miércoles, 28 de mayo de 2014

Fútbol - Enseñanzas de la Final de la Champions

Algunas Reflexiones

Como aventuraba hace unas semanas, terminó siendo la madre de todas la finales. Y no por la calidad del juego, o porque los entrenadores de uno y otro equipo demostraran una pericia extraordinaria a la hora de disponer a sus hombres en el terreno de juego, sino porque se jugó con alma. Ese gol de Sergio Ramos in extremis, ese esfuerzo colectivo en la prórroga, dónde era más que evidente que había muchos jugadores que estaban sobrepasando el límite, el estado físico de las estrellas de ambos equipos... Todo tuvo tintes dramáticos. Y así, aunque uno no pueda dejar de alegrarse por la victoria de su equipo, tampoco puede dejar de sentir cierta empatía con la tristeza de los seguidores Atléticos. De nuevo lo tuvieron muy cerca, como hace 40 años, y de nuevo hicieron un esfuerzo titánico que esta vez no les valió. 

Son ya 30 años compitiendo como jugador, ahora ya en categorías mucho más relajadas, y aunque nunca me he ganado la vida con el fútbol, siempre me he sentido futbolista. Tal vez por ello no pueda dejar de ver al fútbol como una escuela de la vida en muchos sentidos, tanto en lo personal como en lo profesional. Lo que viví el sábado en Lisboa, in situ, me llegó muy adentro y, como siempre, al coger cierta distancia, uno puede extraer valiosas lecciones que compartir.

El Atlético de Madrid, como bien dijo el Cholo Simeone, no debe derramar ni una sóla lágrima. Como siempre me ha gustado decir, el que da todo lo que tiene, no está obligado a más. O cómo también suelo apuntar, inspirado en mi buen amigo Paco Alcaide, las personas no fracasan, bajan los brazos. Lo que ha hecho el equipo de la Ribera del Manzanares esta temporada ha sido antológico e insisto en que no deja de ser reparador para una sociedad, la española, acostumbrada durante muchos años a querer vivir del pelotazo, del mínimo esfuerzo y del dinero fácil. El culto al trabajo, la fe y la determinación, realmente mueven montañas. El Atleti es el mejor ejemplo de ello. Importa más el sacrificio y el espíritu de lucha que el talento, porque este último por si solo, no basta. O como dijo Simeone en una de sus primeras ruedas de prensa: lo único que no es negociable es el esfuerzo. Todo lo que merece la pena en esta vida cuesta mucho esfuerzo y, habitualmente, no se compra con dinero.

Pero pensar que el Atlético ha llegado hasta ahí sólo por esfuerzo y lucha, sería faltar a la verdad. Han sido un EQUIPO con mayúsculas, donde la suma del conjunto ha resultado ser mucho mayor que el cúmulo de las individualidades. Los jugadores más talentosos se han puesto al servicio del grupo y eso es lo que les ha terminado haciendo grandes. Muy grandes, me atrevería a decir. La gestión de los egos ha sido clave en el éxito del equipo colchonero, y para ello, la labor de Simeone como líder espiritual del colectivo ha sido fundamental. Gustará más o menos, parecerá más o menos estético, pero el equipo del Cholo ha sido un reloj suizo en cuanto a precisión táctica y disposición en el campo. El talento de los Diego Costa, Arda o Koke ha hecho el resto.

Cuando en un partido te falta fútbol, o con éste no te llega, porque cada encuentro es un mundo, los equipos con alma se adentran en el terreno de la épica y dentro de ella, el Madrid es casi imbatible. Yo me hice del Real Madrid de pequeño en buena medida por ello. Como dijo una vez Valdano, "lo que el Bernabéu no perdona es la falta de lucha". Mis primeros recuerdos como madridista son con una antigua radio Sony de mi madre escuchando en la cocina de casa, cuando apenas era un chaval de 6 años, aquellas remontadas ante el Anderlecht, el Inter o la más increíble de todas, la del Borussia Monchengadbag. Mi madre siempre trataba de prevenirme por si al final no llegaba el gol milagroso, ese que daba el pase a la siguiente ronda al Madrid, para que no me llevara un gran disgusto. Para mi felicidad, casi siempre había un final feliz. Recuerdo sobre todo aquel gol de Santillana en el descuento con el que se levantaba un 5-1 que nos habíamos vuelto de Alemania y, sobre todo, cómo me volví hacia mi madre para decirle "¿lo ves, mamá, lo ves?".

