sábado, 8 de febrero de 2014

Economía - Mitos y Realidades sobre la Pobreza y la Desigualdad

Algunas Ideas

Hace unos días mi buen amigo Andrés Cruz me hacía llegar un interesante artículo del profesor Juan Ramón Rallo (Universidad Rey Juan Carlos) en el que daba la réplica al reciente informe de Oxfam titulado en su versión castellana "Gobernar para las Élites", publicado apenas unos días antes del último Foro de Davos. De entrada explicar que soy socio de Intermon Oxfam desde hace ya diez años, así como también que me gusta mucho leer al profesor Rallo. Aunque a menudo encuentre matices en sus opiniones o directamente discrepe con él, la realidad es que me parece un estupendo académico cuya importancia lleva un tiempo traspasando nuestras fronteras. Y al final, el debate sobre las ideas siempre me ha parecido enriquecedor. Tampoco estoy siempre de acuerdo con los estudios de Oxfam, los cuales creo que en ocasiones dejan titulares demasiado sensacionalistas, pero me parece que su contrapunto y visión es más que necesaria en un mundo en el que los más desfavorecidos rara vez tiene voz y voto.

"Gobernar para las Élites" incide en muchas de las ideas que Stiglitz ha venido defendiendo desde la publicación de su libro "The price of inequality". De acuerdo con Oxfam, la desigualdad económica crece rápidamente en la mayoría de los países, de tal forma que casi la mitad de la riqueza mundial se encuentra en manos del 1% de la población. El informe incluso va más allá al señalar que la riqueza de ese 1% asciende a los 110 billones de $, cifra 65 veces superior a la de la mitad más pobre de la población mundial, así como que 7 de cada 10 personas viven en un país en el que la desigualdad económica ha aumentado en los últimos 30 años. Además, se señala el caso de EEUU, dónde tras el crack del año 2008, el 1% más pudiente ha acumulado el 95% de la riqueza generada desde entonces, mientras que el 90% más pobre ha visto empeorar su posición de partida. En cualquier caso, el informe también hace referencia a países considerados como modélicos, como los nórdicos, e incluso a varios de los emergentes

Para Oxfam, el peligro de la desigualdad reside, no sólo en el mero impacto económico directo sobre las personas, sino en la posibilidad de fragmentación de la sociedad, de que se genere un monopolio de oportunidades para las clases más altas, mientras se condena a la pobreza a las que hasta no hace tanto eran clases medias. Además, se señala la relación existente entre la desigualdad extrema y el "secuestro de los procesos democráticos" por parte de las élites.

El informe termina dando una serie de recomendaciones, tales como la eliminación de los paraísos fiscales, una mayor trasparencia en la financiación de los partidos políticos, así como una mayor rendición de cuentas de quiénes nos gobiernan, exigencia de una mayor responsabilidad social a las empresas, el respaldo a una fiscalidad progresiva y, por supuesto, el mantenimiento de determinados logros sociales que ahora están en jaque, como la sanidad y la educación universal. Oxfam, finalmente, reclama más gobierno para poner freno a determinadas prácticas de algunas empresas.

Para el profesor Rallo, sin embargo, Oxfam no entiende cómo se genera la riqueza ni la pobreza. Afirma que la inmensa mayoría de las rentas no proceden de los recursos materiales, sino del uso que se hace con ellos, lo cual depende mucho más de una organización inteligente de aquellos que de su disponibilidad. Apunta, y en esto no le falta razón, que no hay "empresa" que disponga de más recursos que el estado, pero que pese a ello es incapaz de generar la riqueza que por ejemplo ha generado Apple o Google, las cuales nacieron en un garaje y sin apenas medios. Al final es el talento el principal recurso y en tanto en cuánto éste genere ideas, productos y servicios de valor añadido para el consumidor, se generará riqueza. 

La buena noticia, por lo tanto, y de acuerdo con el profesor Rallo, es que el éxito empresarial, o la generación de riqueza no depende tanto de la acumulación de recursos como de la creación de sistemas de organización de éstos que generen valor añadido, y para ello, lo que hace falta es que el estado mejore el funcionamiento de los mercados interviniendo lo menos posible. La manera de progresar económicamente en la sociedad global puede hacerse por tres vías: creando dichos sistemas empresariales, financiando a éstos (comprando acciones, bonos, contratando fondos en bancos, etc., vía ahorro) o proporcionando recursos a los mismos (bienes o servicios,mano de obra, etc). De acuerdo con ello, no es extraño que las personas más ricas sean aquellas que han creado sistemas empresariales exitosos o incluso que las hayan financiado durante sus orígenes. En las economías abiertas, dónde se genera un clima propicio para la creación de empresas, siempre según el profesor Rallo, las sociedades progresan y el enriquecimiento es colectivo, aún cuando siempre exista cierta desigualdad. 

