martes, 19 de julio de 2016

Vivencias - Santi

Mi pequeño homenaje



Querido Santi,

Mira que tengo facilidad de palabra y tendencia a la pluma, pero te confieso que arrancar estas líneas ha sido una de las cosas más difíciles a las que me he enfrentado en mi vida. En el fondo creo que ya lo sabes. Entre tú y yo nunca ha habido secretos y siempre sentí que me conocías muy bien. Me encantaba contarte cosas, sincerarme contigo, escuchar tus reflexiones, llenas de una madurez y un aplomo impropios de tu edad, y que me aportaras a menudo perspectivas que a mi no se me habían ocurrido previamente. Otras veces sólo escuchabas, cuando intuías que lo que más necesitaba era desahogarme, tal vez como ahora mientras escribo estas líneas, pero la realidad y lo que de verdad importaba era que cuando te buscaba siempre estabas ahí. De alguna forma noto que sigues estando, pero cuesta acostumbrarse a esta nueva realidad, aunque te prometo que lo haré.

Es posible que no te acuerdes, pero tú y yo empezamos con buen pie. Concretamente en aquel viaje familiar que hicimos todos juntos a Mallorca. No recuerdo qué aerolínea fue, pero para bendición nuestra, rompieron tu carrito. Tu madre estaba embarazada de María, y tu padre bastante tenía con Caku y con Juan, que con apenas 4 y 3 años, no paraban de corretear por cualquier lugar al que nos desplazábamos dentro de la isla. Así que me tocó llevarte a caballito en un montón de visitas en las que vimos juntos por primera vez lugares fascinantes. Yo con mis 14 años estrenados un poco antes y tú a unos meses vista de celebrar tu primer aniversario. No sé quién disfrutó realmente como un enano en aquel viaje, si tú, como el bebé que eras, o yo, que me sentía muy honrado por el mero hecho de tener la responsabilidad de cuidarte. ¿Sabes? Te confieso que una de las primeras cosas que he hecho este fin de semana en casa de mi madre en Madrid ha sido volver a ver las fotos de aquella Semana Santa del año 92. Incluso recordé lo mucho que te gustaba tirarme del pelo, y la gracia que a mí me hacía aquello pese a la fuerza que ya tenías.

Poco a poco fuiste creciendo y te seguía gustando jugar conmigo. Incluso tirarte encima de mí en la playa cuando ya empezaba a salir y lo que necesitaba era dormitar un rato sin que mis padres se enteraran, no fuera a ser que sospecharan la hora a la que realmente había llegado a casa la noche anterior. Lo cierto es que siempre me reía mucho contigo. También recuerdo cuando te entrené en la escuela de Fútbol del Colegio Santa María del Pilar, e incluso el día en el que te hice debutar con los mayores, con el equipo de Juan, en el campo del San Pascual, al lado de la Mezquita de la M-30, cuando marcaste aquel gol en el partido decisivo que nos daba el ascenso. Recuerdo tu eterna sonrisa celebrando el gol por la banda, mirándome orgulloso y feliz ante el abrazo que te estaban dando todos. Y es que entre tú y yo, Santi, y guárdame el secreto, tú eras el que mejor jugaba al fútbol de tus hermanos. Tenías algo especial, algo que te diferenciaba del resto: jugabas con alma. Disputabas cada balón y cada partido como si fuera el último, y transmitías algo que me recordaba un poco a mi cuando salía a jugar. Me identificaba contigo. Eso sí, te reconozco que tú tenías bastante más clase que yo, que por eso lo mío era jugar atrás y lo tuyo crear, pero sobre todo me gustaba tu manera de afrontar las cosas. Y es que el deporte es escuela de valores, y lo que pones de manifiesto en el campo, a menudo se refleja luego en tu día a día.

