sábado, 16 de noviembre de 2013

Vivencias - China, el despertar del gigante

Algunos Pensamientos

Cuando éramos pequeños, en el colegio, siempre recuerdo que en las clases de historia se nos presentaba un mapa del mundo en el que Europa ocupaba el centro del mismo. Así era y así ha seguido siendo siempre. La tradicional visión eurocéntrica de antaño venía justificada, de alguna forma, porque nuestro continente había sido y era la cuna de la cultura y de la llamada "civilización" que en los tiempos de la Ilustración se abrazó como la auténtica. Y aunque esta visión del mundo pudiera resultar sesgada - de facto lo era- tenía un pase, por cuanto la vieja Europa había sido el motor del desarrollo económico, humano y social durante siglos. 

Sí, nuestro continente, una vez superadas las tinieblas de la Edad Media, se convirtió en el referente mundial. El Renacimiento cultural e intelectual iniciado en el siglo XV puso los primeros pasos para que Europa se convirtiera durante muchísimo tiempo en la primera potencia de su época. Aquello sentó las bases para un desarrollo técnico e intelectual que, no sólo le permitieron dominar el mundo, sino que derivó en una mejora de la calidad de vida (y por ende en un incremento demográfico) consecuencia del desarrollo de la medicina, así cómo de una mejora paulatina de la productividad que tuvo su explosión definitiva siglos más tarde en la Revolución Industrial, Ilustración mediante. En paralelo, la caída de la sociedad feudal y el desarrollo de la burguesía, dio poco a poco a una colectividad menos desigual, lo que sin duda también permitió que Europa avanzara mucho más rápido que otros países y regiones. Como siempre me gusta explicar, una economía crece, bien porque tenga más recursos (entre ellos los humanos), bien porque los emplee mejor (fruto de la formación de Capital Humano y de la creación de Capital Bruto). Europa lo tenía todo y de ello se ha aprovechado casi hasta nuestros días, porque aunque perdiera cierta hegemonía en favor de EEUU tras las Guerras Mundiales, lo cierto es que nunca dejó de ser influyente y poderosa.

Pero los tiempos han cambiado. Europa ha paliado su estancamiento demográfico vía inmigración durante unos años, pero ahora que el desempleo abunda, muchos son los que desandan el camino. Poco a poco, además, ha ido perdiendo productividad. Europa ni ya acumula recursos (ni humanos, ni naturales), ni tampoco lidera la innovación. Pocas de sus Universidades están entre las mejores del mundo y ve como muchos de sus talentos emigran en pos de nuevas oportunidades. Europa se encuentra en la encrucijada, porque en este nuevo escenario aún no sabe hacia dónde quiere ir, si hacia un modelo de devaluación interna que permita competir en costes, como parece que nos quieren obligar a los países del sur, o hacia un modelo como el Alemán, dónde pese a las contenciones salariales, nos encontramos con un país especialista en exportar bienes de equipo con valor añadido. Y en ese contexto, surge la nueva Asia, liderada por una China que parece dispuesta a comerse el mundo.

Sí, el jueves por la noche a última hora volví de China, dónde he estado trabajando los últimos 8 días. Como el año pasado, lo vivido ha sido un auténtico revolcón. Cuando uno está allí, no deja de sentirse un poco sobrecogido ante la impresión de que uno está siendo testigo de uno de los cambios más impresionantes de la historia de la humanidad. No sólo por su magnitud, sino también por su velocidad. Quiénes conocían China hace 10 años, dicen que lo que hoy se puede ver allí, en nada se parece a lo de hace apenas una década. Vayas dónde vayas, todo está en ebullición. Este año me han tocado Shanghai, Ningbo, Yiwu, Hangzhou, Jinhua y Lishui, y la sensación es idéntica: el gigánte asiático despierta y lo hace con toda la pinta de que no va a retroceder.

Hoy China tiene más de 1.300 millones de habitantes, cifra que es 2,6 veces superior a los 500 millones de la Unión Europea, lo que le ha permitido consolidarse como la fábrica del mundo. Su mano de obra barata le permitió, desde la década de los 90, ser destino de factorías deslocalizadas procedentes de todas partes del planeta gracias a lo barato que resultaba fabricar allí. Con el tiempo, China no se ha conformado con ello y hoy está demostrando, además, una capacidad asombrosa para acercarse a la frontera tecnológica absorbiendo el know-how creado por otros. Es decir, China, hasta la fecha, no innova, pero cada vez tarda menos en copiar y adaptar los últimos avances generados en otras economías. El resultado de ambas circunstancias, ha llevado al país a un crecimiento económico brutal que ha tirado, incluso, del crecimiento global durante estos años de crisis. Hoy buena parte de la sociedad china, por primera vez en su historia, tiene algo que perder. La gente, al menos en las ciudades, come, tiene coches, puede permitirse cierto ocio y ha visto como su calidad de vida ha mejorado notablemente.

