sábado, 25 de agosto de 2012

Sociedad - Economía y Ética

Algunas Ideas

Una de las paradojas que nos deja esta actual coyuntura, en la que yo creo que todos coincidimos en que se han perdido los valores y la vergüenza en nuestro sistema productivo y financiero, es que el padre de la economía, al menos en su concepción más moderna, Adam Smith, fue en realidad profesor de Ética. Conviene traerlo a colación, ya que a menudo se tiende, desde la más pura ignorancia, a equiparar su visión sobre la maximización del beneficio con este escenario de avaricia desmedida y cortoplacismo que vivimos.

Porque para Adam Smith y, como siempre, simplificando mucho, cuando los agentes participantes en un mercado perfecto actúan buscando maximizar su beneficio, se llega a una asignación óptima de los recursos que termina beneficiando al conjunto de la sociedad. Esto requiere una cierta explicación para que pueda ser entendido, así que voy a tratar de ser didáctico para que todo el mundo me pueda seguir. 

Imaginemos una sociedad, en la que hay recursos naturales, mano de obra disponible y una población que, obviamente, necesita consumir para sobrevivir. En un mercado perfecto, la oferta y la demanda guiarían la actividad económica, porque la información sería perfecta, completa y estaría al alcance de todo el mundo. De esta forma, por ejemplo, no habría paro, ya que, si en esa sociedad hicieran falta recolectores de manzanas y sobrasen sastres, las personas se moverían de una actividad a otra. Si los productores de manzanas supieran que hacen falta 100 manzanas y no 200, el precio de la transacción sería también el considerado óptimo, ya que producirían las 100 manzanas justas. En esta sociedad, por lo tanto, nadie sería mucho más rico que el resto, ya que los precios de mercado (incluidos los salarios) serían acordes al nivel de renta de la ciudadanía, no habría especulación como tampoco habría burbujas. En este escenario, toda la sociedad, efectivamente, se beneficia.

En este mercado tan perfecto, no harían falta las empresas, como tampoco habría precios públicos de venta, ya que éstos se fijarían sobre la marcha en función de la oferta y la demanda, y la información fluiría sin restricciones estando al alcance de todos. En este escenario, la gente no es oportunista, no es egoísta, y piensa en el bien común, asumiendo que el progreso de la sociedad incide también en el desarrollo propio. De esto hablaba Adam Smith.

Ocurre que las cosas no son tan sencillas. Nuestro entornos se mueven siempre en el filo de la incertidumbre y la realidad tiende a ser extremadamente compleja. En ese escenario aparecen las empresas, las cuales, en el fondo, no dejan de ser un marco de múltiples relaciones contractuales. ¿Para qué se firman los contratos? Obviamente para reducir la incertidumbre. Aquí hay un empresario que cree detectar una necesidad y busca, a través de su compañía, satisfacer la misma. Para ello, contrata empleados, no temporalmente, como ocurriría en un mercado perfecto, sino a través de relaciones laborales fijas. Como no sabe realmente cómo va a evolucionar la economía, pacta un salario con el trabajador, el cual también lo acepta, ya que de otra forma nadie le garantiza que más adelante vaya a tener un empleo. Es posible que sí, y que ganara más, pero ante la duda, éste también decide reducir su propia incertidumbre.

En el mercado perfecto, cada agente se encarga de llevar a cabo una tarea, pero en este nuevo escenario, la compañía trata de abarcar varias tareas de la cadena de valor de forma simultánea, de nuevo para reducir la incertidumbre. El empresario sabe que realizar esas actividades le van a costar unos miles de euros en forma de salarios, otros miles de euros en forma de suministros y otros miles de euros en costes indirectos, resultando al final un coste unitario X para cada output que produce. Ello le permite fijar unos precios de antemano de nuevo para reducir la incertidumbre. El cliente, también tiende a aceptarlos, porque no tiene manera de saber si aquellos son justos o no, pero ante la posibilidad de que finalmente tenga que pagar más por un bien o un servicio si fuera al mercado puro y duro, acepta esa referencia una vez más para reducir su incertidumbre. La competencia aquí es buena, ya que cuantas más compañías se dediquen a una misma actividad, la información disponible para todos los agentes del sistema aumenta, lo que debería repercutir en una mejor asignación de los recursos.

En este escenario el estado debe intervenir en la economía por tres razones básicas. En primer lugar, para desarrollar un sistema jurídico justo. Es decir, que garantice el cumplimiento escrupuloso de los derechos humanos más elementales. En segundo lugar, para definir claramente las reglas del juego, lo que implica definir bien también los derechos de propiedad. De otra forma el mercado no puede funcionar, porque no existirían garantías jurídicas para los partícipes en el mismo. En tercer y último lugar, para proveer a la colectividad de aquellos bienes y servicios de interés general cuya provisión no debe dejarse al libre albedrío del mercado.Hablamos de la educación o la sanidad, por ejemplo. Pese a las imperfecciones que tendría este modelo, pese a las externalidades presentes en el mismo que impedirían llegar al óptimo a la sociedad, siempre se ha considerado que la empresa podía ser un buen sustituto de los agentes y que ésta, aspirando a maximizar su beneficio, podía repercutir positivamente en toda la sociedad. En el fondo es razonable: si una compañia va bien, debería crear más puestos de trabajo, pagar más impuestos, mejores salarios y ser generadora de riqueza para la sociedad. Para ello, hay que asumir de nuevo que todas las personas que participan en el sistema económico lo hacen pensando tanto en el beneficio propio como en el bien común, se comportan con decencia y valores y pensando a largo plazo. 

