domingo, 8 de marzo de 2015

Economía - ¿El Problema es el Sistema?

Algunas Reflexiones

Hace unas semanas conversaba con un buen amigo mío respecto a la situación en Grecia y los problemas que atravesaba la Eurozona. Pese a discrepar en muchos puntos de vista, lo cierto es que el debate tenía su miga y estaba resultando interesante, y como casi siempre en este tipo de tertulias, mi buen amigo terminó echándole la culpa al sistema, en este caso al capitalismo, y también a los mercados (y de veras que me sigue sorprendiendo cómo tendemos a atribuirles cualidades humanas a los mismos, cuando los que toman las decisiones económicas en los mismos son personas como usted y como yo). Quedé en escribir unas líneas, no sobre Grecia, sino acerca de cómo entendía yo las cosas y a ello me pongo en este domingo casi primaveral. Como siempre, la idea es aportar puntos de vista para el debate y no ser dogmático. Eso se lo dejo a nuestros políticos.

Primera Idea: No existe un sistema económico perfecto, porque las personas, que somos los agentes que interactuamos en los mismos, tampoco lo somos. Todos pueden funcionar en mayor o menor medida, y todos darán lugar a una serie de equilibrios que serán mejores o peores, pero el que se genere una verdadera igualdad de oportunidades (luego ahondaré en este tema), no depende del sistema, sino de que los hombres y mujeres que están al frente de los gobiernos, las familias y las empresas, entiendan que el progreso debe ser económico, social y moral. Cuando cayó el Muro de Berlín nos dimos cuenta de que en la Europa del este, ni muchísimo menos, había una situación de igualdad de oportunidades. Dicho ésto, hay una realidad que es irrefutable y objetiva: el sistema que mayor riqueza ha creado hasta la fecha es el capitalismo. Y esto no es una opinión ni una defensa a ultranza del mismo, sino un hecho contrastable.

Segunda Idea: El Capitalismo es el sistema que mayor riqueza ha generado porque es el que menos restricciones ha generado al desarrollo de los mercados. Explico este punto, porque dicho así asumo que puede ser malinterpretado. Comencemos por Adam Smith e imaginemos un mercado perfecto. En el mismo sabemos que los agentes interactúan siempre en pos de su propio beneficio sin llevar a cabo comportamientos oportunistas. Cuando ello ocurre, el mercado alcanza un equilibrio óptimo del cual toda la sociedad se beneficia. Todos los recursos se destinan hacia las actividades productivas que realmente son necesarias, lo que haría, desde un punto de vista teórico, que no hubiera paro y que todas las personas que forman parte de una sociedad vivieran mejor tras haber realizado la actividad productiva y el intercambio correspondiente.

Sabemos, sin embargo, que eso no es así. Que los mercados son imperfectos (también me referiré luego a ello) y que en ocasiones se alcanzan equilibrios ineficientes, en los cuales, a unas personas les va muy bien y a otras muy mal. Un mercado puede ser imperfecto por ausencia de competencia, por cuanto los monopolios y los oligopolios siempre beneficiarán sólo a unos propios y se traducirán, casi siempre, en precios abusivos y desproporcionados para el cliente final. Por el contrario, cuanto mayor es la competencia en un sector, mejor tienen que hacerlo las compañías inmersas en él para sobrevivir, ya que, o bien ofrecen más calidad en sus productos y servicios a un mismo precio, u ofrecen la misma calidad que sus competidores a un precio más bajo. En cualquiera de las dos circunstancias, se beneficia el cuidadano de a pie. Además, un incremento de la competencia reduce la falta de información (y la asimetría de la misma), lo que ayuda a tomar mejores decisiones económicas. En este escenario, se da el caldo de cultivo necesario para que se desarrollen las habilidades directivas, las cuales son claves para que el resultado de una empresa sea mucho más que la suma de sus factores productivos (lo que es clave para la creación de riqueza).