Pero China tiene también importantes retos que afrontar. El primero de ellos es el de la desigualdad. En el gigante asiático conviven personas muy, muy ricas, mucho más ricas de lo que nos podríamos imaginar, con otras que aún siguen siendo extremadamente pobres, sobre todo en las áreas rurales. El proceso de apertura de China está dando lugar a una rara economía de mercado dónde en ciertas esferas hay más un oligopolio que una verdadera libertad económica. Pero no sólo ello, como también reconoce el gobierno del país, la corrupción sigue siendo un gran problema que incide, sin lugar a dudas, en una ineficiente asignación de recursos que ahonda en las desigualdades. Otro de los grandes retos que debe afrontar China es el medioambiental, el cual también comienza a ser una prioridad para Xi Jinping, actual presidente del país. La ausencia de libertades o la defensa de los derechos humanos (si bien parece que también se van a dar pasos a tenor de lo publicado en prensa estos días), no son cuestiones menores. Sin embargo, el desafío más importante por afrontar, sin lugar a dudas, es el del próximo paso en el desarrollo económico para que la sociedad no colapse.

A China le empieza a pasar como a otros países que comenzaron el camino del crecimiento económico vía exportaciones con mano de obra barata. En cuanto mejoran las condiciones económicas del país y los salarios mejoran también, se deja de ser competitivo. China comienza a ver cómo hay algunos fabricantes textiles que han abandonado sus fábricas porque ya no es un destino tan atractivo para llevar allí determinadas tareas. Hasta en ello el país ha comenzado a ponerse las pilas. Dentro de los nuevos retos afrontados por el gobierno, se ha fijado como doble objetivo la inversión, de tal manera que China no sólo imite, sino que innove y sea capaz de exportar bienes de valor añadido, así como una mejora de la renta per cápita que anime el consumo privado en paralelo. Además, se siguen dando pasos hacia la liberalización de su economía, reconociendo cada vez más la importancia del mercado, siempre de la mano del estado, aunque cada vez menos. 

En ello están, y yo creo que lo van a conseguir. China manda a sus mejores estudiantes a las mejores universidades, con la particularidad de que la mayoría luego vuelven, o al menos nunca dejan del todo el país. En paralelo ya es el primer país del mundo en ingenieros licenciados cada año y sus inversiones en I+D+i son cada vez mayores. En el año 2011, tras 6 años consecutivos creciendo dicha partida por encima del 20%, este concepto ya suponía el 1,84% del total de su PIB, cerca del 2,01% de toda la UE, lo que le consolidó tras EEUU como la segunda potencia mundial en este aspecto en términos absolutos. Cabe recordar que en el año 2009, China ya era responsable del 12,2% de las inversiones mundiales en I+D+i, así como que éstas, en el año 2007, ya eran equivalentes al 50% del total de inversiones en dicha materia de toda la UE.

Pero este fenómeno Chino, no es el único en Asia. Lo que está pasando en países como Corea del Sur, Singapur, Tailandia, Vietnam o la India (pese a su frenazo del último año) hace prever un cambio en la visión del mundo, desde Eurocéntrica a Asiacéntrica, y ello no tiene por qué ser necesariamente malo si Europa sabe aprovechar sus oportunidades. El desarrollo de una nueva clase pudiente en Asia va a permitir a las empresas abarcar nuevos mercados abismales en los que va a poder vender sus productos de mayor valor añadido. El Chino, como la mayoría de los Asiáticos, tienen un componente aspiracional en su consumo de productos europeos. Reinventarse o morir en este caso. A nuestras empresas no les va a quedar más remedio que coger la maleta y salir a conquistar el mercado asiático, lo que va a requerir grandes dosis de paciencia e inversión. El cambio es imparable, o al menos eso creo. La ventaja, como he repetido aquí varias veces, es que la vieja Europa siempre ha sabido levantarse. Y creo que esta vez también será así. El reto es apasionante. Al menos a mi así me lo parece.