viernes, 26 de abril de 2013

Economía - España, 6.202.700 parados después

Algunos Apuntes

Esta mañana hemos sabido los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), la cual reflejaba un panorama desolador: Ni más ni menos que 6.202.700 personas se encuentran actualmente en paro. Escalofriante. Si bajamos a los porcentajes, esto significa que el 27% de la población activa busca empleo y no lo encuentra. Que el 57% de nuestros jóvenes, esa generación más preparada de nuestra historia, sigue teniendo las puertas del mercado laboral cerradas a cal y canto. Y que, realmente, estamos ante una situación dantesca.

Igual de preocupado que estas cifras, me han dejado las declaraciones de políticos, sindicatos y miembros destacados de la UE, como el señor Oli Rehn. Para oposición y sindicatos estamos ante un problema derivado únicamente, o al menos en gran medida, por la reforma laboral llevada a cabo por el gobierno hace un año. Para el gobierno estos datos no nos deben hacer perder la perspectiva de que las cosas comienzan a ir mejor. Y desde Bruselas se nos insiste en que no hay más remedio que seguir recortando.

Aléjemonos de populismos y centrémonos en el análisis un poco más objetivo, dejando de lado tendencias políticas. Lo primero que hay que decir es que se sigue destruyendo empleo porque la coyuntura es horrible. España ha atravesado, durante el 2012 y este primer trimestre del 2013, tal vez la fase más dura de la crisis. Es cierto que en el año 2009 el PIB cayó de una forma mucho más notable, pero también lo es que por aquel momento los gobiernos tenían capacidad para introducir estímulos fiscales, que tanto familias como empresas tenían sus reservas, y que los bancos, dando patadas hacia adelante, todavía soltaban algo de liquidez gracias a las inyecciones del BCE fundamentalmente.  La realidad es que hoy estamos mucho peor que hace 4 años.

Europa vive inmersa en un círculo vicioso de muy difícil salida. La consolidación fiscal para países como España o Italia es inevitable. El problema del déficit público, para que nos entendamos y contado de una forma muy sencilla, es que, cuando se produce, el estado no tiene dinero para pagar sus facturas, sus nóminas y sus gastos corrientes. Ni siquiera para devolver el dinero que debe. Para cuadrar sus cuentas recurre al endeudamiento. Y éste comienza a ser un problema cuando los que te prestan dinero perciben que existe un riesgo real de que no puedas atender los vencimientos de tus compromisos con ellos. En un primer lugar, te piden un mayor interés, pero luego te puede pasar como a Grecia, Irlanda o Portugal, que no encuentres quien te preste y que el estado vaya a la quiebra. La capacidad de pago de la deuda de un país se mide en relación a su PIB. España, gracias a varios años de enormes déficits públicos y a una recesión que se alarga y no parece tener fin, ya tiene una deuda pública que está por encima del 80% del mismo, lo que le acerca a la zona de peligro. Encima, como el PIB se reduce al estar inmersos de una recesión, nuestro riesgo de impago se eleva paulatinamente. 

Aunque lo dicho anteriormente sea cierto, también lo es, y así se ha dicho en este blog en reiteradas ocasiones, que una política de austeridad tan dura en un contexto tan complicado como el actual, es someter al enfermo a unas sesiones de quimioterapia salvajes. Por el camino, el enfermo puede morirse al no poder superar un tratamiento tan duro. Lo que ha hecho España durante el año 2012 realmente no tiene precedentes históricos. O al menos yo no los conozco. Dejando de lado el rescate de la banca, en medio de una recesión tan profunda, el haber sido capaz de bajar de un 9,4% de déficit público a un 7% es meritorio y denota una voluntad firme por parte de nuestro país por hacer sostenibles sus cuentas públicas. El problema es que el paciente se nos está muriendo por el camino. Los más de 6 millones de parados son el mejor ejemplo.

La subida del paro implica que el estado tiene que aumentar los subsidios por desempleo, que las bases imponibles del IRPF se reduzcan, incluso las del IVA, al seguir aminorándose la renta disponible de las familias. Además, al bajar el gasto público, las actividad económica se contrae, lo que redunda en las empresas (que también ven cómo se aminora sus beneficios y con ellos base imponible del impuesto de sociedades), de tal forma que se da la paradoja de que puede llegar un punto en que el estado, al seguir con los recortes, vea cómo su déficit público no sólo no baje, sino que aumente, por cuanto la caída de ingresos supere a la bajada de los gastos (menos los aumentos de las transferencias por el auge del paro).