Pero hay más. Cuanto mayor libertad de actuación hay en los mercados, mayores son los incentivos en la actividad económica, los cuales, a menudo, han sido infravalorados por los sistemas más protectores. Cuando se habla, por ejemplo, de limitar salarios, como ha dejado entrever algún partido político en estos meses, el mensaje que lanzas es que da igual lo bien que lo hagas, que no vas a poder sacarle rédito a ninguna innovación o mejora que pudiera lograrse en una actividad productiva, lo que deriva en sociedades más pobres y menos desarrolladas.

Tercera Idea: El Capitalismo no dice nada acerca de cómo se debe repartir esa riqueza que se genera. Por mucho que nos hayan vendido la idea, los mercados pueden alcanzar equilibrios ineficientes, lo que implica, como he señalado antes, que haya personas a las que les vaya muy bien, y a otras a las que les vaya muy mal, con el agravante de que ni unos han hecho tanto para que les sobre, ni los otros han estado de brazos cruzados.  Existe, por lo tanto, un riesgo moral también en la maximización del beneficio.

El capitalismo, además, no sólo no dice nada acerca de cómo debe repartirse la riqueza, sino que encima no garantiza la igualdad de oportunidades per se, porque no todos partimos de la misma situación. Conforme a Adam Smith, para que la "mano invisible" funcione, es necesario que el óptimo económico se alinee con el óptimo social. Hoy eso no se da y ello impide que todos partamos en igualdad de condiciones. Aún así, no es lo mismo "garantizar la igualdad" que "garantizar la igualdad de oportunidades". Se tiene que tender hacia lo segundo, para que el esfuerzo y el afán de superación sean valores bien impregnados en nuestras sociedades.Y esa es tarea de los gobiernos fundamentalmente, los cuales proveen a la colectividad de ciertos bienes y servicios necesarios para que esa "igualdad de oportunidades" sea una realidad.

Como decía antes, los mercados son imperfectos. En primer lugar, por la falta y asimetría de la información que existe a disposición de los agentes económicos. En segundo lugar y en parte por lo anterior, porque hay gente que lleva a cabo comportamientos oportunistas, los cuales derivan en explotar las externalidades de los mercados de forma egoísta, o incluso en lanzar información errónea al mercado para obtener con ello su propio beneficio. Pienso en la burbuja inmobiliaria española, por ejemplo, la cual hizo muy ricos a unos pocos bajo la premisa de que "los pisos nunca bajan de precio", pero también en casos como el de Enron en su día o Parmalat.

Pero hay más. De un tiempo a esta parte, concretamente desde los años 70, la economía financiera se ha alejado de la economía real, lo que hace aún más difícil valorar las decisiones económicas, por cuanto a menudo cobran más importancia los intangibles que aquello que se puede palpar. Ello, de nuevo, favorece comportamientos oportunistas.

Y sigo, que en esta idea hay palos para todos. Que los mercados son imperfectos es algo que se sabe desde hace miles de años. A los gobiernos les corresponde, como agente económico que también son, marcar las reglas del juego para minimizar estas imperfecciones. Ocurren varias cosas al respecto: uno, que los mercados de un tiempo a esta parte son globales, mientras que los gobiernos son locales, lo que limita su labor; dos, que las personas que forman parte de los gobiernos tienen también sus propios intereses, por lo que la alineación con el bien común no siempre es fácil. Sólo así se entiende que sigan existiendo ciertos oligopolios en España en los que suelen tener cabida nuestros políticos, en los sillones de ciertos consejos de administración, cuando abandonan la función pública; y tercero, y no por ello menos importante, pero muy relacionado con lo anterior: la corrupción destroza cualquier funcionamiento de cualquier mercado.

El resultado de todo ello es que el óptimo económico se ha ido alejando del óptimo social, y cuando ello ocurre, las sociedades tienden a colapsar. 

