jueves, 26 de julio de 2012

Vivencias - Amor y Vino

Buena Vida y Mejor Vino

El amor se parece al vino. Sí, sí, me habéis entendido bien. Me explico. Los amores jóvenes y adolescentes están cargados de pasión. Predominan los impulsos por encima de cualquier otra cosa. Casi como en los vinos jóvenes, ya sean blancos, tintos o rosados, los cuales te ofrecen un chorrazo de fruta y frescura que te cautivan desde el primer trago. Son fáciles, muy agradables y aunque puedan ser largos, no dejan el poso de los grandes caldos. Suele ocurrir, sin embargo, que según vas sabiendo más de vinos (esto es, vas avanzando en la vida), a nadie le amarga un vino joven, pero uno tiende a buscar otros matices.

Esos matices los encuentras en los crianzas. La fruta sigue presente, pero el paso por barrica le aporta aromas muy interesantes. Sigue habiendo frescura, pero mejorada por esos tostados que la madera da al vino. Con un poco de paciencia vas descubriendo que incluso el paso del tiempo va mejorando ciertos aspectos del mismo. Se requiere un poco de sensibilidad, pero no hay que ser un experto para disfrutar de un buen crianza.

Aún así, hay algunos vinos que pueden ir más allá. El paso del tiempo no sólo mejora ciertos aspectos del mismo, sino que les permiten ir ganando una maravillosa complejidad que va domando la frescura y la fruta, que no eliminándola. Los hay incluso que pueden mejorar durante 40, 50 ó 60 años, seguir creciendo en la botella con los años. Esos son los Grandes Reservas. Son muy pocos los caldos que técnicamente pueden perdurar tanto.

Para hacer un Gran Reserva se tienen que dar muchas coincidencias. Primero, que la añada sea excepcional y la uva llegue en un buen estado a la bodega. En segundo lugar, que el proceso de vinificación y extracción sea también perfecto, que las fermentaciones se hagan bien y que el proceso de crianza se lleve a cabo sin sobresaltos, en barricas buenas y apropiadas, con condiciones óptimas de luz, temperatura y sonoridad, así como que durante la estancia en botellero se mantengan las mismas. Pero aún así, cuando sale de la bodega, para que un Gran Reserva saque todo su potencial, debe ser mimado por su comprador, cuidado y conservado siguiendo ciertas pautas. Aún habiendo hecho todo bien, un Gran Reserva se puede avinagrar por un mínimo error o descuido.

Elaborar un Gran Reserva tiene más de arte que de ciencia. En el fondo es la culminación de una filosofía, de una querencia por hacer bien las cosas, de poner mucho empeño y cariño en hacer un gran vino. Pero también es una apuesta por el riesgo, porque el vino también se parece a las finanzas. Para hacer un gran producto se debe arriesgar. Por un lado, se deben podar racimos antes de que la uva madure con el riesgo que ello conlleva. Por otro, se ha de acertar con la fecha exacta de vendimia, lo que hace que muchas veces haya que cruzar los dedos rogando al Padre Bueno, a San Isidro o al patrón de turno, para que no hiele o llueva. Y luego en bodega pasa lo mismo: a un Gran Reserva no se le pasa por frío, no se le somete a ciertos procedimientos para estabilizar el producto, porque todo ello puede ir en detrimento de su calidad. Todo ello en un entorno que, lejos de ayudar, lo dificulta todo. El cambio climático cada vez hace más complicado hacer un Gran Reserva, porque cada vez cuesta más que la uva llegue en condiciones.

Puede ocurrir que una bodega decida hacer de un Gran Reserva un proceso. Es decir, que le de igual cómo venga la uva, cómo sea la añada, y someta al vino a los mismos procesos que a otro caldo cualquiera, con la única diferencia del tiempo de estancia en barrica, el cual se ciñe a lo que marque el consejo regulador de turno, sin importarles si quiera que las maderas sean las adecuadas. Entonces nos encontramos ante un Gran Reserva insípido, que se hace por hacer, pero que ni enamora a los consumidores, ni aporta nada del otro mundo.

Por todo ello se hacen muchos más vinos jóvenes y crianzas que reservas y Grandes Reservas. Bueno, y aparte de por lo expuesto, también porque no todo el mundo es capaz de apreciar un Gran Reserva. Son muy complejos, requieren paciencia, empatía y apertura de mente para apreciarlos. Los Grandes Reservas evolucionan a lo largo del tiempo. Si uno se los bebe recién salidos de la bodega, encontrará fruta. Pero si uno los deja envejecer, la fruta irá dando paso a esa complejidad tan característica que es radicalmente diferente a aquel vino que probamos cuando salió de la bodega. No todo el mundo está preparado para beberse un Gran Reserva. E incluso aunque lo esté, puede que no lo disfrute. Son muy poquitos los preparados para apreciar este tipo de vinos.