Pero el problema es aún mayor. Cuando un país ve como su prima de riesgo sube y sube, o se mantiene en 300 puntos básicos (que ahora lo consideramos un éxito, pero que es una barbaridad), a las empresas de dicho país les resulta mucho más caro financiarse. Así nuestra banca, los póquísimos créditos que da, o las refinanciaciones que ahora saca adelante, lo hace con diferenciales de Euribor + 5 ó +6, frente a los tipos inusualmente bajos que pagan los alemanes, por ejemplo. Ello hace que las compañías sigan destruyendo empleo, por cuanto la actividad económica baja, pero se ven incapaces de tener un mínimo revolving para llevar a cabo su actividad. Dejemos de lado las multinacionales, que son pocas y hacen mucho ruido, y centrémonos en las PYMES. No es verdad que estas compañías hayan aprovechado la reforma laboral para hacer limpia. La mayoría de despidos por cuestiones económicas los gana el trabajador, lo que de facto sigue suponiendo una indemnización por despido más alta que en el resto de Europa. El carácter tuitivo de nuestro derecho laboral sigue siendo muy marcado y las estadísticas son públicas. La realidad es que la mayoría están con respiración asistida y si siguen destruyendo empleo es porque realmente no pueden más.

La presión fiscal a la que están siendo sometidas las PYMES, la agresividad de la propia administración con ellas, aún cuando demuestren que tienen voluntad de pagar sus impuestos y hacer bien las cosas, el cierre del crédito hasta límites esquizofrénicos (como no anticipar una factura del estado de Canadá para cobrarse un préstamo, caso verídico), está matando al tejido empresarial de este país. Y son las PYMES las que pueden generar empleo estable y de calidad, no nos engañemos.

Se decía el lunes que parecía muy probable que Europa nos diera dos años más para cumplir con los objetivos de déficit al reconocer los esfuerzos de países como España o Portugal, pero sobre todo porque reconocían haber fallado en la estimación del multiplicador del gasto público. Para que me entendáis, esto significa lo siguiente: si cada euro que recorta el estado, supone una caída de la actividad económica de 1 euro, entonces el multiplicador es 1. Si por el contrario la caída fuera de 2 euros, entonces el multiplicador sería 2. Europa ha reconocido por fin que erró en sus cálculos, y que el deterioro ha sido mucho mayor del pensado. Si así fuera, España recibiría un auténtico balón de oxígeno que debería aprovechar bien.

Sin ser gestor de lo público, a mi se me ocurren algunas cosas que se podrían hacer. Por ejemplo bajar el IVA del turismo y de la cultura, a la par que se reducen las subvenciones (está estudiadísimo que el impacto de la subida de un tributo es mucho mayor sobre la actividad económica que la retirada de una subvención. Ahí está la ley de Laffer). Bajaría el IRPF, le quitaría grasa a la administración (Sr. Rajoy, lleva usted ya un año y medio anunciando una reforma que nunca llega), le metería mano al mercado de la energía (¡no podemos permitirnos tener la más cara de Europa!), al de las telecomunicaciones y a algunos del resto de oligopolios que aún nos quedan. En paralelo reduciría el gasto público en aquello que realmente es superfluo e invertiría en educación. Sobre todo en ella. Apoyaría a la marca España, buscaría la forma de fomentar las exportaciones y las asociaciones entre empresas para que ganen masa crítica y puedan salir más allá de nuestras fronteras. Algo que favorezca el crecimiento, que permita reducir el déficit sin seguir metiendo sesiones de quimioterapia al enfermo.

De paso me armaría de valor para ir a Bruselas a decir que esto que está pasando es una gran injusticia. Que muchos de nuestros problemas vinieron dados por el Banco Central Europeo que fomentó una política monetaria expansiva que no le convenía a España a principios de este siglo (y que siempre contó con el voto en contra de nuestro representante en dicho órgano). Que nuestra burbuja la financiaron nuestros bancos con una falta de control lamentable, pero que la misma falta de rigor que les achacan, la tuvieron los bancos europeos, que prestaron el dinero con una alegría inusitada a nuestro sistema financiero (y ganaron mucho dinero con ello, por cierto), y que por lo tanto es inmoral cómo se está repartiendo la factura de esta crisis. 

