domingo, 6 de julio de 2014

Economía - España a Corto Plazo

Algunas Ideas

Esta semana hemos vuelto a conocer los datos del paro y éstos, como vienen siendo ya de un tiempo a esta parte, han vuelto a ser buenos, se miren como se miren. Baja el desempleo, suben los afiliados a la seguridad social y en términos desestacionalizados, la cosa también sigue mejorando. Luego hay matices, claro está. Todo hace entrever que los salarios siguen bajando y que el empleo que se crea es mayoritariamente precario, pero ello es coherente con los antecedentes: ninguna empresa sale de una crisis como la actual y se pone a contratar de forma indefinida. Pero ni en España ni en ningún país. No es lo deseable, estamos de acuerdo, pero al menos en este caso, de nuevo al menos los datos así lo hacen ver, la gente sigue encontrando trabajo cuando se les terminan sus contratos temporales. El mercado laboral está entrando en una fase de cierto dinamismo, y eso es muy importante.

Sin embargo, como siempre que se publican los datos del paro, las tertulias de la radio y del café, los debates con colegas y amigos, sacan a relucir la cuestión acerca de si realmente la economía se está recuperando. Y yo creo que sí, por cuanto llevo un tiempo defendiendo que la recuperación será la vuelta a la normalidad económica. Ocurre, me temo y como también he tratado de explicar, que ésta es mucho peor de lo que nos la habíamos imaginado. Y eso es duro. Porque nuestra realidad económica no es, lamentablemente, la de las comilonas, los grandes vinos, los Cayennes y demás cochazos que de un tiempo a esta parte circularon en nuestro país en virtud de una burbuja inmobiliaria de campeonato. Por mucho que duela, nuestra realidad es "pre burbuja", y ello tiene una serie de implicaciones, por cuanto el estallido del sector inmobiliario ha tenido efectos colaterales en familias, empresas y el propio estado, los cuales aún tardaremos en digerir.

Comenzando por las familias, no cabe la menor duda de que hoy son mucho más pobres que hace unos años. No ya sólo porque el paro sea elevadísimo, sino también porque cientos de miles de ellas se endeudaron por encima de lo razonable en el período 2002 - 2007 para comprar unos activos (viviendas) que hoy valen muchísimo menos. Aunque el proceso de desapalancamiento de las familias sea imparable, a corto plazo esta pérdida de riqueza se va a seguir traduciendo en un consumo famélico.

La destrucción de riqueza ha sido (y sigue siendo) terriblemente asimétrica. El paro no ha afectado a todos por igual, como es lógico, y es la gente con menor formación la que peor lo está pasando. Los recortes de gasto público, con especial hincapié en sanidad y educación, pero también en otras transferencias de capital, siempre inciden más en los que menos tienen, por cuánto éstos son los que más necesitan de aquellas. Las pocas familias que están viendo cómo su riqueza crece en estos tiempos tan convulsos, son las que tienen rendimientos del capital (esto es, las que pueden ahorrar) y está claro que éstas son las que menos mal lo están pasando, por cuanto pueden apartar una parte de sus ingresos para asegurarse el futuro. Lo que quiero explicar con este párrafo, es que en esa "vuelta a la normalidad", habrá gente que habrá empeorado su punto de partida.

La desigualdad y la situación de las familias en general, nos van a llevar a un punto "pre burbuja" de consumo, lo que redundará en una mayor presión en los precios. El problema es que las fabricas se dimensionaron en su día para atender una demanda que ya no va a volver, al menos en su parte doméstica. Ante esta tesitura, las empresas necesitarán exportar más, pero en una economía no basada en el conocimiento, que tampoco tiene demasiadas industrias generadoras de valor añadido,  terminas compitiendo fundamentalmente en precio, con el agravante de que el mercado global es aún más duro que el nacional, por cuanto participan todo tipo de agentes de todos los países. 

Ello, de nuevo, incidirá en una bajada de salarios, o al menos en una contención de los mismos. Antes de que el Euro entrara en nuestras vidas, nuestro gobierno tenía un arma nuclear en forma de política económica para salir de cualquier crisis: la devaluación de la moneda. A través de ella todos nos hacíamos más pobres de la noche a la mañana pero apenas nos dábamos cuenta. Caían las importaciones, las cuales nos resultaban más caras, y subían las exportaciones como consecuencia de que para el resto del mundo éramos mucho más competitivos. Hoy en día, con el Euro en marcha, no queda otra alternativa que optar por una devaluación interna, la cual siempre es muy dolorosa.

La devaluación interna, me temo, es imprescindible a día de hoy. Los salarios se revalorizaron en su día conforme a la citada burbuja, la cual parecía no tener fin. Habíamos alcanzado a Italia e íbamos a alcanzar a Francia, como señaló no hace tanto José Luis Rodríguez Zapatero. Aquello se demostró que era humo y nuestra situación real era mucho peor de la que nos creíamos. El otro día hablaba con una compañera del doctorado y le explicaba que mi primer salario como licenciado recién salido de la carrera, allá por el año 2002, fue de 660 euros. A lo mejor ese es el nivel de España para un primer empleo por mucho que nos duela y sorprenda.

El paro va a seguir bajando, no me cabe la menor duda. Insisto en que lo peor ha pasado y en este nuevo escenario de salarios bajos, el mercado laboral ha terminado su ajuste. El problema es que el punto de partida es horriblemente bajo. Ahora bien, que nadie se lleve a engaños. Nuestra economía sólo ha sido capaz de tener una tasa de paro aceptable y acorde a la UE en los últimos 30 años con una burbuja de por medio. Es decir, nuestro país tiene un componente de paro estructural que va a ser casi imposible absorber a corto plazo, salvo que medie otra burbuja o se produzca un milagro económico. A largo plazo, para eliminar este componente estructural, sólo cabe invertir en educación y planificar cómo queremos que sea nuestro modelo económico a varios años vista. Pero para ello hace falta un gran consenso político en el que participen agentes sociales (y no me refiero a CEOE y Sindicatos, al menos exclusivamente) para el que yo no sé si existe voluntad. Y eso es lamentable.