Cuarta Idea: Vivimos en la era de la libertad, pero mayor libertad exige mayor responsabilidad. Vivimos en una era en la que por primera vez en la historia de la humanidad, las fronteras tienden a desaparecer, fomentándose la libre circulación de personas y capitales. Ello unido a la revolución de las telecomunicaciones, da como resultado que nunca ha sido más fácil llevar a cabo una actividad económica. Pero no sólo eso, sino que nosotros, como agentes económicos, nunca hemos tenido tanto dónde elegir ni tanta información para hacerlo convenientemente.

La paradoja de la época actual es que, posiblemente, nos econtramos con empresas que tienen mayor poder económico que nunca y con capacidad para influir en las decisiones y leyes que desarrollan los gobiernos, pero frente a eso, que es cierto, también lo es que  nunca la ciudadanía ha tenido más poder de movilización y de cambiar las cosas. Hoy los trabajadores son propietarios del mayor de los recursos (el talento), pero además podemos decidir comprar, invertir o llevar a cabo cualquier actividad económica con mayor conocimiento de causa que nunca. Bienvenidos a la era en la que al democracia se ejercerá en nuestro día a día a través de nuestras decisiones y no en las urnas cada cierto tiempo. Depende de nosotros el premiar, favorecer o fomentar determinadas prácticas. La información está y las alternativas son más que nunca.

Empresas y stakeholders no debemos obviar que una mayor libertad exige una mayor responsabilidad. Para que el modelo de Adam Smith funcione, hay que alinear el óptimo económico con el social, y si los gobiernos son ineficaces, nos corresponde a la ciudadanía, ya sea de a pie o corporativa, tomar las riendas de la situación. Milton Friedman apelaba a la ley y la ética. Adam Smith hablaba de moral. Se dice que esta crisis es de valores, y muy probablemente sea cierto, por cuanto hemos estado todos a por uvas transigiendo con actitudes deplorables.

No, no creo que el hombre sea un lobo para el hombre y aunque tiendo a creer que es bueno por naturaleza, me pongo en modo Ortega cuando reconozco que a menudo depende de su circunstancia. En cualquier caso lo que tengo claro es que los mercados son, que el capitalismo es y que el comunismo también. El que redunde en algo bueno o malo, depende de las personas, las cuales tenemos cierta tendencia a echar las culpas de lo que nos pasa al empedrado. Nunca me oiréis decir que el capitalismo es el mejor sistema posible, pero desde luego me reafirmo en que es el que más riqueza ha sido capaz de crear hasta la fecha. Otra cosa son las desigualdades que existen en virtud del reparto de aquella. Sea el que fuere, el que un sistema sea sostenible desde un punto de vista económico, social y medioambiental, que a largo plazo siempre van de la mano, dependerá únicamente y exclusivamente de nosotros. Como decía al principio, el progreso no debe ser sólo económico.


3 comentarios:

Katy Sánchez dijo...

Me encantan todas las ideas, y las has expresado con toda claridad pero...
"Vivimos en la era de la libertad, pero mayor libertad exige mayor responsabilidad."
Pero ce¡reo que esta frase tiene la clave. No hay tal responsabilidad. Ni antes, ni ahora y en el futuro a juzgar por la historia me temo que seguiremos igual. Algún error hay en nuestros genes que nos lo impide. Un abrazo

Fernando dijo...

Hola Katy! Millones de gracias por pasartey perdona que haya tardado en responderte. Este mes de marzo voy bien servido de viajes!

Estoy parcialmente de acuerdo contigo. El género humano es cierto que falla estrepitosamente, pero pensemos que hace no tanto, las diferencias en Europa se arreglaban a base de Guerras Mundiales. Y en cuanto al tema de la responsabilidad, cada vez son más empresas que se ven abocadas a llevar a cabo iniciativas de ciudadanía corporativa por la presión de os stakeholders. Poco a poco, y sabiendo que hay mucho que mejorar, pero tampoco nos fustiguemos ;-)

Un abrazo!

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