Que nadie se me asuste. No valgo para político y es posible que mucho de lo que haya apuntado ni siquiera sea posible llevar a cabo, o que agrave la situación. Y lo digo con total humildad, sin un sólo ápice de falsa modestia. Me queda el consuelo de que los mercados siempre se terminan ajustando a pesar de nuestros políticos. Keynes decía que dicho ajuste era insoportable para la ciudadanía. Visto lo visto, quiero creer que no nos puede quedar tanto para que el ciclo comience a cambiar. A pesar de los que nos han venido gobernando de un tiempo a esta parte. Eso sí, 6.202.700 parados después. Tremendo

viernes, 19 de abril de 2013

Economía - Por qué es necesaria la Responsabilidad Social de las Empresas (III)

El Business Case

Decía Milton Friedman que la única Responsablidad Social de la Empresa era maximizar sus beneficios para sus accionistas, confiando ciegamente en que la "mano invisible" del mercado hiciera bien su trabajo y en su conjunto se beneficiara también toda la sociedad. Pero Friedman iba un poco más allá. De alguna manera pensaba, y esta es una interpretación mía, que había algo de inmoral en todo lo que rodea a la RSC. Si una compañía llevaba a cabo algún tipo de acción social y esta iba contra parte de los resultados de la organización, Friedman creía que se estaba haciendo a costa de los accionistas. Si ello tenía una repercusión en el salario, la iniciativa se hacía a costa de los empleados. Y si se repercutía en el precio final, en este caso eran los propios clientes los que sufragan la iniciativa en cuestión. Para Friedman, la RSC sólo podía tener sentido si con ello la empresa veía cómo mejoraban sus resultados. ¿Y si así fuera? ¿Y si la empresa resultara ser más competitiva gracias a sus iniciativas sociales y medio ambientales? Algo se apuntó en este blog al hablar de la  llamada "paradoja de Friedman". Podría ocurrir que aquellas empresas más orientadas a la sociedad, fuera también más rentables para sus accionistas.

Bajo la visión del Business Case tienen cabida todos aquellos argumentos que tratan de demostrar de que la RSC se trata, en definitiva, de un juego "win - win", en el que se ven beneficiados tantos los accionistas, como la sociedad y el resto de stakeholders en virtud de los vínculos existentes o potenciales que se desarrollan entre la compañía y sus grupos de interés al integrar en la gestión, además de las cuestiones económicas, las sociales y medioambientales. Desde un punto de vista teórico pinta bien pero, ¿qué nos dicen los números?

Comencemos analizando la relación entre las iniciativas de RSC y los Accionistas. De un tiempo a esta parte se han desarrollado y han ido ganando en importancia las llamadas "Inversiones Socialmente Responsables", las cuales incluyen criterios sociales y medioambientales además de los intrínsicamente financieros a la hora de elegir una cartera. Su desarrollo ha sido tan importante, que los principales selectivos mundiales han desarrollado a la par índices de sostenibilidad. Así por ejemplo al amparo del Dow Jones se ha creado el Dow Jones Sustainability Index, al del FTSE se ha creado el FTSE 4 Good, o al del Standard & Poor´s 500, el Domini 400. Dado que el nicho de inversores socialmente responsables crece, las empresas luchan por cotizar en estos índices y conseguir esa financiación en los mercados, lo cual ya supone de por sí una ventaja competitiva importante.

Pero la cuestión va más allá. En 1.999, el Social Investment Forum de EEUU, descubrió que el 70% de los fondos éticos de inversión de los EEUU obtuvieron un mejor resultado que la media del mercado. En e período 1.990 - 1.998, el índice Domini 400, obtuvo un retorno del 442% frente al 365.6% del Standard & Poor´s 500. La inmensa mayoría de estudios llevados a cabo, además, ha concluido que aquellas inversiones vinculadas a fondos éticos suelen gozar de una menor volatilidad y un menor riesgo que el de la media del mercado. Se debe matizar, no obstante, que en este tipo de índices cotizan empresas muy importantes, de tal forma que existe también un cierto sesgo que se debe tener en cuenta, pero se puede concluir también que aquellas empresas que apuestan por la RSC, lejos de perjudicar al accionista, parece incluso que le pueden beneficiar.

La relación entre RSC y la gestión de proveedores es compleja, por cuanto las compañías del siglo XXI afrontan un escenario global, con una cadena de valor internacionalizada y no siempre fácilmente controlable. En cualquier caso, sí que es sabido que la inclusión de criterios éticos, sociales y medio ambientales a la hora de elegir un partner, reduce los riesgos de sufrir un escándalo que pudiera perjudicar a la imagen de la compañía. Nike puede dar buena fe de ello. Pero las ventajas de una gestión integrada de las relaciones con los proveedores también se pueden apreciar en menores incidencias en la producción, menores costes de transacción (al proyectarse las relaciones a largo plazo) y una mayor flexibilidad, así como capacidad de adaptación al mercado.