Pero no sólo familias y empresas afrontan una cruda vuelta a la realidad. Al Gobierno, al actual o a los venideros, les queda una ardua tarea. Durante la burbuja, el estado recaudó muchísimo dinero vía tributos y ello le permitió diseñar una estructura que hoy es absolutamente insostenible. La burbuja facilitó que nuestra economía creciera a tasas importantes, por encima de la media de la UE, lo que permitió al estado incrementar su recaudación tributaria hasta un 67% en el año 2007 en comparación a los datos del ejercicio 2001. El gasto público en dicho período, se incrementó en un 57%, lo que permitió al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero terminar dicho año 2007 con un superavit en las arcas públicas del 1,9%. ¿Qué ha pasado desde entonces? Pues bien, que nuestro gasto público ha seguido creciendo hasta llegar al 75% respecto al año 2001 en diciembre de 2011, mientras que los ingresos públicos se han desplomado hasta llegar casi a los niveles del 2001. Ello generó que en 2009 nuestro déficit público fuera ya de un insostenible 11,2%. Por muchas medallas que hoy se quiera poner Montoro, nos siguen faltando un 6% de ingresos para cubrir nuestros gastos públicos.

La realidad económica de nuestro estado, por lo tanto, tampoco es la que nos creímos en su momento. No da para tantos funcionarios, enchufados, parlamentarios autonómicos, diputados provinciales, como tampoco para tantos AVE, autopistas de peaje, aeropuertos ni otras fastuosas obras públicas. Curiosamente sí daba para una sanidad pública que era la envidia de Europa y para una educación pública, mejorable, desde luego, pero de la que yo me sentía orgulloso. En el año 2001, antes de la burbuja, aquello no estaba en juego. Dentro de la sosteniblidad del estado, deberíamos exigir a nuestros dirigentes eficiencia, desde luego, pero no retrocesos en logros sociales conseguidos con el esfuerzo de todos durante años.

Dentro de la vuelta a la normalidad, me temo que hay otra circunstancia dolorosa que nos quedará por afrontar. Nuestro sistema de pensiones no es sostenible en los términos actuales. Todos tendremos que trabajar más años... y aún así está por ver que ello garantice la viabilidad de aquellas. La natalidad está por los suelos y la gente vive más. La burbuja tapó esa realidad con una ingente cantidad de inmigrantes que vino a nuestro país atraídos por nuestra aparente prosperidad. Hoy esa gente se marcha, como las estadísticas reflejan, buscando un lugar dónde ganarse el jornal. Y con tasas de paro elevadas, no volverá, al menos a corto plazo. 

Así pues, nuestra economía mejora, y no lo digo en tono irónico, pero nuestra auténtica realidad es posible que sea la de hace 10 años con el agravante de que tenemos aún una ingente deuda privada y pública pendiente de pagar. Estábamos en el infierno no hace tanto y yo creo que nos adentramos en el purgatorio, pero me temo que dentro de éste vamos a estar un tiempecito... salvo que se tomen determinadas medidas.

Afortunadamente el futuro no está escrito y aunque en economía revertir ciertas situaciones lleven su tiempo, siempre se pueden hacer cosas que cambien el panorama actual, o al menos lo hagan más llevadero. España no tiene capacidad en estos momentos para hacer política fiscal (esto es, aumentar su gasto público, o bajar impuestos) como consecuencia de su déficit público, pero hay países en el seno de la UE que sí lo tienen. Por ejemplo, Alemania. Ello probablemente aumentaría el consumo en dicho país, lo que incidiría en una mejora de las exportaciones de los países del sur. Una política monetaria expansiva que subiera la inflación en el conjunto de la Eurozona también podría ser positiva, por cuanto esta inflación se repartiría de forma asimétrica. Es decir, podría ocurrir que la media fuera de un 2% (hoy en día estamos lejos), pero que dicha media sea el resultado de un +2,5% en los países más ricos y de un +1,5% en los países más pobres (lo cual es coherente con lo que explicaba al inicio). Ello, de nuevo, mejoraría la competitividad de los países que necesitan exportar y frenaría algo las importaciones (lo que se traduce en crecimiento económico y en una menor necesidad del sector exterior para financiar nuestra economía). 

Por su parte, el gobierno español podría llevar a cabo de una vez por todas la reforma de las administraciones públicas, vender determinados activos para hacer caja y reducir su deuda (en lugar de trasladarle el problema a los ciudadanos) y acometer ciertas reformas que mejoren el funcionamiento deficiente de algunos mercados (véase el energético, el de las telecomunicaciones o incluso el financiero, aunque para ello necesite de la ayuda de Bruselas).

Así pues, sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con nuestra clase política. Coincido con el gobierno en cuanto a que la recuperación posiblemente haya comenzado, pero también con la oposición cuando describe una realidad que sigue siendo durísima. Son las dos caras de la misma moneda. Nuestra realidad económica es mucho peor de la que mucha gente se pensó, aunque en El Disparadero ya advertimos en su día que nuestra crisis era estructural, no coyuntural. Ahora queda no bajar los brazos y seguir trabajando para labrarnos un futuro que aún estamos a tiempo de que sea maravilloso, aunque, guardadme el secreto, a estas alturas yo me conformaría con que fuera sostenible y fruto de nuestro esfuerzo.






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