Tal vez por ello, en el descanso del partido, ante la avalancha de Whatsapp´s que me llegaban desde España con comentarios sobre el partido, sólo respondía que "había que tener fe". El gol de Ramos fue el mejor exponente de lo que es el Real Madrid, por encima de partidos mejores o peores, juego más o menos brillante. Siempre hay que creer y por ello el Madrid ganó la final, porque nunca dejó de hacerlo. Doy un dato demoledor: el Atlético de Madrid no había perdido ni un sólo partido este año en el que hubiera marcado un gol. Ante la inquebrantable fe colchonera, el Madrid dobló su apuesta.

El liderazgo no se impone, se ejerce. Simeone cogió la misma plantilla a la que Manzano tenía más cerca del descenso que de los puestos europeos y llevó al equipo a ganar la Europa League, la Copa y la Liga en apenas dos temporadas y media. De la misma forma, Ancelotti ha demostrado que no hacen falta estridencias, mal genio y exabruptos para dirigir a un vestuario como el Madrid. Sentido común, coherencia, carácter, compromiso y valores son los rasgos que mejor definen al líder. 

Pero si alguien ha salido reforzado en términos de liderazgo tras esta final, es Sergio Ramos. El jugador de Camas es el auténtico heredero del espíritu de Juanito, ese al que apela el Bernabéu en cada minuto 7 de cada partido que se disputa en el estadio madridista. La determinación, el esfuerzo, el coraje y la solidaridad de Ramos con sus compañeros ha sido determinante para que el Madrid ganara la Champions. Cuentan que a finales del año pasado hizo piña con Cristiano y que entre los dos han sido los que han tirado del resto a lo largo de la temporada. Con el portugués mermado, ha sido el sevillano el que se ha erigido como figura imprescindible en este tramo final del curso. Fue el que levantó la voz en el descanso de Dortmund para serenar los ánimos en un partido que se estaba poniendo muy cuesta arriba, marcó dos goles en Munich y abrió la puerta de la prórroga con un cabezazo magnífico el pasado sábado.

Aún así, lo de Ramos viene de lejos. El año pasado el Madrid caía 4-1 en Dortmund con Ramos sancionado y un Lewandoski que parecía el mejor Van Basten ante Pepe y Varane. En la vuelta, cuando el propio Mourinho renegaba de la épica (¡ay Mou, qué poco llegaste a conocer a este club!), el Madrid estuvo a punto de darle la vuelta con más bemoles que otra cosa, con un Sergio Ramos descomunal, el cual marcó un gol y estuvo a punto de marcar otro más que hubiera significado el pase a la final.

Muchas veces no se ha prestado atención en el fútbol a un concepto clave en cualquier organización como la cultura corporativa. Y por mucho que me duela, el Madrid ha sido experto en ignorarla durante los últimos 10 años. Cuentan que en el año 2006, poco antes de que Florentino dimitiera en su primera etapa, Zidane le dijo al actual presidente que cuando acabase esa temporada, tras el mundial, se retiraría. Florentino, sorprendido, le preguntó los motivos y según cuentan, Zizou le dijo "presi, desde que se fueron Del Bosque y Hierro, esto ya no es el Madrid". Con Acelotti ha vuelto en muchos aspectos el Madrid de siempre. El que no se quejaba de los árbitros, el que guardaba las formas, el que evitaba las estridencias. Y ello ha coincidido con un grupo de jugadores que, como el propio Ancelotti ha reconocido en privado, son los más profesionales que ha entrenado jamás. Como apuntaba Alfredo Relaño esta mañana, ni Del Bosque ni Ancelotti aciertan siempre, pero su bonhomía les ayuda a tener a los jugadores de su parte. Y de nuevo Ramos, el cual, como también decía Sanchís hoy, es quién mejor representa y ha sabido interpretar los auténticos valores del Madridismo en cuanto a esfuerzo,  compromiso y, por su puesto, calidad.

