lunes, 19 de agosto de 2013

Economía - Rentabilidad Económica, Rentabilidad Social

Algunas Ideas

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en un debate muy interesante respecto al último libro de Stiglitz, "The price of Inequality", en el cual se habla del coste que las desigualdades tienen en nuestros días, las cuales se han visto acuciadas con esta crisis tan brutal que nos lleva azotando ya 5 años. Es curioso cómo desde el 2008 se ha cambiado el foco y cómo para hablar de desigualdades, ya no se nos lleva al eterno contraste entre el norte y el sur, entre el mal llamado primer y tercer mundo. Hoy, desgraciadamente, asistimos a una destrucción brutalmente asimétrica de la riqueza en nuestras sociedades que, no sólo amenaza con quebrar la paz social que nuestras sociedades han tardado siglos en alcanzar, sino que nos hace mirar con perplejidad las enormes diferencias que se están dando dentro de los países de la OCDE. El mero contraste entre el aumento del desempleo y el beneficio bancario asombra, así como a la par nos hace pensar que algo no funciona bien en nuestro sistema económico.

Ocurre también que en este tipo de debates se tiende a echarle la culpa de todos los males que ocurren a los mercados, como si ellos mismos de por sí fueran capaces de montar líos morrocotudos como el que actualmente vivimos. Les asignamos cualidades humanas, los tachamos de crueles o injustos, ignorando que éstos simplemente son, que en virtud de las reglas del juego alcanzan unos equilibrios y que somos las personas con nuestros comportamientos las que realmente hacemos que dichos equilibrios sean o no positivos para el resto de la sociedad.

Lo hemos comentado más veces en este blog, pero todo surge de la interpretación errónea que se le dio al trabajo de Adam Smith. Para el economista y filósofo inglés, cuando los agentes que participan en un mercado tratan de maximizar su beneficio, la sociedad al completo se beneficia. Ello es así porque la rentabilidad económica se alinea con la rentabilidad social. Cada persona, la cual partiría en igualdad de oportunidades, cobraría en virtud de su productividad, los recursos se asignarían de forma eficiente y al final toda la sociedad se vería favorecida. En tal sociedad la riqueza se repartiría de una forma más bien homogénea, lo que incidiría en ese progreso social anteriormente señalado.

Ocurre, sin embargo, que los mercados no funcionan así y de ello era consciente el propio Adam Smith. Para empezar por el comportamiento oportunista de las personas, que siempre quieren obtener un poco más de lo que realmente les correspondería en un mercado en equilibrio. Pero también, y sobre todo, porque ninguna sociedad parte en igualdad de condiciones. No todo el mundo tiene las mismas oportunidades, ni acceso a los recursos de forma igualitaria (pensemos meramente en el crédito a día de hoy) y la información se reparte de forma asimétrica, lo que impide que se pueda dar una asignación eficiente de aquellos. En esas circunstancias, la rentabilidad económica va por un lado y la rentabilidad social por el otro. Cuando ocurre esto, se ponen de manifiesto las llamadas externalidades, que son ineficiencias del propio mercado que hacen que, quien se beneficie económicamente de una actividad, traslade parte de sus costes a la sociedad. Pongo un ejemplo extremo pero creo que muy claro: pensemos en una petrolera. Gana muchísimo dinero con la venta de gasolina, cual, al entrar en combustión, desprende muchísimo CO2 con los efectos tan perniciosos que ello genera. Sin embargo, los costes sociales derivados de dicha emisión los soporta todo el mundo, no sólo los accionistas de la petrolera. Para corregir esas externalidades aprecen los estados como agentes económicos. Vía legislación, tributos, etc., tratan de paliar aquellas, de marcar unas reglas del juego que de alguna forma permitan que rentabilidad económica y social se alineen.

Pero al estado también le corresponde proveer a la colectividad de aquellos bienes y servicios que por cuestiones de interés general, su provisión no debe ser confiada al mercado. Hablamos de la sanidad y la educación, por ejemplo, las cuales son básicas para la creación de un sistema que fomente una cierta igualdad de oportunidades y de acceso a los recursos. No encuentra tan fácil un trabajo una persona con estudios que otra sin ellos. Y sin acceso al mercado laboral, tampoco hay acceso a otros muchos mercados.