Una estrategia de RSC también tiene su impacto sobre el tercer sector y los medios de comunicación. A través de ambos una compañía puede mejorar su legitimidad dentro del entorno en el que compite. De alguna forma ayudan a la empresa a orientarse hacia la sociedad.

Pero el verdadero quid de la cuestión radica en el papel que la RSC juega con dos grupos de interés clave como son los empleados y los clientes. A partir de aquí entra en juego también un aspecto fundamental, que es el de la reputación.

Si algo han demostrado todos los estudios hasta la fecha, es que las iniciativas de RSC impactan sobre la reputación corporativa de una compañía. De esta forma la empresa ve cómo mejora la forma en la que es percibida por sus grupos de interés. Por lo general, cuando un compañía goza de una buena reputación, atrae talento, suele gozar de mayores niveles de satisfacción entre sus clientes e incluso atrae también inversores.

En lo que respecta a los trabajadores, se ha demostrado que no sólo sirve para atraer a los mejores y más habilidosos, sino que la rotación de la plantilla suele ser menor y los empleados se encuentran por lo general más satisfechos. Aunque está claro que todos trabajamos por dinero, cuando los vínculos son también emocionales parece evidente que es más difícil que se rompan. Vivimos en la economía del coocimiento y la captación y la retención del talento juegan un papel primordial.

La relación de la RSC con los clientes es ciertamente más compleja. Por lo general, todos los estudios demuestran que este tipo de iniciativas favorecen (bajo ciertas circunstancias) la percepción del consumidor hacia la empresa, pero otra cosa es la actitud, o mejor dicho, si esa mejor percepción se traduce luego en una acción de compra. Y ahí los resultados son contradictorios. En primer lugar, porque existe un sesgo llamado "desirability bias", según el cual, todos tendemos a responder lo que resulta políticamente correcto. ¿Quién no diría que sí que comprará productos de comercio justo, por ejemplo, aunque éstos sean más caros? Pero ahora bien, a la hora de la verdad, ¿quién lo hace? Recuerda un poco a lo de los Documentales de la 2 y la audiencia real de los mismos.

Por lo general se sabe que el consumidor no está dispuesto a hacer sacrificios ni en precio ni en calidad, y que sólo en igualdad de condiciones, se decanta por el producto de una compañía socialmente responsable. Ahora bien, existen también algunos efectos que se deben tener en cuenta. Por ejemplo, si el cliente percibe que el comportamiento de la compañía no es oportunista, está alineado con su negocio y además coincide de alguna forma con los valores del propio consumidor, entonces se produce una identificación emocional que potencia los resultados de la acción de RSC.

Dado que medir el impacto directo de las iniciativas de RSC sobre la compra real por parte de un cliente no resulta sencillo, el punto clave resulta en saber cómo incide en la satisfacción, ya que a través de la misma se pueden inferir futuras compras e incluso una labor de prescripción por parte del consumidor. En ese sentido conviene introducir brevemente el concepto de satisfacción desde el punto de vista psicológico y de marketing.

La satisfacción no deja de ser un estado mental consecuencia de la diferencia entre las expectativas previas y el resultado real de un producto o servicio. En la formación de las expectativas previas incide la publicidad, los comentarios de amigos y / o prescriptores, las experiencias previas, etc. Pero en el contexto evaluativo incide también la reputación, ya que ésta influye en las actitudes previas de las personas hacia los productos de una compañía. De alguna forma nos predispone (positiva o negativamente), así como favorece o no nuestra identificación con una compañía, la cual se puede reforzar a través de las diferentes iniciativas de RSC. Por todo ello se ha podido demostrar que la RSC incide en la satisfacción del consumidor. En paralelo, se sabe que los clientes tienden a percibir mayor valor añadido en un producto realizado por una compañía socialmente responsable que por otra que no lo es. En ese aspecto, la reputación de la compañía refuerza la calidad percibida.

La relación entre satisfacción del consumidor y mayores flujos de caja positivos en una compañía es también sabida y demostrada en múltiples estudios. Es por ello que la mayoría de análisis sugieren una relación positva entre RSC, Satisfacción del Consumidor e incluso valor de mercado vía flujos de caja, si bien es cierto que muchos adolecen de una limitación: utilizan medidas reputacionales para medir la RSC. Mientras que las primeras son de percepción (cómo se ve a la empresa) las segundas son de performance (qué hace realmente la compañía).