En el Atlético de Madrid ha pasado algo parecido. Los rojiblancos fueron una cosa hasta que llegó Jesús Gil, y otra muy distinta a partir de él. Aquello era un desfile de entrenadores y personajes de lo más variopintos en busca de un éxito que nunca llegaba. Recuperó algo de tranquilidad un par de años con Luis y otros tantos con Radomir Antic, pero entre el descenso a segunda, las urgencias históricas y la falta de dinero, el club iba de disparate en disparate. Con Quique recuperó algo la cordura, pero hasta que no llegó el Cholo, las piezas no volvieron a encajar. Simeone entiende como nadie la grandeza del Atlético de Madrid y se la ha grabado a fuego a sus jugadores. El Atleti nunca dejó de ser un grande, pero ahora se lo ha vuelto a creer.

Durante la segunda parte del partido, la afición del Madrid gritábamos aquello del "Sí se puede", lo cual ha dado pie a que algún periodista lo tildase como "signo de debilidad". Yo creo que es todo lo contrario. Es síntoma de la grandeza del rival y de la dificultad que tenía la empresa. En los prolegómenos, me encontré con un grupo de amigos que se sientan detrás mío en el Bernabéu. Estaban confiados en la victoria, pero sabían, como también lo sabía yo, que el partido iba a ser muy difícil porque el Atleti esta temporada ha sido un auténtico equipazo. Yo sólo espero, por el bien del fútbol, que los rojiblancos hayan vuelto a la élite para quedarse para siempre. El Atlético de Madrid no ganó la Champions, pero se ha ganado el respeto de toda Europa. Cierto que eso no consuela cuando se pierde una final, pero la vida está llena de victorias morales que a largo plazo tienen mucha más importancia de la que se les da a priori.

Las aficiones, motivo de orgullo para todos los españoles. Sinceramente me emocionó el buen rollo que se vivió en Lisboa. Ambas aficiones teníamos que compartir metro para ir de las "Fan Zone" al estadio, e incluso ambas áreas estaban muy cerca la una de la otra. Fue habitual ver aficionados de ambos equipos compartiendo comida y cañas en los restaurantes, hablar amigablemente en el metro y profesarse un respetuo mutuo muy sincero antes y después del encuentro. No me imagino, honestamente, ese "buen rollo" entre aficiones inglesas o alemanas, por ejemplo. Como dijo Sacchi, en el fondo el fútbol no deja de ser la cosa más importante dentro de las cosas menos importantes.

Así pues, la final de Lisboa quedará grabada a fuego para siempre en mi memoria, como el gol de Ramos o como el eslalom de Di María en la prórroga que dio lugar al gol de Bale. La última lección que nos deja la final es que tanto en la vida como en el fútbol siempre hay lugar para la revancha, siempre hay partido de vuelta. En este caso tenemos a la vuelta de la esquina como quien dice la supercopa de España. De nuevo habrá más oportunidades para sacar lecciones para el día a día. Y por medio, el Mundial. ¡Casi nada!


 

1 comentario:

Katy Sánchez dijo...

Me ha gustado mucho tu reflexión. Eso mismo sentí yo por Atlético. No soy futbolera y en la familia hay de ambos equipos. El partido fue un espectáculo y cierto que lo dieron todo. Lo que ocurre es que el primero se lo lleva todo y el segundo es como si no hubiera hecho nada Llegar a la final ya de por si es un logro y así tiene que ser valorado.
Un abrazo
Un abrazo