domingo, 22 de febrero de 2015

Empresas - Economía Colaborativa ¿Hacia una nueva Revolución Industrial?

Algunas Ideas


De un tiempo a esta parte suena cada vez más en todas partes la llamada "Economía Colaborativa". Ya sea por la polémica generada por "Uber" en el sector del taxi, o incluso la controversia de los llamados "pisos turísticos", yo creo que todos hemos oído algo al respecto. Pero la economía colaborativa va mucho más allá: Blablacar permite compartir coche para repartir los costes de los viajes. Wallapop y Peerby te permiten compartir ropa. Solar City y SomEnergía generar y compartir energía (sobre todo solar), Social Eater o EatWith permiten compartir cenas y comidas. ParkWhiz, Comparko y Parclick te permiten dejar el coche a un "desconocido" para que te aparque el mismo sin que tú pierdas tu tiempo dando vueltas. Wimdu, Airbnb o Homeaway, permiten compartir casa por horas. Y el último grito son Jimubox o Lending Club, las cuales te permiten llevar a cabo transacciones y otros servicios bancarios... sin pasar por ningún banco. Estos son sólo meros ejemplos, pero hay muchos más sectores y el número de empresas crece de forma paulatina en cada uno de ellos. De acuerdo con un estudio realizado por el MIT de Massachussets, el potencial económico de la "Economía Colaborativa" a día de hoy es de 100.000 millones de Dólares. ¿Estamos ante un fenómeno que es flor de un día o ha llegado para quedarse?


Estamos, probablemente, ante una nueva revolución industrial en toda regla, aunque por el camino habrá que sortear muchas dificultades para su completo desarrollo. Y lo creo por dos cuestiones fundamentales: la primera, la pura lógica del mercado (a la que ahora dedicaré unas líneas). Y la segunda, porque para quién piense que Internet ya ha llegado, lamento decirle que está equivocado. Simplemente está en camino. Sólo el 20% de la población mundial se puede conectar a la red. La verdadera era digital comenzará cuando más del 60% lo haga. ¿Somos consecientes de lo que ello puede llegar a suponer? En todas mis conferencias y clases  siempre subrayo que Internet ha cambiado para siempre a nuestras sociedades, pero debemos ser conscientes de que sólo estamos viendo la punta del iceberg. Impone, ¿verdad?


Pero vayamos al primer punto. ¿Qué hace falta para que se desarrolle un mercado? Lo primero que tiene que existir son unas necesidades susceptibles de ser satisfechas mediante un intercambio comercial. Eso es obvio. Lo segundo, que ciertos agentes puedan ofrecer esos productos o servicios que se demandan. Lo tercero, y esto es clave, que haya información disponible para todos los agentes, pero sobre todo para que el consumidor pueda elegir. Cuanta más competencia exista, mayor es la información de la que dispone el cliente. Lo cuarto, que haya confianza. Ejemplo absurdo pero muy gráfico. Si fuéramos a comprar un períodico a un kiosko y le dijéramos al kioskero "deme el períodico" y él nos dijera, "no, primero deme el euro", y le replicásemos que sin el periódico primero no le doy el euro y él insista en sus trece, es imposible que haya ningún intercambio. En quinto lugar, tiene que haber medios de pago que sean aceptadas por ambas partes. Por último, y aunque no sea un requisito, existe una ley que siempre se cumple y que conviene grabarse a fuego para comprender cómo funcionan los mercados:  siempre se mueven hacia dónde hay más rentabilidad, o lo que es lo mismo, hacia dónde los agentes encuentran una mayor utilidad o satisfacción.


Retrocedamos un poco en el tiempo y pensemos cómo era la economía hace algunos siglos. Se sabe de la existencia del comercio desde el año 50.000 Antes de Cristo. Por aquel entonces la cosa se reducía al trueque y, habitualmente, se hacía entre amigos, con quiénes había confianza. Poco a poco la actividad comercial se fue complicando. Aparecen los mercados y se estima que hacia el año 1.000, ya Después de Cristo, aparece la figura del intermediaro, en quién se confía para que lleve los bienes a aquellos. Conforme las sociedades progresan, se trata, no de sustituir, pero sí de reforzar la confianza a través de sistemas legales que garanticen el cumplimiento de las reglas del juego y penalicen a quiénes no lo hagan.


En el siglo XIX, con la llegada de la revolución industrial, nos encontramos con que la actividad mercantil se hace aún más complicada y es entonces cuando se generaliza la creación de las empresas. Su presencia mejora los mercados, por cuanto permite reducir la incertidumbre de éstos, pero sobre todo favorece la ordenación y coordinación de los recursos de una sociedad hacia una actividad productiva que realmente satisfaga las necesidades de una colectividad. Una compañía siempre tiene que ser más que la suma de sus miembros o componentes, o lo que es lo mismo, tiene que generar valor añadido. El beneficio de una empresa, desde un punto de vista meramente teórico, tendría que reflejar precisamente ese "know-how" que permite llevar a cabo una actividad económica mejor que sus competidores. Luego están, por supuesto, las asimetrías de información y las externalidades, que pueden dar lugar a plusvalías y equilibrios que no reflejen esta teoría, pero vamos a quedarnos en este punto para que se pueda entender el razonamiento. La empresa que genera valor añadido, sobrevive. La que no, o se reinventa, o desaparece.