Mi tesis doctoral está tratando de analizar precisamente el impacto de la RSC (desde un punto de vista de performance) sobre el valor de mercado de una compañía a través de la Reputación y la Satisfacción del Consumidor. Por lo pronto los primeros resultados son esperanzadores. Yo llegué a este estudio por convicciones morales, pero nada me gustaría más que dar argumentos utilitaristas a los incrédulos. O lo que es lo mismo, que la paradoja de Friedman se revele como cierta. ¿Os imaginais?

viernes, 12 de abril de 2013

Economía - Por qué es Necesaria la Responsabilidad Social de las Empresas (II)

El Economy Case

Además de los argumentos morales explicados en el anterior post, existe un prisma macroeconómico según el cual la llamada Responsabilidad Social Corporativa tiene también un impacto positivo sobre la economía en su conjunto. Dicha visión es la del Economy Case y defiende que, al integrar en el desempeño corporativo cuestiones medio ambientales y sociales ademas de la económica, las externalidades de los mercados (las cuales se explicaron en otro post hace unas semanas) son menores, dando lugar a un equilibrio económico más eficiente. 

Se parte de la premisa de que, el coste que la empresa traslada a la sociedad vía las ineficiencias del mercado (externalidades), siempre supone una pérdida mayor que los beneficios que obtiene la compañía que los genera. De esta forma, se ven perjudicados todos los grupos de interés, especialmente la sociedad en su conjunto, pero también los accionistas, los cuales, vistos como inversores universales, terminan también soportando los costes generados por las externalidades resultando, como apunta la profesora De la Cuesta, una pérdida neta para éstos. Pero rebajemos un poco el marco teórico para entender, con efectos prácticos, qué significa el llamado Economy Case.

Pensemos por un momento en la actual coyuntura. Vivimos en un escenario económico global, dónde las empresas, como también se ha explicado en este blog, pueden hacer y deshacer con menor control que nunca, puesto que los gobiernos nacionales se ven incapaces para marcar las reglas del juego. Mayor libertad, como también se ha argumentado, exige mayor responsabilidad, porque también sabemos que, y esta es una de las pocas verdades económicas universales absolutas, que el binomio rendimiento riesgo se cumple siempre.

Desde la caída de Lehman Brothers hemos asistido a toda una colección de desmanes, comporamientos inmorales y barbaridades varias que han llevado a cabo muchas de las personas que dirigían importantes entidades financieras, bancos de inversión y compañías vinculadas al sector inmobiliario de medio mundo. Todo ello sin querer citar a los políticos, que en esta ocasión no vienen al caso. El excesivo riesgo asumido por todos ellos derivó en una crisis global cuyo coste ha superado con mucho las ganancias de aquellas empresas. Pensemos en los recortes del estado de bienestar, la pérdida del puesto de trabajo de millones de personas en todo el mundo, el daño causado a múltiples ahorradores. 

Pero ello no ha quedado ahí. Valoremos ahora las empresas que han quebrado, los bancos que han sido nacionalizados, las compañías que apenas sobreviven. Los accionistas de estas entidades también han visto cómo ellos mismos han sido arrastrados por una corriente de números rojos que les ha llevado a asumir una pérdida neta. Y si entramos en la multidimensionalidad del stakeholder (esto es, además de accionistas, son miembros de una sociedad que ha visto como parte de su riqueza se ha destruido), comprenderemos que el impacto es todavía mayor.

Valoremos ahora el aspecto medioambiental. Aunque es cierto que existen informes que señalan que el calentamiento global es algo menor del previsto en los primeros análisis, también lo es que al incremento de las temperaturas (que realmente sí que se está dando) se le han puesto números. Ahí está el interesantísimo informe Stern elaborado por el gobierno de Tony Blair allá por el año 2005. Como se apunta en el mismo, si las temperaturas aumentasen entre 2 y 3 grados, por ejemplo,  se estima que el 16,5% de la población mundial podría ver amenazado su suministro de agua potable, sobre todo en el sudeste asiático.

Ante ese mismo incremento, en dicho informe se preveían caídas en los rendimientos de las cosechas, sobre todo en África, que podrían poner en peligro la subsistencia de cientos de millones de personas que se quedarían sin posibilidad de producir alimentos. Si las temperaturas ascendieran hasta 4 grados centígrados, el suministro mundial de alimentos se podría ver afectado y enfermedades como el dengue o la malaria podrían hacerse más prevelentes. Se estima, además, que 200 millones de personas podrían verse desplazadas de forma permanente debido a las inundaciones, sequías y hambrunas.

