lunes, 21 de junio de 2010

Vivencias - Desde Berlín

Reflexiones antes de irme a la cama
Bueno, pues como dice el título del Post, hoy escribo desde Berlín, donde la multinacional SAS organiza un evento al que he sido invitado. Desde mañana y hasta el miércoles tendré el privilegio de escuchar y preguntar en persona a varios primeros espadas del management y la economía mundial. Entre ellos Joseph Quinlan, del Bank of America, Phillipe Wallez, General Manager de Marketing en ING Bélgica, Madeleine Albraight, que fuera número 2 del gobierno de Bill Clinton, Andrew Rashbash, CEO de The Economist o pensadores de la altura de Tom Davenport y Thornton May. Vamos, que voy a disfrutar como un enano y que seguro que me van a aportar argumentos para seguir escribiendo y, fundamentalmente, para seguir creciendo profesional y humanamente.
Pero todo ello será a partir de mañana. Hoy no me quería acostar sin contaros algunas ideas que me han venido a la mente en esta maravillosa ciudad que es Berlín. Tuve la suerte de conocerla hace unos años, allá por el 2005, y ya me impresionó. No sólo por su belleza y su ambiente (bohemio, tolerante y cosmopolita), sino porque creo que su historia, al menos la de los últimos 200 años, es una síntesis inmejorable de la historia contemporánea occidental. Y si no, os invito a que lo penséis: auge de los nacionalismos con la creación de un nuevo estado. Actor principal de la primera guerra mundial. Exponente donde los haya del apogeo de los extremismos irracionales (fascismo en este caso). De nuevo actor principal de la mayor guerra de la historia. Testigo del telón de acero y su caída. Símbolo de una nueva Europa, solidaria, unida, pacífica, abierta y multicultural. Berlín es un buen motivo para creer en este proyecto común que significa la UE. Y todo ello me ha venido a la mente por los ataques, fundamentalmente oportunistas, que estos días está sufriendo el proyecto de moneda común que es el Euro.
Porque el Euro ha sido la guinda de un pastel que ha servido para que la vieja Europa olvidara sus rencillas, aquellas que hace 70 años nos enfrentaban en un campo de batalla, para dar paso a un espacio común de convivencia entre los países miembros de la unión. Desde hace años existe una libre circulación de trabajadores y personas, se han eliminado aranceles y se ha hecho un esfuerzo sin precedentes por fomentar la ayuda de los países más ricos a las economías periféricas menos pudientes (véase España, Portugal y Grecia principalmente). Ahora que esta crisis ha puesto de manifiesto muchas o casi todas las debilidades que tenía y tiene el proyecto de moneda común, yo quiero romper una lanza por el Euro.
Doy por bueno el argumento de que no tiene sentido que exista una política monetaria común y una política fiscal de su padre y de su madre. Admito también que las diferencias entre algunas economías es enorme, a la vez que me permito recordar que no lo son en mayor medida que las que existen entre determinados estados de los EEUU. ¿Qué le falta al Euro entonces, además de lo apuntado? Pues pienso que aprender precisamente del gigante Americano. EEUU es, por encima de todo y parafraseando a Kjell Nördstrom, una idea. Si falta trabajo en Florida, la gente no tiene problema en irse a Atlanta. No hace falta haber nacido allí para ser norteamericano, pero sobre todo, la gente y los salarios son mucho más flexibles al fluctuar las personas en función de la demanda de trabajo por parte de las empresas. Todo el que quiera trabajar tiene cabida allí, independientemente de dónde haya nacido. No hay recelos para emigrar y tampoco existen prejuicios para el buen trabajador que emigra. En Europa, por el contrario, todavía somos reticentes a salir de nuestra patria. Pesa el idioma, claro está, y pesan los prejuicios culturales. Por esta falta de movilidad en un escenario económico común existen, en parte, economías con paro casi cero y otras como España, por encima del 20%.
Pero en el fondo, lo que nos falta es tiempo. La UE ha sido algo muy reciente y el camino, como quien dice, lo acabamos de empezar a andar. Como decía hace algunos párrafos, no hace tanto que Europa se desangraba en la guerra de las guerras y apenas han pasado 20 años desde la caida del telón de acero. Hoy aquí en Berlín me siento más orgulloso que nunca de ser europeo, de nuestros valores comunes con los matices que en cada país puedan existir, de nuestra cultura y de nuestra forma de ser. Lo que hemos recorrido en 70 años es asombroso y no sería justo tirar la toalla ante la primera dificultad. Además, ¿quién dijo que sería sencillo? Desde Berlín, la increíble ciudad que ha visto cómo se cumplía todo aquello que parecía imposible, tanto por lo bueno como por lo malo, me despido por esta noche. Soñaré con nuestra Europa, un proyecto apasionante y complejo, pero que nos ha hecho mejores y que, por encima de todo, merece la pena. Al menos a mi me lo parece. Que descanséis.