Ocurre, sin embargo, que las personas que participan en los gobiernos, esas que tienen que fijar las reglas del juego, suelen tener también sus propios intereses. Y de un tiempo a esta parte, sobre todo si nos fijamos en nuestro país, éstos impiden a menudo que se tomen decisiones que precisamente favorezcan la citada alineación entre rentabilidad económica y rentabilidad social. Si, por ejemplo, hay sospechas más que evidentes de financiación ilegal de los partidos con sorprendentes deducciones fiscales a las compañías más grandes de un país, o si los bancos reestructuran o condonan deudas a los partidos, o si los políticos de turno, dos años después de haber salido de un gabinete, nacional o autonómico, terminan colocándose en empresas que se han beneficiado de su gestión en el erario público, caben las dudas de si realmente se legisla para toda la sociedad, buscando beneficiar a una colectividad, o simplemente se toman decisiones para favorecer a unos cuantos que se aprovechan de las mismas y pervierten el correcto funcionamiento del mercado. Si la clase política se extralimita en su función económica, entonces el sistema colapsa porque se corrompe.

Pero por encima de todo, pienso que hay un error conceptual en las intepretaciones de los escritos de Adam Smith. Cuando éste hablaba de maximizar el beneficio, postulaba una alineación, como decía al principio, entre rentabilidad social y rentabilidad económica. Y hoy en día, lo que cabe dentro de dicha interpretación, es la "creación de valor" para todos los grupos de interés. Se trata, en definitiva, de que los accionistas obtengan una rentabilidad apropiada, pero también que los trabajadores tengan un salario justo pactado con base a mecanismos de negociación colectiva, que las relaciones con los proveedores sean cooperativas, que realmente haya una preocupación por aportar utilidad al consumidor y todo ello controlando el impacto de la actividad sobre el entorno. Sólo con una  verdadera visión inclusiva en la gestión de los stakeholders se puede fomentar una verdadera alineación entre rentabilidad económica y rentabilidad social.

Nos han vendido, de un tiempo a esta parte, que esta visión inclusiva, la cual encaja dentro del esquema de la llamada Responsabilidad Social Corporativa , es incompatible con el beneficio empresarial, por cuanto detrae rentabilidad al accionista. Se nos ha hecho creer también que la RSC es filantropía o ecologismo, meros parches para tapar vergüenzas y lavar la cara de multinacionales que operan sin escrúpulos por todo el mundo. Y lo cierto es que no tiene nada o casi nada que ver con todo ello. Los estudios demuestran que aquellas empresas más orientadas a la sociedad suelen mostrar mejores comportamientos financieros a largo plazo, gozan de una mayor satisfacción entre sus empleados (lo que incide en una menor rotación de plantilla y en un menor coste de transacción) y una mayor reputación, lo que favorece, sin lugar a dudas, sobre las expectativas previas que se generan anteriores al momento de la compra por parte del consumidor. En definitiva, y como en alguna ocasión hemos contado en El Disparadero, no sólo no detrae la riqueza del accionista, sino que incluso puede darse la paradoja de que la aumente. A fin de cuentas, ninguna empresa puede vivir de espaldas a la sociedad en la que se desenvuelve.

Respecto al llamado "mercado", termino con otra idea repetida hasta la saciedad en este blog: el progreso de una sociedad debe de ser también moral. No podemos exigirle a la empresa comportamientos que nosotros como colectividad no llevemos a cabo en nuestras decisiones de compra o inversión. Ambas son un ejercicio de democracia diaria que no siemper ejercemos con responsabilidad. Al final las empresas buscan ganar dinero y siempre terminarán destinando recursos hacia aquellas actividades que les generen mayores retornos. Por eso es tan importante nuestra labor como ciudadanos.

En cualquier caso, y como explicaba hace unas líneas, por muy bien que lo hagamos como sociedad y por muy buenas que sean las empresas, es muy probable que los equilibrios que alcancen los mercados  no sean ni mucho menos los óptimos. Porque no todos tenemos acceso a todos los recursos, porque el reparto de la información es asimétrica y porque, en el fondo, el comportamiento oportunista de las personas siempre estará ahí. A los gobiernos les corresponde fijar, como explicaba, sistemas tributarios justos, reglas del juego que garanticen la igualdad y entre ellos se encuentran, como también decía, el acceso a la sanidad y a la educación, aspectos que históricamente han sido claves para que el desarrollo económico y social hayan ido de la mano. Me gustaría pensar que quiénes nos dirigen son simplemente ignorantes y sus recientes disparates son sólo fruto de su falta de conocimiento. Al menos eso tendría un pase. Aunque el estado siempre tenga sus propios intereses. Y sus dirigentes también.