Con un incremento térmico de entre 2 y 3 grados centígrados, se estima que podrían desaparecer hasta el 40% de las especies animales, así como que podría aumentar la acidez de los océanos como consecuencia directa del aumento de concentración del anhídrido carbónico, poniendo en peligro los ecosistemas marinos. Se estima que un aumento de 5 grados centígrados podría tener un coste de entre un 5 y un 10% del PIB de los países desarrollados. Pensemos que la ola de calor del año 2003 le supuso a Europa la muerte de 35.000 personas y un coste de 15.000 millones de euros

Está claro que el calentamiento global no es una cuestión que se deba sólo a la acción de las empresas, pero sí es cierto que ellas están detrás de buena parte de las emisiones a nivel global y que pueden tomar medidas que limiten y reduzcan la demanda de bienes y servicios intensivos en emisiones, mejorar la eficiencia de procesos y productos, prevenir la deforestación, usar tenologías más bajas en cuanto a emisiones de carbono se refiere para calefacción, alumbrado y / o transporte, así como fomentar el uso de energías renovables o el reciclaje. El informe Stern estimaba la inversión para la transición hacia una economía "verde" en un 1% del PIB mundial.

Más allá del calentamiento global, cada vez son mayores los casos de enfermedades y muertes como consecuencia de la contaminación en las grandes ciudades, lo que también tiene implicaciones en cuestiones tales como la productividad o coste sanitario para las administraciones públicas, lo que limita por otro lado posibilidades de crecimiento económico.

Por último pensemos en el impacto social de la actividad de una compañía. Como también se expuso en este blog, la correlación entre formación de capital humano y la renta per cápita, indicador importante para determinar la riqueza de un país, es positiva y evidente. Cuando las empresas fomentan el trabajo infantil en determinados países, están condenando a los mismos, con la connivencia de sus gobernantes, a generaciones enteras de miseria. El desarrollo social es clave para el desarrollo económico. Una sociedad próspera que tenga una distribución de la riqueza lo más simétrica posible favorecerá también el éxito empresarial. En ese aspecto políticas corporativas que favorezcan la igualdad, la no discriminación y la gestión de la diversidad, también benefician a la economía en su conjunto, por cuanto fomentan el talento. El mejor ejemplo en este sentido es el de EEUU.

En este apartado también tienen cabida las acciones de filantropía corporativa, con las cuáles he sido crítico también en ocasiones. Una apuesta de un empresa por un comedor social en un país en vías de desarrollo, o su involucración en proyectos sociales en aquellos lugares dónde se ubique, repercute positivamente en la economía del lugar, lo que indirectamente también debería favorecer a la compañía.

Por último pensemos en los códigos éticos. Cuando una empresa fomenta y participa en un sistema corrupto, el equilibrio eficiente es imposible, lo que repercute a su vez en el potencial de crecimiento de una economía. Tenemos ejemplos clarísimos en nuestro país. Ya no sólo es que rompen el equilibrio, es que evitan que los gobiernos lleven a cabo su labor de fijar las reglas del juego. Los casos de los ERES falsos, la trama Gürtel, los escándalos en los consejos de las cajas de ahorro, las ITV en Cataluña, el dinero en paraísos fiscales de los Pujol, Bárcenas y compañía, y así un largo etcétera, ha servido para detraer dinero de las arcas públicas con tal de favorecer los intereses de unos pocos en un escenario en el que el gasto público se bate en retirada ante el flagrante déficit de nuestra economía. Las administraciones públicas no deben ser ajenas a comportamientos de responsabilidad social.

Si estos argumentos no terminan de convencer a los escépticos, anticipo que tenemos más. El siguiente post hablará del "business case", es decir, los beneficios directos que pueden obtener las empresas gracias a sus acciones de RSC.
 




sábado, 6 de abril de 2013

Economía - Por qué es Necesaria la Responsabilidad Social de las Empresas (I)

Argumentos Morales

Encontrándome como me encuentro en la recta final de mi tesis doctoral, ya escribiendo la misma mientras en paralelo vamos viendo algunos resultados del modelo planteado, estoy en un momento en el que este blog se está convirtiendo en un auténtico laboratorio de ideas (finalidad para la que fue concebido originalmente), de cara a pulir determinados argumentos que dan pie a las hipótesis que estoy analizando. Es por ello por lo que es posible que en las próximas semanas aparezcan más post del estilo del de hace unos días o cómo este mismo. ¡Espero que mis "líos" mentales os sean de utilidad a todos aquellos que me seguís!