Y así fuiste creciendo, entre partidos de fútbol, colegio, grupos de catequesis, Senda y demás, hasta que te hiciste todo un hombre. Siempre de buen humor, siempre rezumando una bonhomía que nos desarmaba a todos. Recuerdo lo que te costaron tus inicios en agrónomos, pero también como gracias a tu tesón, a ese don que tenías de pelear y ser perseverante en todo, te fuiste haciendo con la carrera hasta acabarla por todo lo alto. Cómo olvidar el día que te animaste a jugar en Schalke, para gran alegría mía, en la que muy probablemente sea mi última experiencia dentro del fútbol, o la ilusión que me hacía que te quedaras con el Yeti hasta la última bajada esquiando o incluso que te animaras a correr conmigo por Gandía. Que sepas que sigues siendo el único que ha logrado reventarme entrenando hasta la fecha, aquel día que salimos a correr tres veces (sí, tres, han leído ustedes bien), y que haré todo lo posible para que siempre que te quede ese honor. Eso sí, al César lo que es del César. La guitarra, pese a aquellas clases que te di hace un par de veranos, se me daba mejor a mi, que conste.

Pero lo que admiraba de ti, Santi, muy por encima de logros académicos y por supuesto deportivos, era la persona en la que te habías convertido. Recuerdo cómo el día en el que tus padres celebraban sus bodas de plata, cuando hicieron una semblanza de vosotros cinco, de ti dijeron literalmente que tenías “un corazón de oro”. Siempre he llevado grabada a fuego aquella frase, porque era una verdad como un templo. Tu paso por Círculo y por Perú, terminaron por pulir aún más si cabe ese gran corazón de oro. Daba gusto estar contigo, Santi. Daba gusto hablar y escucharte. Cuando hace algo más de un mes me dijiste que querías hacer unas prácticas en Ventosilla y que querías quedarte en mi casa, me hiciste inmensamente feliz. La mala suerte de mi rodilla y este mes tan raro de trabajo que llevo, hicieron que no pudiera estar contigo todo lo que me hubiera gustado, pero me quedo para mi, en lo más profundo de mi corazón, nuestras conversaciones de estas semanas, nuestras cenas y la ilusión que emanabas cada vez que hablabas de lo que habías hecho en la finca ese día. Estabas radiante y esa es la imagen que siempre me quedará de ti.

Como he dicho estos días a quienes me han preguntado, me encuentro en mi particular camino de Emaús. Recordando todo lo vivido contigo y empezando a darme que cuenta que sobre todo has resucitado, y que pese a  la pena enorme que siento, poco a poco comienzo a comprender que sigues caminando conmigo, aunque aún me cueste verlo, como a los discípulos les ocurría con Jesús de camino a aquella ciudad, situada apenas a 11 kilómetros de Jerusalén. Has sido sal de la tierra, Santi, portador del Evangelio allá por dónde ibas, y yo me siento un privilegiado por haberte tenido tan cerca durante estos últimos casi 25 años. Decía Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX, que el Cristiano del Siglo XXI será místico o no será. Tú tenías esa enorme capacidad de ver a Dios en las pequeñas cosas del día a día, en las personas que se cruzaban por tu camino. Eras místico, Santi, y por eso tenías siempre esa sonrisa imborrable que a todos se nos ha quedado grabada. Esa sonrisa que era de verdad y que reflejaba, en tu caso más que nunca, el espejo de tu alma, un alma pura y noble, llena de bondad y espiritualidad, propia de esas personas que son capaces de vivir el Reino incluso en una sociedad tan complicada como la nuestra. Fuiste luz y desde el pasado jueves todo un referente para los que por aquí seguimos peleando en el día a día para vivir nuestra fe en estos tiempos tan revueltos.

Querido Santi, a la luz de lo acontecido estos días, queda patente que todos los que te hemos conocido nunca te vamos a olvidar. Que somos muchos a los que nos has tocado con tu vida, haciendo las nuestras mucho mejores. Ayúdanos desde esa parte del cielo que Dios tiene reservada para las mejores personas, dónde seguro que estás, porque te vamos a necesitar para seguir hacia delante, aunque de antemano estoy seguro de que ya lo estás haciendo. Y te quiero pedir un pequeño favor. Dale al Padre de mi parte las gracias, las más grandes que puedas, aunque ya lo hago yo también cada noche, por el regalazo que ha sido haberte tan cerca todo este tiempo. Te echaré de menos socio, aunque sé que siempre estarás a nuestro lado. Al menos así te voy sintiendo.