En lo que a los pobres se refiere, señala Juan Ramón Rallo que la inmensa mayoría de ellos viven en zonas cuyo marco institucional es hostil a la creación de sistemas empresariales, con un escaso reparto de la propiedad privada y con gobiernos corruptos que abocan a la población a la mera autosubsistencia o a mercados locales. De acuerdo con otros trabajos del profesor Rallo, la globalización está acabando con este problema, ya que haciendo alusión a un informe de Branko Milanovic, analista del Banco Mundial, señala que gracias a la misma, los llamados pobres absolutos, aquellos que viven con menos de 1,25 $ al día, han bajado del 44% al 23% del total. Es más, el 50% más pobre ha visto cómo su renta ha mejorado en los últimos años hasta un 80%. Para Rallo, lo que hace falta, en consecuencia, es más mercado y menos gobierno.

Asumo que estamos ante un debate en el que los puntos de encuentro son difíciles, pero no por ello me gustaría dejar de aportar algunas ideas propias, así como algunos datos para que cada uno pueda sacar sus propias impresiones. 

Tenemos que entender cómo funcionan los mercados. Éstos no son entes perversos que toman decisiones por sí mismos, como tampoco tienen cualidades humanas. No son ni buenos ni malos, sino meros mecanismos que determinan una asignación de los recursos de los que se disponen en un sistema económico. Sus equilibrios vienen determinados por la oferta y la demanda, la cual está respaldada por personas, empresas y agentes económicos a través de sus propias decisiones de compra o inversión. De acuerdo con la teoría clásica, cuando en un mercado perfecto se maximiza el beneficio, toda la sociedad se ve favorecida en su conjunto, por cuanto el equilibrio alcanzado permite una asignación óptima de los recursos del sistema. 

Ocurre que los mercados no son perfectos por muchas razones. En primer lugar, porque la información es asimétrica. En el momento que los agentes que participan en un mercado no disponen de toda la información, su decisión económica no puede ser la óptima. En segundo lugar, por el llamado concepto de racionalidad limitada. Aunque los agentes dispusieran de toda la información, su capacidad de asimilarla en su conjunto es limitada. En tercer lugar, porque existe el llamado efecto riqueza. Es decir, las personas somos ambiciosas, siempre queremos más, y cuando tenemos la percepción de que nuestra renta mejora, tendemos a gastar más de lo que en teoría necesitamos, por lo que los mercados se distorsionan, en el sentido de que el precio de equilibrio de determinados bienes se ve alterado por una demanda superior que impide alcanzar el óptimo. En cuarto lugar, porque las personas y empresas tienden a tener comportamientos oportunistas. La asimetría de los mercados permite dichos comportamientos. No me canso de decir que Adam Smith fue profesor de ética, y que si los agentes económicas no se comportan según la misma, es imposible alcanzar un óptimo social. Por último, porque las imperfecciones de los mercados generan externalidades, que hacen que el óptimo económico no se alinee con el óptimo social. Es decir, volvamos a la teoría clásica: si cuando la empresa maximiza sus beneficios, la sociedad también alcanza un óptimo, entonces podemos concluir que ambos aspectos están alineados. Hoy en día eso no ocurre. Pongo un ejemplo muy extremo: imaginemos una empresa deslocalizada en un país en vías de desarrollo, que se aprovecha de una legislación muy laxa en materia de derechos humanos y medio ambiente, la cual contamina mucho y contrata a niños. Dicha compañía se puede estar forrando, incluso aunque pague sus impuestos de forma religiosa, pero está generando un problema a las comunidades locales dónde se ubica su actividad, ya que evita que los niños se estén formando y hace que todos los ciudadanos y gobiernos tengan que invertir mucho más dinero en sanidad para paliar los efectos perniciosos de la contaminación. La empresa, en este caso, traslada parte de los costes que genera a la sociedad y obtiene un mayor beneficio económico del que le correspondería.

Como se asume que los mercados no son perfectos, la teoría clásica ha aceptado como aproximación que la empresa sustituye a los agentes en los mismos. Al final la figura del empresario es la de una persona que organiza y coordina recursos para desarrollar una actividad productiva que satisfaga las necesidades de una colectividad. A través de la misma se entiende que reduce la incertidumbre de los mercados, por cuanto minimiza las transacciones que tendrían que realizarse si la actividad se llevase a cabo en aquellos. De esta forma se ha postulado que la maximización del beneficio de las empresas lleva a la sociedad a una especie de lo que los economistas llamamos "óptimo de Pareto", en el cual el conjunto de la sociedad como minimo no empeora su situación inicial. Como Stiglitz demostró en su día, y dicho trabajo le valió el Nobel, los mercados tienden a alcanzar equilibrios que no cumplen esta premisa, en los cuales muchas personas se ven perjudicadas respecto a su punto de partida.

Es entonces cuando aparece la figura de los gobiernos. Se supone, y de ello en parte va el Contrato Social, que es a nuestros dirigentes a quiénes corresponde fijar las reglas del juego para, primero, generar un esquema propicio que favorezca el desarrollo de un sistema empresarial (en esto tiene razón el profesor Rallo. Los países más pobres son hostiles al mismol). Para ello es preciso que haya seguridad jurídica (cuestión que tampoco es nada sencilla en los países más pobres). Y segundo, garantizar una igualdad de oportunidades a las personas y a las empresas por dos vías, reequilibrando las rentas vía impuestos y proporcionando a la colectividad ciertos servicios que por interés general no se deben dejar en manos del sector privado (al menos en su totalidad), como pueden ser sanidad y educación, por ejemplo. También deberían garantizar una competencia perfecta en los mercados, o al menos deberían tender a ello.