Ocurre que, como suele suceder, la realidad es mucho más compleja que el marco teórico. Hace no tantos años, las empresas estaban dirigidas por sus propios dueños y la mayoría eran corporaciones más bien locales, a lo sumo nacionales. La internacionalización de la economía y las asimetrías del mercado (poder, información, etc.), han favorecido la expansión de determinadas compañías hasta límites insospechados hace apenas unas décadas. Hoy en día las empresas que "parten el bacalao" tienes decenas de miles de dueños anónimos, llamados accionistas, los cuales contratan a profesionales de la dirección y gestión para que guían las mismas. Pese a todos los esfuerzos que se han hecho por acotar el desempeño de estos tecnócratas, lo cierto es que es complicado que éstos no estén tentados de buscar sus propios réditos antes que los del accionista (Teoría de la Agencia), ya que estos ejecutivos suelen estar de paso en las compañías, y bajo el argumento de la maximización del beneficio, llevan a cabo maniobras maquiavélicas que no hacen sino destruir valor a medio y largo plazo, ya no sólo para los accionistas, sino para el cojunto de los stakeholders que participan en la compañía. Cuando la compañía es un Lehman Brothers, un AIG o cualquiera de los bancos que han caído durante esta crisis, el cataclismo es de órdago a la grande.

Pero las cosas aún pueden complicarse más. Si existen empresas como las descritas en el párrafo anterior (too big to fall) es, en el fondo, porque se han aprovechado de las múltiples externalidades que existen en el mercado (acepto las críticas en este punto, pero de nuevo simplifico la realidad. Lo siento, yo no creo en las famosas "Hedge Fund", por ejemplo. Creo más bien que existe información privilegiada y un uso partidista de la misma, que no todos competimos en igualdad de condiciones). Hoy en día existen corporaciones multinacionales, por ejemplo, con presencia en múltiples países que campan a sus anchas por todo el planeta, ubicando plantas de producción donde no hay ninguna garantía del mínimo cumplimiento de los derechos humanos más elementales. Los gobiernos, pese a todos los esfuerzos que se han hecho, siguen siendo locales y el derecho internacional sigue todavía muy en pañales.

Si esto ya es mucho, vamos todavía a enrevesar un poco más todo. Los amigos banqueros de todo el planeta lograron durante los años previos a esta crisis, que los gobiernos "dimitieran" de cualquier labor de supervisión sobre lo que se estaba cociendo. Y es peor aún. Cuando todo saltó por los aires, hemos asistido impasibles al matrimonio bastardo banca - estado, lo que equivale a que, no sólo que los gobiernos no vigilen, sino que pasen a ser jueces y partes, lo cual es inaceptable.

Así pues, tenemos un cocktail perfecto. Cortplacismo, falta de valores, avaricia desmedida, mercados imperfectos no regulados, gobiernos que toman parte, asimetría en todos los canales... El resultado es ni más ni menos lo que  tenemos a día de hoy: el mayor problema económico de los últimos 80 años.

Me gusta decir que la economía es la ciencia más social que existe, porque en el fondo está imbricada en todos nuestros aspectos del día a día, pero tal vez también por ello el estado de salud de la economía sea un buen indicador del estado de salud de una sociedad, de su moral y su ética. ¿Cuál es nuestro sinónimo de éxito? ¿Qué actitudes estamos premiando? ¿Qué programas de televisión se ven en nuestro país? ¿Quiénes llegan a puestos de responsabilidad en nuestros gobiernos? Cómo decía en un extraordinario post mi buen amigo Francisco Alcaide, lo bueno se cocina siempre a fuego lento, pero de un tiempo a esta parte lo que funciona es lo rápido, lo que se consigue sin esfuerzo, sin importar realmente los medios. Y todo ello en un entorno que como todos los estudios sociológicos se encargan de resaltar, se ha vuelto mucho más individualista y egoísta.

Si Adam Smith levantara la cabeza se llevaría un buen susto. Bajo el paradigma de la maximización del beneficio han tenido cabida todo tipo tretas y artimañas que nos han llevado a la actual coyuntura, pero ellas tal vez no sean más que el reflejo de lo que acontece en nuestro planeta hoy en día. Tal vez sea oportuno cambiar el léxico y hablar de maximizar el valor más que el beneficio, pero sobre todo sería deseable comprender que nuestros problemas tienen mucho más que ver con la ausencia de ética y valores en conjunto que con la economía en sí.

2 comentarios:

Fernando Lopez Fernandez dijo...

Hola Fernando:

Buen post como siempre. Ahora bien, lo que ya no tengo tan claro es eso de que la economía es la ciencia social más exacta que existe porque al final es el resultado de las personas y como sabes somos imperfectos. Le daré una vuelta más de todos modos.

Un fuerte abrazo

Fernando dijo...

Hola Fernando!

Como siempre millones de gracias por pasarte y por tu comentario. Repasaré el texto, porque no he querido decir que la economía es la ciencia social más exacta, sino que es la ciencia más social de todas. Y precisamente por ello, estoy de acuerdo contigo, requiere de modelos demasiado sencillos y, por lo tanto, con numerosas limitaciones. Las personas somos impredecibles, mucho más escépticas y emocionales que racionales, nuestra realidad demasiado compleja.

Un fuerte abrazo