El problema es que nos educan para que nos gusten los Grandes Reservas. La cultura que nos rodea parece que nos empuja hacia el que muchas veces parece un único modelo válido y es entonces cuando vienen los problemas. Nos encontramos Grandes Reservas insípidos (esos que se hacen por hacer), o incluso vinos jóvenes o crianzas que se tratan de estirar como si fueran chicles buscando en ellos un Gran Reserva. En esos casos, lo único que puede ocurrir es que el tiempo, en lugar de mejorarlos, oxide definitivamente los vinos. De igual forma, el matrimonio puede ser un contrato, o una aventura apasionante. El primero tendrá fecha de caducidad, el segundo puede ser maravilloso, pero requiere de un esfuerzo titánico que puede llegar a buen puerto o no. Tengo inmejorables ejemplos cercanos de todo tipo. 

No, no es que me haya vuelto algo escéptico, simplemente es que asumo que los tiempos cambian y que lo importante son los valores, ser honesto con uno mismo y con los que a uno le rodean. Me niego a pensar que los caminos estén ya hechos, que el destino esté escrito, a hacer las cosas porque sí, y reniego de una moral que puede llegar a ser alienante, por cuanto hay hombres presos de la misma, en lugar de estar la primera al servicio de los segundos. Sigo aspirando a poder degustar un Gran Reserva, pero hasta que ese día llegue, si es que llega ( y si lo hace sé que será de primerísimo nivel), prometo ser feliz, beberme la vida saboreando todos y cada uno de los tragos de la misma. Lo bonito del mundo del vino es que hay uno para cada momento de la vida, del día y de las circunstancias que te acompañen. En el fondo, creo, se trata de aprovechar el momento, de disfrutarlo. Ya lo decía Horacio hace 22 siglos. El problema es que seguimos dándole vueltas.

Dedicado a mis amigos "Los Vividores", por estar siempre ahí. Amigos, buena suerte, buena vida y mejor vino.


6 comentarios:

Pedja dijo...

A mi querido amigo Ferra:

Me hablaste de esta teoría allá por Londres en una cena en casa con comida libanesa y un buen vino de Prado Rey, os lo recomiendo por cierto. Ya aquel día me encantó la idea así como a pesar de los años, las circusntancias, mi marcha a Londres o tus aventuras profesionales, o más bien tu marcha a Aranda y mis aventuras profesionales, el hecho de que aún sacáramos un tiempo para cenar y conversar.

El único pero a todo eso, es que al igual que un gran reserva es un milagro, un albariño es una bendición, un vino de toro un misterio, un blanco verdejo una salvación o un tinto mencía una esperanza al igual que aquella chica a la que no entré un aprendizaje, aquella que conocí un verano una sonrisa o la mujer de mi vida la razón de ser. El vino, la vida o las mujeres, así como otras muchas realidades son experiencias, es vida, no estamos muertos, vive y disfruta y ayuda, es apasionante, nos vemos en breve, un abrazo y gracias.

Fernando dijo...

Pedro, qué grande eres!!! Qué gran recuerdo guardo de aquel día en el que, pese a lo mucho que me dolía el alma, fuiste capaz de hacerme reír sin parar. AMIGO con mayúsculas, eso es lo que eres.

Toda metáfora tiene sus puntos débiles, está claro, pero creo que estamos de acuerdo en la esencia. Hay que disfrutar de todos los buenos vinos que la vida te da la oportunidad de catar aprovechando el momento. El buen vino gana con el tiempo pero no hay que obsesionarse con ello. Carpe diem!

FAH dijo...

Yo en este blog y sus comentaristas sólo encuentro GRANDES RESERVAS, y a ello me acostumbro... Abrazo.

Arturo dijo...

Imposible explicar con mejores palabras por qué soy fan del Roble. Fuerte abrazo! (por cierto, hoy es el cumpleaños de la María mencionada en tu anterior post...;)

Fernando dijo...

Grande, Paco! Tu blog si que es Gran Reserva, Sir! A ver si cuando venga Pedja os hago una cata vertical de Grandes Reservas en PradoRey. Vais a alucinar! Un fuerte abrazo

Fernando dijo...

¡Bro! Mil gracias por pasarte!!! Yo creo que das con la clave. Lo importante es disfrutar con el vino que a uno le hace feliz, sin mayor pretensión que pasar por esta vida siendo honesto y coherente con uno mismo y con la gente que le rodea. Y, eso sí, bebiéndosela de un trago.

Un fuerte abrazo

PD: Debo estar espeso. No caigo en lo de María..