Apuntaba hace una semana que Milton Friedman, máximo defensor del libre mercado y del menor intervencionismo posible del estado en el sistema económico, esgrimía que los dos únicos límites a la actividad empresarial eran la ley y la ética. En el fondo sus argumentos, desde un punto de vista aséptico, en un mundo perfecto, tanto como debiera ser el mercado en el que tanto creía Friedman para que la llamada "mano invisible" funcionase, tienen todo el sentido.

Remontémonos al manido "contrato social". Simplificando y yendo al grano, el asunto consiste en que los gobiernos legislan, o al menos así debieran hacerlo, conforme a un conjunto de normas, creencias y valores morales que la colectividad que los ha elegido consideran como propias o comunes. No soy experto en filosofía del derecho, pero desde un prisma purista, las leyes debieran ajustarse en la medida de lo posible a la norma moral. Sólo bajo esa premisa se puede desarrollar un sistema jurídico "justo" que no sólo sea legal, sino que a la par sea legítimo. Muchas veces se obvia la diferencia. Pongamos un ejemplo que resulta clarividente: imaginemos que en España un gobierno aprobara una ley que amparase el trabajo infantil. Aquello sería legal, pero contaría con la oposición de una buena parte de la ciudadanía.

De un tiempo a esta parte, la ley se ha alejado de forma paulatina y permanente de la norma moral. Es cierto que hay cuestiones que no son tan evidentes como la que exponía acerca del trabajo infantil, pero lo cierto es que todos conocemos situaciones en las que determinadas normas, incluso sentencias, nos dejan a cuadros. Más allá de la mera opinión de cada uno, Bruselas nos ha dado un palo no hace tanto con la cuestión de la ley hipotecaria. Dejando al margen los debates referentes a la misma, hay una obviedad que nadie puede negar: ésta era asimétrica y permitía situaciones que no eran tolerables desde un punto de vista ético. Adecuarse solamente a la legislación vigente, no es garantía de un comportamiento legítimo y moral.

Pero, además, hoy las cosas son aún más complicadas. Hace apenas unos años, los gobiernos podían marcar las reglas del juego, porque la economía apenas estaba internacionalizada. En un entorno global como el actual, los organismos nacionales se ven incapaces de acotar el escenario mundial. Y ello lleva a continuas situaciones de doble moral y contradicciones permanentes. Imagino que a nadie se le ha olvidado el escándalo del Prestige. Aquel buque era monocasco. En EEUU no hubiera sido legal que navegase por sus aguas, ya que las normas se cambiaron tras el hundimiento del Exxon Valdez, pero sí lo era que lo hiciera por las aguas de la UE. La compañía propietaria del Prestige no estaba haciendo nada ilegal, pero los riesgos de aquel barco eran evidentes y sus dueños lo sabían. Su comportamiento no era moral.

Cuando empecé a investigar acerca de la RSC, allá por el año 2006, cayó en mis manos la memoria de RSC de la compañía una importante compañía textil española. Hoy puede que haya cambiado la misma, no lo sé, pero recuerdo que ésta afirmaba cumplir escrupulosamente con la legalidad, tanto ella como los talleres que formaba parte de su cadena de valor, en todos los lugares del mundo dónde llevaba a cabo su actividad. Bien, lo que no se explicaba es que, de acuerdo con EIRIS, en muchos de esos países son legales prácticas abusivas como aquellas permiten discriminar a la mujer, contratar a niños, prohibir el asociacionismo del trabajador o fomentar el trabajo forzoso. En muchos casos, tampoco hay salarios mínimos, ni existen unas garantías de salubridad y seguridad en el puesto de trabajo que sí están legisladas en la inmensa mayoría de los países de la OCDE. La deslocalización de las plantas está fomentando, como demostraba la Profesora Carmen Valor en un magnífico artículo llamado "What if all trade were fair trade?", una "carrera a la baja" de los derechos del trabajador en muchos de estos países para atraer a multinacionales. Tanto es así, que el parlamento danés aprobó hace años una enmienda por la cual se conminaba a todas sus empresas a comportarse conforme a las leyes danesas en aquellos países en las que no existiera un "derecho justo", esto es, aquel que respeta los derechos humanos más elementales. Como apuntaba antes, la ley se aleja de la norma moral a pasos agigantados.