Con el siglo XX la economía comenzó a internacionalizarse y eso hizo que la competencia aumentara de forma exponencial. Las ventajas para el consumidor fueron inmediatas. Cuanta más competencia hay,  mayor información, por cuanto tiene más para elegir, lo que le hace tomar decisiones con mejor criterio. Conocemos más precios, leemos más para informarnos sobre cuál es la mejor alternativa ante el incremento de opciones, y así un largo etcétera.  En paralelo, obliga a las compañías a ser mucho más eficientes a la par que a mejorar la claidad de sus productos o servicios. Es decir, a ser capaces de generar aún mayor valor añadido, por cuanto de otra forma se quedarían fuera del mercado. Las fuerzas comenzaron a equilibrarse a finales del siglo pasado, por cuanto el consumidor empezó a ser tenido en cuenta por los departamentos de marketing de las empresas. Pensemos que hace no tanto, las compañías del sector del automóvil tenían 2 ó 3 modelos, y a lo sumo podías elegir el color. Hoy casi te haces un coche a la carta. De repente, el consumidor empezó a ser el rey.


Y en éstas llega internet, la cual, en primera instancia, democratiza la información. Ésta fluye ya sin control por todo el mundo, estando a disposición de todos los grupos de interés, lo que permite elegir y comparar más que nunca. En un segundo paso, permitió el desarrollo del comercio electrónico, que  tuvo que pasar por el filtro de las reticencias acerca de la seguridad en la red, pero que hoy, no es que sea una realidad como un piano, sino que me atrevería a decir que es un canal con un potencial descomunal que aún está por explorar en muchos campos y mercados. El tercer paso fue la aparición de la web 2.0, a través de la cual se puede empezar a interactuar y permite la creación de las redes sociales. En este mundo 2.0, resulta que los propios usuarios hablan entre ellos, prescriben y pueden, además, evaluar a los compradores e incluso a los clientes. Pensemos en cómo funciona eBay, por ejemplo. Dentro de ese mundo, hay una especie de código no escrito de lealtad que hace que los que no cumplen con las normas, sean expulsados del sistema. El consumidor ya no sólo es el rey, es que es casi un dictador. No sólo nos da de comer a las empresas, sino que encima nos puede prescribir o no en virtud de su experiencia con nuestra marca. Y curiosamente, ya no sólo puede hacer daño a una compañía, sino que también puede hacerlo a ti mismo y a tu marca personal en virtud de tu comportamiento en ciertos ámbitos de la red.


Volvamos a la economía colaborativa y recordemos la teoría de los mercados. ¿Por qué pienso que ha llegado para quedarse y supone una nueva revolución industrial?  Pensemos por un momento: todos tenemos necesidades que queremos satisfacer, y los medios de pago existen desde hace miles de años. La tecnología, lo que ha aportado es más confianza y más transparencia, lo que sin lugar a dudas mejora el funcionamiento de todos los mercados en todos los sectores. El resultado es que en alguno de ellos se ha comenzado a dar una situación paradójica: por primera vez desde la revolución industrial, el propio mercado, a partir de particulares que participan en el mismo, es capaz de aportar mayor valor añadido para ciertos nichos de consumidores que las propias empresas al llevar a cabo su actividad principal.


Los taxistas tienen razón en quejarse cuando afirman que no compiten en igualdad de condiciones, pero la realidad es que es un sector excesivamente regulado y que no es eficiente a día de hoy. La necesidad de transporte existe, la inversión en el activo está en la mayoría de familias que disponen de un vehículo, el cual se utiliza menos de lo deseable, o al menos de forma ineficiente, y el precio del taxi, en consecuencia, no es el que correspondería pagar en un mercado libre. Y lo más increíble es que la culpa no es de los taxistas, sino de las autoridades que cargan de burocracia y excesivas tasas la actividad. La tecnología pone en contacto a oferentes y demandantes de una forma mucho más eficiente. De igual forma, si quiero pasar una noche en una ciudad y sólo busco dormir unas horas, pagar toda la estructura de un hotel puede no tener sentido. Y así un largo etcétera que puede aplicarse a todos aquellos sectores, fundamentalmente servicios, en los que en virtud de la tecnología y unas reglas del juego muy transparentes para los usuarios de los mismos, el consumidor puede ver cómo mejora su utilidad y el prestatario del servicio ganar un dinero adicional. No digo que los sectores tradicionales dejarán de existir, pero sí que se tendrán que adaptar, especializar o dirigirse a otros nichos de mercado.


 Dicen los expertos que hay un vacío legal en todo este asunto, y en el fondo es cierto. Hay que resolver cuestiones que puedan darse relacionadas con la protección de los consumidores, por ejemplo, pero la mayoría de pegas que se están poniendo a la economía colaborativa son de índole fiscal. Nada más lejos de mi intención sugerir en estas líneas que la gente que participa en la misma no tenga que pagar ciertos impuestos si llevan a cabo una actividad lucrativa (como el resto de ciudadanos), pero a las Agencias Tributarias tampoco les queda otra que reinventarse para adaptarse a esta nueva realidad.


Aunque no sea un ejemplo de "Economía Colaborativa", me encanta recordar la escena de la película "La Red Social" en la que Sean Parker, fundador de Napster, se reúne con Mark Zuckerberg y Eduardo Saverin, fundadores de Facebook. Parker les cuenta en un momento dado cómo venció a las discográficas  y Saverin le responde asombrado con un  "¡pero las discográficas ganaron!". Sin inmutarse, Parker responde: "sólo en los tribunales". Lo cierto es que Napster cambió para siempre la forma de consumir música. Creo que estamos en un punto parecido en la actualidad en otros muchos sectores. Y recordemos que tan sólo un 20% de la población mundial utiliza internet.


Definitivamente pienso que estamos ante una nueva revolución industrial. Y se presenta apasionante. Que lo veamos.


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