sábado, 22 de febrero de 2014

Teatro - Juan Dávila y la Capital del Pecado

Un plan estupendo

Ayer volvía a Madrid, tengo que reconocerlo, más bien cabreado. Iracundo incluso. Hay semanas en las que las cosas no te salen y te hartas, llegando al fin de semana como los ciclistas cuando encaran la cima del Alpe d´Huez, haciendo la goma. Por el camino venía pensando en el post que iba a escribir hoy, despotricando contra todos aquellos que hacen de la labor del empresario algo quimérico en los tiempos que corren. Sí, bajaba rabioso, he de reconocerlo. Afortunadamente, Dios escribe derecho con renglones torcidos.

Juan López Fernández, artísticamente conocido como Juan Dávila, y Juanlo para los amigos durante muchos años, se puso en contacto conmigo hace unas semanas para ver qué tal me iba todo y para decirme que iba a estar actuando en Gran Vía durante un tiempo, concretamente en la Chocita del Loro. No me lo pensé. Tenía que ir a verle.

Juan y yo fuimos inseparables durante muchos años en el colegio. Estuvimos en la misma clase desde Párvulos hasta Sexto de EGB y en algunos cursos de BUP, pero lo que fraguó nuestra amistad fue el fútbol. Tal vez ninguno de los dos éramos los más talentosos de nuestra quinta, pero creo que sí que éramos a los que más nos gustaba el deporte rey, los que siempre íbamos a entrenar, lloviese, nevase o tronase para desesperación de nuestras madres cuando llegábamos de vuelta a casa con las botas llenas de barro. Fuimos compartiendo equipo en todas las categorías, y cuando llegamos a cadetes, siempre nos subían a jugar a los dos con los mayores. Si había algún torneo de fuera de Madrid, compartíamos habitación. Si había que ir a entrenar en agosto antes de que empezaran las clases, ahí que estábamos ambos. Al llegar a COU, a Juan le fichó un equipo de Tercera División, haciendo carrera en dicha categoría. Por mi parte, entre mis fantasmas y con dos operaciones de rodilla a los 18 años, me tuve que conformar con jugar un poco más abajo, en Primera Regional. Siempre pensé que a Juan le faltó un puntito de suerte para haber sido profesional, el mero hecho de que alguien le hubiera dado una oportunidad un poquito más arriba. Porque Juan, además de calidad, tenía tres cosas que son las que marcan las diferencias en esta vida: tenacidad para luchar por sus sueños, espíritu de sacrificio y una capacidad ilimitada para competir con cualquiera. Nunca bajaba los brazos, nunca se arrugaba ante nadie.

Poco a poco fuimos perdiendo el contacto. Nos veíamos de vez en cuando, en alguna fiesta del cole, en alguna reunión de Antiguos Alumnos, o porque coincidíamos mi grupo de amigos y el suyo de entonces en algún lugar. Pese a todo, todos los lunes miraba en el Marca la crónica de la Tercera División Madrileña para saber de sus hazañas, si había jugado o no, si decían algo suyo. Me sentía muy orgulloso de él, aunque fuera a cierta distancia. Un día que nos encontramos me comentó que había descubierto el Teatro. Se le iluminaban los ojos al hablar de ello, como cuando salíamos juntos a entrenar con los mayores o a jugar el partido de cada fin de semana. Nunca me imaginé que pudiera llegar a dónde lo está haciendo ahora, pero sabía que sería muy bueno. Porque para Juan nunca hubo reto demasiado grande que afrontar.

Cuando me fui a trabajar a la bodega, durante un tiempo le perdí la pista del todo. Gracias a Buby, un buen amigo común, supe que una lesión de rodilla le retiró del fútbol, que sacó una oposición para policía municipal en Alcobendas y que se había pedido una excedencia para tratar de vivir de su sueño: el teatro. Las redes sociales hicieron posible nuestro reencuentro "virtual" hace un par de años y me hacía mucha ilusión verle en la Paramount o en vídeos de sus actuaciones  colgados en Youtube. Desgraciadamente, entre unas cosas y otras, hasta ayer no había tenido la oportunidad de verle en directo.

Así pues, como decía al principio, ayer bajaba yo a Madrid cabreado como una mona. Estresado. Hasta que entré en la sala y comenzó el espectáculo. Lloré de la risa. Haciendo un viaje por los pecados capitales, Juan hizo una magnífica descripción en clave de humor de las miserias y bondades humanas. Interactuando con el público, teniendo capacidad de improvisación cuando era necesario y con una ilusión desbordante,  logró que todos los que estábamos en la Chocita del Loro lo pasáramos en grande.

Sin ser un experto en arte dramático, sí que creo que lo que diferencia a los buenos actores es su capacidad de transmitir. El punto álgido de la noche fue aquel en el que Juan se desnudó y con una naturalidad pasmosa contó una experiencia que para él fue especialmente dolorosa con un sentido del humor digno de los mejores. Los pelos de punta y la lágrima de la risa de nuevo, todo a la vez. Hay que ser muy grande para hacer algo así. En el fondo fue como retroceder en el tiempo. El Juan que estaba en el escenario, sin ningún tipo de complejos, era el mismo que jugaba conmigo al fútbol y lo daba todo, el mismo que ponía el corazón en todo lo que hacía, el hombre feliz que siempre ha sido por haber hecho lo que realmente quería hacer en su vida. Juan está viviendo de su sueño y eso cala. Me lo pasé estupendamente, pero sobre todo salí emocionado por todo lo que la Capital del Pecado me transmitió y por ver a mi amigo Juan hacer algo así.

Al finalizar la obra tuve la oportunidad de darle un abrazo y tomarme algo con él. Fue como si no hubiera pasado el tiempo. El mismo Juan con el que lloraba de la risa en el colegio cuando nos inventábamos un "himno" de la clase en Primero de BUP, o cuando nos castigaban por cantar Barricada a escondidas en medio de una lección magistral de Lengua con una pobre profesora sustituta que no sabía si reír o llorar con ambos. Y por supuesto, con el que disfrutaba en todos y en cada uno de los partidos que jugamos juntos. Juan es auténtico, no tiene vuelta de hoja y disfruta con lo que hace. Creo que por eso le está yendo tan bien. Y creo que por eso mismo llegará, como siempre, hasta dónde se proponga. Siempre le he admirado y siempre le admiraré.

Desde ayer, Juan, tienes un nuevo fan que te va a seguir a todas partes. Y en paralelo tenemos pendiente esa caña para ponernos de nuevo al día. Esta vez para no volvernos a alejarnos. Eres muy grande. Gracias por tanto. Por lo vivido y por lo que nos queda por vivir.

PD: Hoy no queda ni rastro de mi cabreo de ayer. No hay mejor terapia que la risa. Gracias a Javi y a Buby  también por la parte que les toca. ;-)









































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