El otro día también hablábamos de las externalidades y las señalábamos como fallos del propio mercado. En teoría les corresponde a los gobiernos actuar para aminorar las mismas y garantizar una cierta igualdad de oportunidades y redistribución de la renta. Pero, ¿qué ocurre cuándo el que tiene que marcar las reglas del juego tiene sus propios intereses? No se puede ser juez y parte. Y desgraciadamente, todos conocemos los casos de políticos de todo el mundo que después de salir del gobierno de turno, son fichados por multinacionales. En algunos casos incluso, y eso ya es el colmo, éstas ganan "concursos" relacionados con el puesto del ex político cuando formaba parte de alguna administración pública. Pero voy más allá. El caso de los ERE en Andalucía, la trama Gürtel, los papeles de Bárcenas o el caso "Filesa" en su día nos demuestran que de un tiempo a esta parte se nos han colado en las instituciones una especie de sanguijuelas capaces de montar un entramado cuyo único fin es la captación y reparto de rentas privadas bajo el amparo de lo público. Cuesta mucho creer, y es duro decirlo, que nuestros gobiernos no legislen conforme más a los intereses personales de quiénes forman parte del mismo que al bien común. O al menos, por ser un poco más suave, que pongan siempre a los primeros por delante de los segundos. Y así, el sistema no funciona.

Vamos con la ética. Ésta se caracteriza por "generalizar" lo que es bueno o malo para cualquier tipo de moral. Creo que el relativismo ha hecho muchísimo daño al comportamiento ético de las personas. Evidentemente no todo es blanco o negro, y es obvio que todo tiene un contexto o, al menos, unos atenuantes, pero me niego a pensar que todo sea relativo. Ello nos lleva a comportamientos paradójicos también de los agentes económicos provenientes de una especie de autoindulgencia derivada de lo anterior. Ahora resulta que el problema es de los mercados que son malísimos, cuando éstos llevan funcionando miles años, concretamente desde el mismo día que se inició el trueque. También resulta que ahora la actual crisis es culpa de Milton Friedman y de Ronald Reagan. Del primero por apostar por el libre mercado y del segundo por legislar en consecuencia. Lo que a mi no me cuadra es por qué ha estallado casi 30 años después. ¿No será que de un tiempo a esta parte lo que han variado son los valores de las personas y el uso que se hacen de las normas? El problema del relativismo es que reduce a la mínima expresión a la ética. No hay hueco para la universalidad de la moral, ya que todo tiene una validez subjetiva que depende de cada marco de referencia. Por eso no puedo estar más de acuerdo con aquellos que apuntan que vivimos una crisis de valores sin precedentes y que detrás del lío económico que tenemos hoy montado, subyace precisamente eso. Sufrimos la resaca de la borrachera maquiavélica del todo vale que ha guiado a los partícipes de nuestro sistema durante los últimos años.

Sí, vuelvo a ser duro, pero es que como explicaba en mi anterior post, bajo el mantra de la "maximización del beneficio" se ha considerado que nada era suficiente para alcanzar tal fin, obviando lo que Adam Smith pensaba, que el fundamento de la acción moral no se basaba en normas ni en ideas nacionales, sino en sentimientos universales comunes y propios de todos los seres humanos.Sin los mismos, no hay mano invisible, y sin ella sólo hay desequilibrios, desigualdades y una asimetría insoportable. Porque si algo nos ha enseñado la historia es que ningún sistema económico es sostenible si su desarrollo no lleva aparejado una mejora social. Hoy en día vemos cómo nuestro sistema financiero es rescatado con el dinero de todos, mientras algunos de sus directivos siguen cobrando una barbaridad en bonus y dietas. A la par, millones de persona están desempleadas y cientos de miles han perdido sus viviendas. Asumo que puede sonar demagógico tal y como está redactado, pero en el fondo sabemos que esa situación se está dando. El progreso de una sociedad también se tiene que medir en términos morales, no sólo económicos. Y si las sociedades no progresan, la prosperidad de las empresas será cuando menos complicada.

Hoy en día vivimos momentos convulsos. Los movimientos sociales nos recuerdan ver con mayor frecuencia que hace unos años que existe un creciente convencimiento de que el comportamiento de muchas de nuestras compañías, sobre todo las que operan a nivel global, dista mucho de ser legítimo aún cuando se ajuste al (precario) derecho de muchas naciones en vías de desarrollo. La empresa es un agente económico, pero también un agente social que debe comportarse conforme a unas normas y valores eticos y morales que debe ser de máximos, esto es, los que garanticen y fomenten en mayor medida los derechos humanos, sociales, medio ambientales de las generaciones actuales futuras.  Las empresas, las mismas que lideran el crecimiento económico, también pueden ser locomotoras del progreso moral. Además, hay argumentos económicos para ello. Pero eso lo dejo para el próximo post.