan de forma poco o nada ética y de los que legislando han permitido que la norma legal se aleje de la norma moral. Y cuando el crecimiento económico tiende a desligarse del progreso social y moral, las sociedades colapsan. ¿A alguno le suena esta historia?

Pero cuando apuntaba antes a que ésta era una crisis de valores, no sólo hacía alusión a nuestros dirigentes, sino también a las personas. Exigimos derechos pero obviamos nuestras obligaciones. De ésta sólo se sale trabajando más y mejor, porque a largo plazo tendremos los estados de bienestar que nos podamos permitir y ello estará directamente relacionado con la productividad.

3)      Más Europa: El proyecto Europeo requiere, además de una moneda única, un proyecto económico comunitario, con una política fiscal común y una serie de iniciativas que lejos de volver a aupar el proteccionismo y cerrar fronteras, fomente que los ciudadanos sientan más cercano el proyecto de la UE y no lo vean como un ente abstracto ubicado en Bruselas. Porque unidos nos irá mejor y porque, sobre todo, nunca antes en toda la historia y pese a todo lo que nos ha pasado, Europa ha gozado de un período tan largo de paz (dejando al margen la guerra de los Balcanes) ni de tanta prosperidad como el que se ha generado desde que un buen día alguien pensó que era una buena idea el acuerdo de la CECA que luego dio lugar al Mercado Común, a la Comunidad Europea y ahora a la llamada Unión Europea.

Este post podría alargarse hasta el infinito. Dentro de los tres puntos hay mil iniciativas concretas necesarias para que Europa deje atrás esta crisis que parece interminable. Pero hoy es el día de Reyes y no quiero que a nadie se le amargue el roscón. El futuro, al final, depende de nosotros. Escribamos el mejor guión posible. Yo creo en Europa. Pese a todo.

¡Feliz Epifanía!