Sin embargo, a nadie se le escapa, que nuestros gobiernos son agentes económicos de por sí, y lo que es peor, toman sus propias decisiones pervirtiendo aún más el funcionamiento de los mercados, ya que las personas que forman parte de los gobiernos siguen teniendo sus propios intereses. A veces ocultos y obscenos. Por ejemplo, la financiación de los partidos políticos sigue siendo una caja negra. Para seguir, y poniendo un ejemplo cercano, me faltan dedos de la mano para contar todos los ex cargos públicos españoles que han terminado, tras su carrera política, en empresas vinculadas a los oligopolios que aún quedan en nuestro país (telecomunicaciones o compañías relacionadas con el sector energético), o en bancos a los que sus partidos adeudan importantes cantidades. De igual forma, la corrupción y el enriquecimiento ilícito de todos los chupocteros que revolotean en torno al poder, pervierten el funcionamiento del sistema y lo hacen inviable.

Así pues, estamos "jodidos", con perdón de la expresión. Como los mercados son imperfectos, los equilibrios que se generan no son eficientes y ello genera, sin dudas, desigualdades. Y los gobiernos, a menudo, lejos de resolverlas, las agrandan por sus decisiones interesadas. Si la solución, como apunta el profesor Rallo, es más mercado y menos gobierno, entonces la receta es mayor responsabilidad por parte de ciudadanos y empresas en todas y cada una de sus decisiones económicas, pero me temo que no estamos en ese punto. Los países pobres no desarrollan auténticos mercados porque siguen existiendo muchas multinacionales que se aprovechan de situaciones penosas en cuanto a legislación se refiere y permiten perpetuar sistemas políticos corruptos que favorecen a sus intereses económicos.
Si la receta es más gobierno, como apunta Oxfam, me temo que tenemos un problema a la luz de los dirigentes que tenemos en la actualidad. 

El progreso de la sociedad es también moral, y creo que todos coincidimos que esta crisis económica lleva consigo una crisis de valores aún mayor. Necesitamos una regeneración moral. El problema no es tanto del sistema, como de los comportamientos de las personas que participan en el mismo. Y aquí entran empresas, gobiernos y ciudadanos de a pie. Nos olvidamos que con nuestras decisiones de económicas también hacemos democracia.

Últimos apuntes: uno, un poco de desigualdad no es malo. Al contrario. La propia Oxfam lo señala, ya que incentiva el progreso y el afán de superación de las personas. Lo grave es lo que señalaba hace unos párrafos: el que no haya las mismas oportunidades de progresar para todo el mundo. Dos, curiosamente, y a la luz de los datos, señalar que los recortes del gasto público que señala Oxfam en su informe, han incidido en la desigualdad, obviamente, pero que no han sido los principales causantes del crecimiento de la misma en los últimos años en los países de la OCDE. Tomando los datos del Coeficiente de Gini, vemos como los números empeoraron a mayor velocidad durante el período 2008 - 2010 que a partir de dicho año (que fue cuando comenzaron los recortes). Dicho de otra forma, la crisis ha generado una destrucción de riqueza tan asimétrica, que han pesado mucho más las imperfecciones de los mercados que las decisiones de los propios gobiernos. En cualquier caso, el valor de dicho coeficiente empieza a alcanzar valores más que preocupantes en nuestro país. Tercero, pese a este segundo punto, conviene aclarar que en la mayoría de estudios acerca de la riqueza, el estado de bienestar no computa como parte de la misma. Es decir, que la sanidad y educación que recibimos de forma gratuita, se excluyen del cálculo. Una persona que gana 15.000 euros en España, paga más de 9.000 euros anuales entre tributos y Seguridad Social a cambio de recibir dichos servicios. Si se incluyera dicha renta en el cálculo de la riqueza, el reparto de la misma sería muy diferente a los titulares del informe de Oxfam. Cuarto, y en relación a este punto, dándole la vuelta a la tortilla: si ahora pagamos más impuestos y recibimos menos a cambio, aunque se tenga en cuenta en el cómputo de la riqueza la sanidad y la educación gratuita, las desigualdades tenderán a aumentar más aún.

Termino con una idea que siempre he querido transmitir en las ponencias que me han invitado a dar: dejando al margen esta coyuntura tan convulsa, desde principios de los 90 hasta el año 2007, las empresas han vivido casi dos décadas de beneficios record aprovechándose de las bondades de la globalización y la internacionalización de la economía. Parece obvio, pese a los datos del banco mundial y a la luz de los centenares de millones de pobres que sigue habiendo en el planeta, que a unos pocos les sigue yendo mucho mejor que a la mayoría. Ello, por encima de un problema económico, es un problema moral.Y eso si que es terrible.

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